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¿Quién fue el negro Juan Latino?

domingo 16 de febrero de 2020
Juan Latino
El estudio de la gran gesta de Juan Latino debería poner el foco, más allá de la raza, sobre los méritos de un extraordinario humanista del Renacimiento europeo, alabado por Cervantes y Lope de Vega.

En la inmensa conmoción humana que implica el traspaso de poder entre distintas civilizaciones los cambios suelen propiciar ascensos inesperados y marginaciones dramáticas. A pesar de la tolerancia inicial, los moriscos de Granada (recién conquistada en 1492) sufrieron en los decenios siguientes tal presión asimiladora que en 1568 estalló el célebre levantamiento de las Alpujarras. Durante ese intervalo, un esclavo negro, Juan de Sessa (1518 – c. 1597), conseguía la libertad, se casaba con una noble granadina blanca y alcanzaba renombre y posición como catedrático de latín en la Universidad de Granada. A pesar de la calidad de su poesía latina, sigue siendo bastante desconocido. Por eso hay que aplaudir excelentes iniciativas como la obra de títeres para niños que actualmente divulga su magnífica figura.

El dominio del latín de Juan de Sessa (que también sabía griego y música) le granjeó durante aquella década el apodo popular de Juan Latino.

El aristócrata andaluz Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa, y su esposa, María Manrique de Lara, albergaron hacia 1509 en Loja una pequeña corte humanística al estilo italiano. Se dice que el Gran Capitán alentaba la instrucción incluso de los pajes. La hija de ambos, Elvira, casada en 1520 con Luis Fernández de Córdoba, conde de Cabra, tuvo con él varios hijos. El negro Juan, que en 1576 diría tener 58 años, y su madre, debieron de ser comprados en el mercado de Sevilla que se surtía del comercio esclavista del Algarve portugués. Podrían ser perfectamente guineanos (sensu lato), aunque a Juan de Sessa le interesara a posteriori llamarse etíope quizá para valerse de nobles resonancias mitológicas y de una primacía de cristiandad, de acuerdo con el evangelio (Hch. VIII 26-38), en un ambiente de xenofobia religiosa. Al entrar en la casa de Elvira Fernández de Córdoba y su marido, Juan fue puesto al servicio del primogénito Gonzalo, nacido hacia 1520.

En 1524, Elvira moría en Sessa (su marido era embajador español en Roma) y al año siguiente la duquesa de Terranova, María Manrique de Lara, se llevaba de vuelta a Granada a sus nietos por indicación de su yerno, que moría poco después. Se asentaron en el caserón del barrio de la Duquesa. Por los biógrafos de Juan de Sessa se deduce que la noble matrona, antes de morir en 1527, admiró las dotes del muchacho y le animó a estudiar. Su nieto Gonzalo, a cargo de sus tíos, estudió artes en la Universidad de Granada, y se dice que su esclavo Juan escuchaba a la puerta. Cuando le permitieron estudiar, mostró interés por la medicina pero se le aconsejó que tomara la vía de las artes liberales, como la gramática, de modo que aprendió latín con el ilustre humanista Pedro de la Mota, discípulo de Nebrija en Alcalá, que ocupaba una cátedra universitaria dependiente de la catedral. El dominio del latín de Juan de Sessa (que también sabía griego y música) le granjeó durante aquella década el apodo popular de Juan Latino, que es con el que se registra su graduación de bachiller en 1546. Para dicha época su amo Gonzalo ya lo había emancipado.

El administrador de los Fernández de Córdoba, Luis de Carloval, tenía una hija algo menor que Latino y le propuso que le diera clases de música. Con menos premeditación que Abelardo, Juan Latino acabó enamorándose también de su alumna. Ante un padre sin duda atribulado, abogó por el matrimonio el arzobispo Pedro Guerrero. Sí, el mismo que participó en el Concilio de Trento, esa reunión eclesiástica considerada uno de los peores conciliábulos reaccionarios de la historia. Mientras, por un lado, Pedro Guerrero acaso empujó a los moriscos a la revuelta con su intransigencia, por otro favorecía la integración de un esclavo negro ya liberado. Latino estuvo con Ana de Carloval desde 1549 y durante la década siguiente.

En 1556 se licenció y en 1557 sucedió al recién fallecido Pedro de la Mota en la cátedra de Gramática que la catedral tenía en la universidad. Juan Latino integraba la llamada escuela granadina, reunida en la famosa Casa de los Tiros de Pedro de Granada Venegas (de una familia morisca conversa), adonde acudían Hurtado de Mendoza, Hernando de Acuña, Gregorio Silvestre, etc. Cáceres y Espinosa, biógrafo de Silvestre, organista de la catedral, refiere una anécdota: éste se presentó en una reunión y no saludó a Latino; cuando se le afeó respondió que lo había confundido con una sombra. Chusca broma, como otras que él mismo hizo con descaro, en un ambiente de racismo clásico.

Buscó como los escritores de su tiempo mecenas y protectores. Juan de Austria, hermano de Felipe II, conoció a Juan Latino cuando llegó a Granada a aplacar la sublevación morisca. Fue también debelador de la revuelta Pedro de Deza, gobernador de Granada y presidente de la Cancillería, quien también recibiría los elogios de Latino. El catedrático de color agradó mucho a Juan de Austria. Se remonta a este encuentro y esta situación bélica la trama de la comedia de Jiménez de Enciso (1652), en que se resalta ese aspecto de integración positiva que Juan Latino encarna frente a los moriscos, que representan la negativa. Enciso concentra anacrónicamente los logros de Latino en el período del levantamiento de las Alpujarras para acentuar el contraste. Los moriscos son derrotados por levantiscos, incluso los más nobles, como Fernando, quien aspira a la mano de Ana de Carloval y es vencido sin paliativos. En cambio Latino, el esclavo negro, sobresaliente en virtudes humanísticas y católicas, logra libertad, matrimonio y buena posición.

Juan Latino es considerado el primer negro que llegó a ostentar una cátedra y a publicar un libro impreso.

Durante la década de 1570, aconsejado por Pedro de Deza, Latino canta las glorias de las armas de Juan de Austria en Lepanto, en La Austríada. Ofrece su epopeya a Felipe II (poema abajo traducido) y osa decir que el rey gozará la épica narración de una hazaña singular compuesta por un poeta también singular: un negro etíope. Deja entrever su orgullo de ser un cristiano aún más viejo que los mismos españoles, puesto que él proviene de tierras ya evangelizadas en tiempos de Felipe el Diácono (cabe recordar la leyenda del Preste Juan). Por lo tanto puede decir que en su tierra los rostros blancos serían tan poco agradables como el suyo a los ministros de Felipe II. Son juegos retóricos de sabor ovidiano, no exentos de sano pundonor. En la edición de 1573 se añaden epigramas de fina factura. En aquella década aún publicó otra obra latina, sobre el traslado a Madrid de los cuerpos de los Reyes Católicos y los abuelos paternos de Felipe II. Los poderes de la ciudad se la encargaron para disuadir al rey y parece que se debe a él que permanezcan en Granada. En 1585 editó al parecer una obrita a las exequias de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba, su compañero de la infancia.

Juan Latino es considerado el primer negro que llegó a ostentar una cátedra y a publicar un libro impreso. La historiografía ha tendido a verlo como una especie de prodigio de la naturaleza porque se encumbró sobre un medio racista y hostil. Es en parte cierto, pero se descuidan las condiciones favorables que propiciaron el ascenso y la holgada posición que obtuvo. En cuanto a su éxito profesional, dejando a un lado el mecenazgo de los Fernández de Córdoba, hay que considerar el ambiente humanístico auspiciado por el arzobispo de Granada, Pedro Guerrero. En cuanto a su matrimonio, además del auxilio de las influencias antedichas, entre otras, hay que comprender que el marco jurídico español no era contrario al mestizaje sino más bien positivo, dentro de una política de aculturación católica practicada coetáneamente en América. Aunque ciertamente no le hubiera bastado ser mediocre sino que necesitó sobresalir para allanarse un camino abrupto.

Juan Latino dejó la docencia en 1586 y murió en la década de 1590, aunque algunos biógrafos le dan noventa años de vida. El ejemplo de Juan Latino es más parecido al de Terencio que al de los emancipados del siglo XIX, que debieron luchar contra un racismo darwinista pseudocientífico progresivamente más roqueño (enmarcado en las leyes contra el matrimonio interracial de la mayor parte de Occidente). De hecho los mismos biógrafos españoles del XIX y el XX muestran a menudo más sorpresa que los contemporáneos del catedrático de Granada. En cualquier caso, el estudio de la gran gesta de Juan Latino debería poner el foco, más allá de la raza, sobre los méritos de un extraordinario humanista del Renacimiento europeo, alabado por Cervantes y Lope de Vega.

 

Traduccion en verso libre del poema dedicatorio de la Austríada a Felipe II
Ad catholicum pariter et inuictissimum Philippum Dei gratia Hispaniarum regem de foelicissma serenissimi Ferdinadi principis natiuitate Epigrammatum liber… Austrias carmen… Garnatae, ex officina Hugonis de Mena, anno 1573, pp. 9-10

Elegía al rey Felipe

Una gran hazaña requiere a su propio autor y un poeta
Tenía que nacer específicamente para tu hermano,1 máximo Felipe,
Porque él es un vencedor único que necesita a un escritor único.
Un acontecimiento nuevo necesita a un nuevo vate para reyes.
Protector, no has oído nunca hablar de una batalla
Naval como esta, y este poeta tampoco se crio en este mundo,
Que viene de tierras etíopes y canta, en poesía
Latina, las admirables gestas del Austria.
Invicto Felipe, éste te ruega de rodillas
Poder ser el trovador de tu hermano.
Porque si las guerras del Austria ennoblecen al poeta,
El poeta, por ser negro, convierte al Austria en el ave fénix.
La terrible flota de Felipe asombrará a las gentes
Y el Austria será un portento para el Orbe:
La prodigiosa fama del poeta conmoverá a los hombres
Cuando consulten estas memorias en tus crónicas.
La Aurora dio a luz a este poeta y a los felices reyes de los árabes,
Presentados por ella a Dios como primicias del género humano.
Y es que, rey, si mi cara negra desagrada a tus
Ministros, a los etíopes no les gustan las caras blancas.
Allí es desagradable el blanco que ve nacer a la Aurora
Porque los generales son negros y el rey también es oscuro.
La antigua reina Candace2 envió en busca de Cristo
A su mensajero negro, en un carro,
Quien había leído la inenarrable generación de Cristo:
Y ¿este poeta no podrá cantar las luchas del Austria?
Saliéndole al paso, Felipe predica al etíope la verdad de Cristo
Y Cristo envía a su discípulo al etíope.
Por lo tanto, no en vano Felipe le fue dado al etíope por el cielo.
Tú, Felipe, no te niegues a hacer esta justicia al etíope.
De hecho el Austria, debelador del pueblo injusto,3
Comprendió en Granada que él era su vate.
Y dijo: “Hablaré a mi hermano Felipe
De tus prodigios, nuevo escritor”.
Los reyes píos tenían costumbre de guardar portentos
En sus palacios para mostrarlos a los otros reyes.
Que el poder de Roma, Felipe, y los siglos de los reyes
Te envidien con razón al vate negro.
Augusto Felipe, vivirás como hijo de la iglesia
Si se abren las puertas para todos de acuerdo con sus píos deseos.
No es señor de todo el que no acepta a todo el mundo.
Que el palacio real no excluya a mi raza.
Que Felipe se digne regalar este hombre a sus reinos
Y dé por bueno que se convierta en el escritor de su hermano.
Si Cristo, dador de la vida, no desprecia a los oscuros,
Tú, como católico, mira legítimamente a tu vate,
Que no va a escribir gestas ligeras,
Porque ni siquiera Roma tuvo a un general como el Austria.
El benigno lector sabrá de la navegación y de las naves
De los tuyos, conocerá al vencedor de los mares, al Austria,
Verá vencidos a los turcos y a su flota soberbia
Y cómo tu magnánimo hermano vence a los partos.
Verá rotos el consejo del mar y el imperio naval
Del rey tirano y sabrá cómo se capturaron sus estandartes.
Todo lo que canta Latino, en lengua latina
Y con versos veraces, son armas y acciones de generales.
Majestad del máximo Felipe, que reinarás muchos años,
Te pido que mandes imprimir este poema
De las gestas regias de tu hermano,
Para que viva en el Orbe y las lea la posteridad.
Es él otra esperanza en la guerra marítima
Y en sus auspicios elevará tu nombre a los astros.
Es gran devoto de Cristo y de su beata madre
La Virgen, tutor de la Iglesia, pío en las armas,
Magnánimo, fuerte, próspero y benigno director,
A quien agradan el constante esfuerzo y el honor de Marte.
Y lucha como soldado, se vuelve César al tomar las armas,
Crece prudente en el consejo y en el ingenio.
Mientras el príncipe recién nacido4 poco a poco se levanta contra los enemigos,
Tu hermano vencerá grandes guerras para ti.
Tu Fernando, nueva esperanza nuestra, gloria del siglo,
Aprenderá a gobernar y a amar a su Marte.
Pareciéndose a su padre por la virtud, no dejará nada sin intentar,
Sojuzgará el imperio turco,
Bajo tu poder con su piedad pondrá otra vez el sepulcro de Cristo,
Reinos debidos a tus sucesores y a tu destino.
Esto te promete la certera corneja5 con su canto
Y te dice propicia: todo te será próspero.

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Notas

  1. Juan de Austria, llamado Austriades (hijo de Austria o Austria), victorioso en Lepanto.
  2. En todo el pasaje, referencia a Hch VIII, 26-38. Menciona a Felipe el Diácono y hay, claro, un juego de homonimia con Felipe II.
  3. Los moriscos de la rebelión de las Alpujarras.
  4. Fernando de Austria (1571-1578), hijo de Felipe II, a cuyo nacimiento Juan Latino dedica una parte de esta obra.
  5. Una nota marginal de la misma edición de 1573 aclara que es una alusión a la corneja Tarpeya.