Magister
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Hace falta una escuela de novela

Roberto Arlt
Suministrado por Eduardo Busacca

Arlt es uno de los más grandes escritores argentinos, muchas veces contrapuesto a Borges por su estilo desprolijo y su temática visceral. El texto apareció en Primer Plano, un suplemento que tenía el diario Página 12, del 22 de agosto de 1993.

Así como existen escuelas de artes plásticas, donde el alumno aprende a revestir las posibles creaciones de su imaginación, en el peor de los casos, de proporciones tolerables a la sensibilidad, o escuelas de periodismo, donde el aspirante se habilita para utilizar los aspectos más sensacionales de la noticia y la técnica de darle mayor relieve literario, se me ocurre que la creciente exigencia de material de lectura en la humanidad requiere la organización de una escuela para novelistas.

El arte de escribir novelas tiene que ser comunicable como el arte de cocinar, de colorear metales o de hacer paisajes a la aguja. Lo que hasta ahora ha hecho poco menos que imposible la comunicación de este conocimiento de una estadística de los elementos que integran la forma novela y las proporciones más adecuadas en que ellos han sido combinados a través de los tiempos.

En las artes plásticas se han determinado numéricamente las relaciones de superficie y de profundidad que los volúmenes toleran entre sí; en las artes poéticas, desde antiguo, existen reglas que podríamos definir como leyes naturales de la vigencia poética, en música, el análisis matemático de las obras de Bach o de Beethoven nos revela combinaciones numéricas asombrosas. Sólo en el género novela nos hemos ido apartando cada vez más de las elementales reglas de la simetría narrativa, al punto que hoy cualquier zascandil se considera con derecho a escribir lo primero que se le ocurre y a calificar sus lucubraciones de novela. El desorden ha crecido a tal punto que alguien me dijo hace poco:

—Hoy novela puede ser cualquier cosa.

—Un curso de matemática puede ser novela.

—No.

Llegamos a la conclusión de que es necesario establecer límites. Y que estos límites no pueden ser la resultante del capricho de alguien, sino la resultante estadística del análisis matemático de una serie de obras que el consenso humano ha calificado como maestras a través de todos los tiempos. ¿Qué entendemos por resultante estadística? Establecer en el estilo la cantidad de adjetivos y metáforas empleados, en los elementos la proporción en que ha sido utilizada el agua, la tierra y la montaña y el bosque, en la acción el número de personajes, de conflictos y de diálogos que se producen cada determinada cantidad de páginas o palabras. Este trabajo no ha sido aún realizado, pero alguien tendrá que hacerlo, y una vez efectuado permitirá confeccionar índices curiosos pero sumamente instructivos. Sabremos el número de adjetivos por cierto que empleaba Flaubert, la longitud media del paisaje en la novela de D'Annunzio, el número de conflictos dramáticos que se producen cada cinco mil palabras en una obra de Dickens o Dostoievsky, la duración media del diálogo en Dreisser o Stendhal.

¿Que esto es laboratorio? Naturalmente. Y quiero dejar constancia, además, que sólo en los laboratorios se efectúa el análisis cualitativo y cuantitativo de las cosas. El género teatral ha sido en cierto modo sometido a un análisis empírico en el laboratorio de la especialización dramática. Todos los autores saben que, término medio, una obra tiene una duración de tiempo neto de cien minutos, más dos intervalos de diez minutos, lo cual le proporciona al espectáculo una duración de dos horas. Cada obra tiene tres actos, lo que supone una duración media de treinta minutos por acto. Un acto corto mide generalmente veinte minutos de extensión, pero está compensado con otro largo de cuarenta, con lo que se equilibra la medida del espectáculo. Pero hasta el final de los siglos será inútil hablar de estos problemas exquisitos mientras no se ilustren con tablas estadísticas donde figuren longitud de diálogos, número de conflictos, número de paisajes, etc. Entonces recién se podrá confeccionar un índice de proporciones y en consecuencia bocetear una técnica para una especialización racional, de la que el genio se apresurará a olvidarse en cuanto abandone la escuela.

De Cronicón de sí mismo.


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