
|
|
Edición Nº 58 2 de noviembre de 1998 |
En este país lo que le gusta a la gente es el béisbol, pero eso es un deporte de gringos brutos. Un fastidio, hombre, tres horas para ver a un idiota tratando de darle con un palito a la bola que le lanza otro idiota. Deporte es el fútbol, viejo, ahí no hay tu tía. El Deporte Rey. Pero aquí nadie le paraba medio, aquellos estadios vacíos y los jugadores que parecían sacados de un campo de concentración. Jugando como obligados en unas canchas que parecían territorio minado y que de cuando en vez guardaban aún algún restico de grama. Patético, hermano, aquellas pelotas que brincaban al azar, según el antojo del hueco de turno, y los jugadores, los 22 corriendo como carajitos detrás del balón. Una lanzadera de patadas a lo que salga. No había estrategias, ni tácticas, ni técnica, ni un coño.
Y venían los visitantes en la Copa Libertadores y nos metían a domicilio siete goles. Venían las eliminatorias para el Mundial y Argentina nos clavaba cinco, Brasil diez y hasta Bolivia —¡Bolivia, loco, que ni mar tiene!— nos encajaba siete más. No hay derecho, viejo, teníamos que hacernos respetar. Había que ponerle un parado a todo aquello. Y, todavía, la gente se queja.
El asunto fue más o menos así, hermano, te juro que no te estoy tapando nada. Yo te cuento con pelos y señales y luego tú juzgas.
Las eliminatorias para el Mundial del 2002 habían arrancado requetebién para la vinotinto. Le sacamos puntos como visitantes a Ecuador, a Perú y a Bolivia. Les ganamos, no preguntes cómo, a Colombia y a Chile en sus casas. Vino Paraguay a jugar aquí, en Valera, con las tribunas a reventar y los jugadores tricolores inspiradísimos. Socorrito les clavó dos cabezazos a la escuadra cuando terminaba el primer tiempo. Noriega fue derribado en el área, cobro de Gabi Miranda y ya llevábamos tres. Cuando rayaba el minuto ochenta y tantos —con los guaraníes que nos molían a patadas para arrancarnos el balón— se escapa Savarese en contragolpe fulminante y le ha metido un sombrerito a Chilavert, como desde 25 metros, una vaina que el tipo todavía la anda buscando en el fondo de la arquería. 4 a 0. Increíble. Venezuela ganaba y hasta por goleada, viejo, ¿tú te lo puedes creer? Es que si no lo veo en el recorte de prensa que tengo pegado en el corcho, ni yo, que estaba aquel glorioso día en Valera, me lo creo.
Luego vinieron los argentinos, con su equipo rebosante de europeos, pura estrella. Eso fue en Brígido Iriarte, con las tribunas a tres cuartos —porque tú sabes que aquí en Caracas eso de ir a ver un juego de fútbol en el propio estadio a la gente le da como piquiña. Y que si Simeone, que si el Burrito Ortega, la Bruja Verón, Batistuta, Balbo, el Piojo López, les faltaba papá Dios, mi hermano, qué te puedo decir, aquello era un trabuco infernal y a los muchachos de la vinotinto les temblaban las rodillas cuando tocaban el himno. ¡Qué susto, viejo, no te imaginas! Hasta se trajeron a Maradona para intimidarnos. Lo sentaron en la banca, eso sí. No jugó por los de los dieciocho kilos de sobrepeso. Y es que si juega me lanzo a la cancha y juego yo también. Tampoco se puede ser tan irrespetuoso.
Un vendaval, eso fue una tormenta gaucha, nos caían balonazos de todas partes. Batistuta jugó un kilo, nos clavó como siete pepazos en el travesaño, Orteguita armaba el juego en el medio campo y nos tenía enloquecidos con unos pases que ni Diego en sus mejores días. Pero los criollos bravos, anclados ahí en su defensa, aguantando como llaneros. Dudamel bajo los tres palos de la tricolor paró lo imparable, sacaba pelotas imposibles desde la misma raya, se les tiraba a los pies a Balbo y a Batistuta y les robaba el balón. Qué locura, viejo, el milagro se estaba consumando. La albiceleste no podía con nosotros. Se estaban desesperando aquellos chés y de nuevo nos molían las canillas a patadas, a pellizcos, a insultos. Simeone le clavó un codazo al Gerson que le voló un diente, y la gente enfurecida en la tribuna que casi se tiran al campo para ajustarle cuentas al argentino ahí mismito. El árbitro, un acomplejado con una pinta de indio que no la brinca un venado, le sacó la roja a Simeone. Hasta ahí todo bien. Pero luego el infeliz, tarjeta en mano, se voltea presionado por Pasarella y le saca roja a Gerson también. ¡A Gerson, loco, que lo que había hecho era recibir un codazo en los dientes! La gente ya no se aguantaba, la locura, hermano, alguien por allí se sacó una naranja y ¡plin! se la encajó en la cabezota a Pasarella. Aquella vaina se venía abajo, entre la risa y la histeria.
Faltaban segundos, más lo que diera el árbitro de descuento. Y nada. La albiceleste se estrellaba una y mil veces contra la retaguardia criolla, repitiendo por trillonésima vez la misma mala receta que en noventa minutos les había fallado. El vendaval gaucho se desmoronaba. Pasarella a punto de infarto entre la ineficacia de su delantera y el naranjazo hinchándole la nuca.
En eso, pase de la Bruja Verón, Orteguita que abre las piernas y se hace un autotúnel, Redondo le toca con gracia a Batistuta, Batistuta la devuelve —tuya mía, mía tuya. Redondo de nuevo al Bati, un pase de oro al borde del área chica. A Batistuta se le enredan las piernas solito, inexplicablemente, se volvió como una trenza el arcángel y cayó despatarrado mordiendo la cal. La pelota mansamente a las manos del Duda y cuando Dudamel va a despejar, esperando el pito —ya andaba el 93 del descuento—, pitazo del árbitro. La gente en las gradas feliz, celebrando como una jauría, jurando que el indio había pitado el final —y no. El hijoputa había pitado penalty.
No hay derecho. Penalty. Eso no existió. De nuevo la injusticia, como una maldición de los dioses, hacía que la vinotinto bajara la cabeza e hincara rodilla en tierra frente a la Argentina. ¿Que Argentina jugó mejor y mereció ganar? Bueno, no sé, tal vez, tal vez. Pero no me vengas a decir que Venezuela se merecía esa vaina. ¡Tú sabes lo que es perder por un penalty inventado por el zamuro bastardo ese!
Cobro del Burrito Ortega, así con desdén como burlándose del Duda, casi como empujando la pelota con la mano, suavecito a ras del pasto. Pero Dudamel se traga la finta, salta a la izquierda, el balón besa la base del poste derecho y reposa cándidamente en el fondo de las redes. Los tres pitazos y fin del sueño.
La muerte, viejo. Qué momento para estar triste. A mí me dio como una punzada en el pecho. Yo dije "nada, pelé aquí mismo". Pero fue de dolor, viejo, la pena que me daba perder de aquella forma. Como si a uno se le cayera la casa encima, o se le muriera la mujer. Como si le dijeran que el hijo de uno es marica. Qué se yo. Horrible. No hay palabras, hermano, sólo lágrimas y pesar.
Salimos del Brígido casi arrastrándonos de vergüenza, nadie hablaba, ni siquiera le mentábamos más la madre al árbitro. Apenas si teníamos ganas de esperarlo a la salida del autobús para apedrearlo. Pero tampoco. Todos teníamos un presentimiento espantoso, una convicción de que a partir de ahora, todo estaba perdido. Nos íbamos a acomplejar de nuevo. Ibamos a perder aunque jugáramos con las selección infantil B de Trinidad y Tobago. El miedo, hermano, de quedarnos sin el Mundial después que lo teníamos ahí a pata de mingo. El miedo de volver a ser la cenicienta apaleada de toda la vida y no salir de allí jamás de los jamases. El miedo de que se nos pasara a los comedores de arepa aquella dulce fiebre por el más bello de los deportes y siguiéramos por siempre siendo esclavos de las garras del nefasto béisbol.
El miedo, viejo, fue el miedo el que nos hizo hacer lo que terminamos haciendo.
El próximo partido de la selección fue en Montevideo y allí se comprobaron nuestros más oscuros temores. Los charrúas salieron a matar y nos clavaron ocho dianas, compadre, ocho pepazos. Los criollos de la vinotinto parecían perros callejeros con el rabo metido entre las piernas. El bochorno. ¿Qué más? Nada, igualito que el cangrejo, para atrás y con el Mundial cada vez más lejos. Diciéndonos chao.
Esa noche, luego del juego contra la República Oriental del Uruguay, ni siquiera nos pusimos de acuerdo. Llegamos por inercia, como sonámbulos grises, al León de la Castellana. Uno a uno nos fuimos sentando, sin saludarnos, sin comentar nada de nada, sin pedir ni una cerveza. El dolor flotaba en el aire, viejo, una frustración que si alguien venía y nos decía algo saltábamos todos ahí mismo y lo molíamos a botellazos. Por eso yo creo que ni el mesonero se nos acercaba a pedir la orden. Teníamos cerca de una hora allí cuando a alguien se le escurrió, como si estuviera poseído por el espíritu de Simón Bolívar, Uslar o algún otro prócer de esos arrechísimos: "Habrá que hacer algo por este pobre país".
Y así, con esa frase magistral, se nos encendió el bombillo y así fue como nació el plan reivindicador. Costara lo que costara, la vinotinto se iba para el Mundial.
La idea original fue básicamente mía —modestia aparte, viejo—, la logística de cómo íbamos a llevar a cabo paso a paso aquella vaina fue del Cromañón. Y al Palillo, como siempre, se le ocurrió lo de las mujeres y las veinte botellas de caipirinha. Ese fue el pequeño gran detalle que salvó el plan —pero que a la larga terminó cagándolo todo.
Brasil se nos venía encima blindado. Nos iban a comer vivos, hermanazo. Nos iban a meter no digo yo ocho, quince, cuarenta goles, nos clavarían los canariños aquí mismo en el Pueblo Nuevo, catedral del modesto fútbol criollo. Además, Brasil lo necesitaba porque después de aquella final en el Mundial de Francia, la más insólita de toda la historia, donde Nigeria los humilló con contundente 5 a 1, el scratch nunca volvió a ser el mismo. Para rematar, venían justo de perder contra Argentina en el Monumental de River, por 3 a 2; y los bolivianos encumbrados en sus alturas de La Paz, les endosaron un vergonzoso 2 por 0. Cosa nefasta para el siempre bien pulimentado ego brasileño.
Así que el Brasil venía dispuesto a congraciarse con su fanaticada y con su prensa a costillas de la modesta casaca vinotinto. Se trajeron todos los caballos, el mejor equipo de la bolita del mundo, compa, ni más ni menos. Que si Ronaldo y Romario —los Ro Ro como dicen ellos mismos—, que si Roberto Carlos, Denilson, Cafú, Leonardo y un jovencito de diecinueve años que era la estrella naciente del scratch, según la crítica mejor que Ronaldo y todo: Café Negrao, se hacía llamar el desgraciadito. Inclusive, el Rey Pelé, se ha venido con la canariña como para meternos más miedo.
Pelé se bajó de su avioneta privada y llegó al Pueblo Nuevo en una limosina más larga que un autobús, con sus tres guardaespaldas, dos choferes y una rubia despampanante que tendría por lo menos cuarenta años menos que él.
Gracias a Dios, Pelé no se vino en el autopullman con el resto de la delegación. Eso al menos.
En el estadio tachirense las tribunas y gradas rebosaban del gentío, nadie sospechaba nada. Estaba hasta el presidente, viejo, que no tiene idea de lo que es un balón de fútbol; pero cuando supo que el Rey Pelé venía para acá se antojó de su puestote en el Palco Presidencial del Pueblo Nuevo.
Los andinos habían cumplido, como siempre. No sólo porque esa gente sí que vive el fútbol, e iban a ver jugar a los criollos frente al mejor equipo del globo— sino también porque abrigaban, muy en el fondo, la cálida esperanza de que Venezuela ganara. Con esos tres puntos nos bastaba para colarnos en la clasificación. El Mundial era nuestro. Eso lo sabían los gochitos, cantando y botando en las gradas del estadio. Y lo sabíamos nosotros que esperábamos, hechos los muy bolsas, en una curva de la carretera Trasandina, a cierto autopullman que traía al equipo brasileño desde su lugar de concentración hasta la cancha.
Hacía un frío que pelaba los huesos en aquella carretera y nosotros temblábamos y mandibuleábamos incontrolablemente. No sé si por el clima o por los nervios. El plan iba a arrancar de un momento a otro. En ese instante nos dimos cuenta de que el futuro de todo el país dependía de nosotros y del éxito de nuestro plan reivindicador.
El autopullman con la delegación canariña asomó la nariz por la curva. Venía ya en dirección a nosotros. El autobús venía solo. No traía guardias ni escoltas ni nada. Menos mal, nunca pensamos que podía traerlos.
Le hicimos señas como si estuviéramos accidentados al borde de la ruta y necesitáramos ayuda urgente. El conductor se hizo el pendejo y quiso pasarnos de largo, pero el Cromañón, que esperaba agazapado bajo el volante de nuestro auto se lanzó a la vía y les trancó el camino. El autopullman pegó un frenazo terrible y casi se estrella. La vaina, tan sencillo, que era por las buenas o por las malas.
Nos subimos al autobús sin saber qué les íbamos a decir, aquella gente tenía una cara de susto, mi hermano, como si fuéramos marcianos o terroristas del Medio Oriente. No sé qué diablos se imaginaban ellos que nosotros íbamos a hacer. Nosotros tampoco, la verdad sea dicha.
El chofer, espontáneo, sin que nadie le dijera nada, puso las manos arriba, se levantó del asiento nerviosísimo y le cedió el puesto al Cromañón quien tomó el volante y se dirigió hacia el sitio acordado con el Palillo. El plan iba a pedir de boca. Los brasileños ni pestañeaban. El miedo, hermano, el miedo que se les salía por los poros. Más nada.
Cuando llegamos al punto de encuentro, Palillo ya se había bajado dos de las veinte botellas de caipirinha, también se trajo una buseta llena de mujeres que se salían como fieras por las ventanas y les decían cosas subidas de tono a los jugadores brasileños. Los pobres, con aquel lío de la abstinencia sexual durante los días cercanos a los partidos clasificatorios, estaban que se babeaban con sólo ver una escoba con falda. La alegría, compa, de aquellas caras es algo que no tiene precio.
Parecían carajitos con los rostros encendidos y las sonrisotas que no les cabían en las caras. Se les había pasado el susto inicial y ahora les gustaba el plan tanto como a nosotros.
Se ha subido aquel mujerero loco al autobús, con la caipirinha, el cotillón, papelillos multicolores, un reproductor con samba a todo volumen, serpentinas y una bandera enorme del Brasil, como de veinte metros, una vaina que la desplegaban y todo el mundo quedaba arropado dentro de ese autobús.
La fiesta prendida en el bus. Mientras en el Pueblo Nuevo se avecinaba la hora del pitazo inicial y los criollitos se abismaban ante la ausencia absoluta de jugadores en los vestuarios de visitantes.
En el estadio la impaciencia y el nervio ganaban a la gente. En el autobús, perdido en algún lugar recóndito del páramo, la rumba. Rumba y caipirinha y risas y mujeres y manos osadas tocando por aquí y por más allá y los cuerpos calientes bailando samba. Qué te digo, loco, el carnaval de Río se había adelantado. La fiesta carioca mudada a los Andes. Te lo juro que hasta a nosotros mismos se nos olvidó el porqué de todo ese lío y estábamos metiéndole a la caipirinha y tomándonos fotos abrazados con Romario y Ronaldinho y dándole palmadas en la espalda al buenazo de Café Negrao. "Este carajito sí que es bueno, ojalá fuera maracucho, no joda!". Y hasta el director técnico del scratch, el gran Falcao, tenía su mulata venezolana sentadota sobre las piernas y nos decía como un mocoso contentísimo: "Obrigado, molto obrigado".
Llegó la hora del partido y en el Pueblo Nuevo no había otros brasileños que aquellos que morían de nervios y angustia en las tribunas. Mordiéndose las banderas mientras soñaban con el espejismo de ver a sus héroes llegar.
La rumba seguía prendida en el autopullman. Estábamos todos arropados bajo la bandera grandotota —Ordem e Progresso— que de cuando en cuando desplegaban y la gente coreaba febrilmente: ¡Brasil, Brasil, Brasil! En eso el Palillo, hecho un estropajo de la ebria, se nos acerca al resto del grupo, botella de caipirinha en mano y bailandito al son de la samba nos arroja en la cara su aliento etílico: "Ya es la hora del partido".
Y ahí estuvo el gran pelón, camarada, aquello fue imperdonable. La idea era que se rascaran los jugadores y el técnico, que se presentaran todos ebrios al partido y pusieran la cómica ellos solitos. Hasta ahí, no más. Nunca contamos con lo del chofer del autobús. Cuando lo fuimos a buscar lo encontramos al pobre diablo durmiendo una pea de Dios y padre nuestro. Aquel hombre daba vergüenza, hermano. Entonces el dilema, ¿y ahora quién maneja este vainón? Nadie quería echarse semejante carga encima. Excepto, por supuesto, el Palillo que era el más rascado y el más lamentable de todos.
Como Pilatos, viejo, nos lavamos las manos.
Y quedó Palillo sentado frente a aquel volantón enorme. Parecía un chiste.
Nosotros arrancamos primero. Dejamos el autobús con el mejor de los equipos del planeta, rascados y felices, en algún lugar perdido de la carretera Trasandina.
Cuando llegamos al Pueblo Nuevo, el aire tenso se podía cortar con un cuchillito de cartón. Silencio sepulcral en las gradas. La vinotinto ya estaba en la cancha, sumergida en un mar de ansiedades, esperando por rival. Nadie se movía. Y el rival nada que llegaba.
Pasó otra media hora. Una hora de retraso. Del Palillo y el autopullman canariño nada. Brillaban por su ausencia. La terna arbitral entró al gramado con el balón.
Venezuela atacaría de izquierda a derecha. De derecha a izquierda: el terreno desierto. No me sentí muy bien, viejo, honestamente.
El árbitro pitó el inicio del encuentro y Venezuela marcó entonces varios goles en una portería vacía. La gente no aplaudió, ni siquiera cuando Dudamel, siendo arquero, por fin logró empalmar de chilena un balón bombeadito que mil veces le habían puesto y que mil veces había pelado.
No hubo aplausos tampoco para Savarese que hasta se lanzó un gol de escorpión, así, tirándose de palomita, boca abajo, con los tacos impulsados sobre la cabeza para golpear el balón, como en un aguijonazo de alacrán. La pelota cayó flácida, depositada flojamente al fondo de las redes. Y el bravo pueblo —que tantas veces había soñado ese gol— no hizo ni pío.
Ganamos 4 a 0, hermano. Goleamos al coloso. Venezuela estará en el Mundial. La vinotinto se va al Mundial. Aunque la gente no parece muy satisfecha.
Y ante tanto malagradecimiento, viejo, a veces, sólo a veces, hasta empezamos a creer que nosotros tampoco.