Letras de la Tierra de Letras - La poesía y la narrativa de Hispanoamérica
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Edición Nº 58
2 de noviembre
de 1998

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Tres relatos

Dirk Bruss


Guabineadas

"Me carcome la duda. ¿Me querrá acaso alguien en este mundo? ¿No serán sólo patrañas de las personas que —aseguran— lo hacen?

¿Y mi mujer? ¿No me engañará? ¿Y será verdad que soy tan indispensable como se dice en mi trabajo?

¿Seré normal? A veces pienso que todos me engañan y que mi vida ha sido la farsa de los demás. ¿Tendré esperanzas al morir? ¿Existirá Dios, el Cielo y el Infierno? Pero, ¿es que, acaso, yo existo?".

Al instante que inmediatamente siguió se confirmó la respuesta a esta última pregunta. Y fue así como surgió un flamante nada.


Cariaquito morao

Nunca he estado así en mi vida, como ahora. Todo marcha maravillosamente, como jamás había sucedido. He estado bien en segmentos de mi vida, pero han sido momentos efímeros y no se comparan con lo actual. He vivido una monotonía brutal, y si tomo en consideración mis etapas de crisis, el balance es definitivamente negativo. Esto es obviando estos últimos tiempos.

Ultimamente he tenido una larga racha de días, semanas y meses felices, con desapercibidos contratiempos. Este sentirme así, este portentoso ahora, ha justificado mi existencia. Pero también es la razón de mi profundo temor. Espantoso pavor al fin de esta etapa de mi historia.

Quisiera morir antes de que sea demasiado tarde, dejar de ser en mi gloria, fallecer fecundamente. No sé qué hacer. En este preciso momento tengo el revólver en mi sien. Debo decidir.


Kikirigüiki

Al maestro Horacio Quiroga,
basado en anécdotas relatadas por José Capote

"Ya no siento dolor, finaliza mi agonía. Yazco en el frío piso de mi habitación, en un charco de sangre".

Chepo la golpeaba, la maltrataba. A veces la encerraba por días enteros, sin comida, sin bebida. Seguía haciendo el amor con él por evitar la segura paliza que recibía al negarse.

"No siento lástima por mí; lo que siento es una grandísima indignación. No merezco esto. Si al menos tuviese fuerzas para limpiar este reguero. Hasta me cambiaría de ropa. Así no causaría tan mala impresión. ¡Es que me cosieron a puñaladas!".

¡Que diferente era! Amable, cortés, educado, cariñoso. Mechi se enamoró perdidamente de él. Ese gran amor no cambió el fatal desenlace: aquel día, como todos los días a las dos de la tarde, cuando la víctima hacía su siesta, se consumó el asesinato.

"Es absurdo morir así. No lo puedo creer. Es que estaba durmiendo a pierna suelta".

Chepo, además de ser cabecilla de la banda que azotaba los barrios del sur y el suyo mismo, era un puñado de celos hecho hombre; un Otelo al cuadrado.

Hace unos días, ella se escabulló a su cuarto cuando hacía su siesta —a las dos de la tarde, como todos los días—. Pensó que soñaba al sentir un exquisito, cálido y desnudo cuerpo de mujer sobre él. Al despertar casi grita de la impresión: ¡era Mechi! No era que no le gustasen las mujeres. Era que —como todo el mundo— conocía bien a Chepo, su vecino.

Mechi lloró a moco tendido, avergonzada y humillada cuando su "nuevo amor" prácticamente la vistió entera. Pero —lamentable coincidencia— Chepo la vio salir de aquella casa turbada, despeinada y terminando de abrocharse el cinturón.

A los meses de la muerte del hombre, ya a Mechi se le notaba la barriga. Por eso Chepo la mató. "Tuve que matar a ese hijo'e puta. Puede que el chamo de Mechi sea mío. Pero, ¿y si es de ese desgraciado? Cometió el error de existir. Si no estuviese en este mundo, Mechi no se hubiese enamorado de él. Tuve que matarlo".

Pero no. Era una injusticia. El ahora moribundo nunca le hizo caso a Mechi. Todo el tiempo rechazó sus audaces iniciativas de conquista.

La desesperación de meterse por los ojos del marido de Yoli se explicaba: Mechi también esperaba un hijo de Chepo, a quien odiaba.

"¿Por qué te empeñaste en conquistarme, Mechi? Ahora ya nada importa: me muero. Ni siquiera podré despedirme de Yoli".

Efectivamente: al llegar, Yoli presenció horrorizada la espantosa escena de su marido horrendamente apuñalado, muerto hacía apenas instantes.


       

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