Cree en el maestro (Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov) como en Dios mismo.
Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes con dominarla. Cuando
puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado
fuerte. Más que cualquier otra cosa, el desarrollo de la personalidad es
una larga paciencia.
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que
lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
No empieces a escribir sin saber desde la primera línea a dónde vas. En un
cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi siempre la misma
importancia que las tres últimas.
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba
un viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas
para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar
si son entre sí consonantes o asonantes.
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color
adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él sólo tendrá
un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin
ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo
que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento
es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque
no lo sea.
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala. Si
eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la
mitad del camino.
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu
historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el
pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No
de otro modo se obtiene la vida en el cuento.