La novela después del cine
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Cada vez menos palabras
E. L. Doctorow
En el siguiente texto, E.L. Doctorow, uno de los escritores más
importantes de Estados Unidos, reflexiona sobre la relación entre cine y
literatura. Doctorow conoce bien el tema: varias de sus novelas —entre
ellas Billy Bathgate— han sido adaptadas a la
pantalla.
Ha bastado una centuria para que la cinematografía haya permeado
definitivamente a la literatura.
Más de un crítico ha llegado a la conclusión de que los novelistas del
siglo XX, a diferencia de los decimonónicos, tienden a la mínima
descripción.
Mientras que Stendhal, en Rojo y negro (1830), se desparrama
describiéndonos al típico pueblo francés —su topografía, su economía, el
perfil de su gobernante, su mansión, las terrazas y demás—, Faulkner inicia
así su novela Santuario (1931): "Más allá de la pantalla de árboles
que rodeaba la primavera, Popeye vio al hombre que bebía".
El discurso de la novela del siglo XX se minimaliza debido al cine, a las
características del currículum de los personajes, y similares. Hoy, el
escritor prefiere la acción a la descripción dentro de la narrativa, como
en el cine.
Encontramos, por ejemplo, en la centuria pasada, al Tom Sawyer de Mark
Twain ("¿Tom? Sin respuesta"), donde se entra directamente, sin preámbulos.
Y quizá los escritores estadunidenses, en contraposición a los europeos,
siempre hayan tendido a la parquedad. La descripción corta presupone, sin
embargo, el tácito acuerdo entre escritor y lector, de que la maraña será
aclarada en un futuro no muy lejano.
Por otra parte, el despunte de la cinematografía coincide con la tendencia
de los novelistas a crear obras menos sinfónicas y más solistas, fruto de
la expresión más íntima, del fluir de la conciencia. Podría ser que la
novela se esté alejando, poco a poco, del realismo, no tanto por la
creciente sofisticación de la literatura, sino como consecuencia de la
cosmovisión presentada a grosso modo en las películas de
actualidad.
Existe, además, un factor determinante dentro de la cinematografía —ligado
esencialmente al manejo del tiempo y del espacio— y se trata del corte.
Algunos escritores manipulan a voluntad las narraciones, descripciones o
caracteres: de un espacio a otro, del ayer al año próximo. Hay quien,
incluso, ha osado romper reglas fundamentales referentes a los personajes y
al tiempo.
En retrospectiva, parecería que el cine no pudiera influir, más de lo que
ha influido en cien años, en la literatura. Como si el cine de hoy
insistiera en una identidad, además de extraliteraria, independiente y
autónoma, como la pintura.
Las películas nacen del silencio. Los primeros cineastas aprendieron a
separar el significado del lenguaje. La mayoría de los subtítulos del cine
silente tan sólo venían a confirmar lo expresado a través de la acción (una
pareja, en el patio, danza en la noche. Él saca un anillo del bolsillo de
su saco. Él la mira a los ojos. Se lee: "Milly, ¿quieres casarte
conmigo?").
En las películas sonoras actuales, especialmente las filmadas en Hollywood,
el diálogo funciona como en las de antaño. Los créditos nos muestran un
avance de la película, las tomas iniciales la sitúan en el tiempo y el
espacio. Se toma una escena, se juega con la cámara para crear ambientes.
O, simplemente, para mostrarle al público la poca o mucha trascendencia de
la película, qué tan objetivos son los personajes, o cuánto podremos
involucrarnos en sus aventuras.
La ambientación de la película está ligada íntimamente a la época. Los
actores se visten o peinan de acuerdo con parámetros fijos: la edad del
personaje, su situación económica, su nivel educativo e, incluso, su estado
moral. Son enseñados a representar su estado anímico o mental a través del
lenguaje corporal: de los gestos e incluso del movimiento de los ojos. El
resto se limita al campo de la no verbalidad. El parlamento se desprende
directamente de las imágenes, de las sensaciones experimentadas. Podría
afirmarse que casi 95% de las películas filmadas se sobreentienden sin la
ayuda de palabras, 98% con la sola musicalización.
Por supuesto, cineastas contemporáneos, como Eric Rohmer o Louis Malle, han
manejado un tono diferente, acentuadamente verbal. Por lo general, el
ensamble de efectos visuales, que conducen el diálogo al clímax, no puede
equipararse a la típica comedia. Por ejemplo, el arte del "sitcom"
televisivo —o comedia de situaciones— es por esencia verbal. Sus
escenarios, fijos, y su inclinación por la caracterización, lo transforman
en obra hablada —con argumento, chistes y cierta economía de palabras— que
puede desembocar en el aforismo. Por el otro lado, las escenas, los
"sitcoms" y su limitado contacto con la cámara, sugieren una representación
teatral, más que una filmación.
En los treinta y los cuarenta, cuando las representaciones teatrales y los
libros daban pie a los argumentos de la filmografía mundial, los
hablantines eran mucho más hablantines (como hoy las adaptaciones de
Shakespeare). Aquellas películas, en comparación con las actuales, podrían
considerarse logorreicas. Incluso en las de acción, como las del cine negro
de Bogart o las de aventuras de Errol Flynn, abundaba el diálogo.
Actualmente, tras una centuria, la cinematografía ha generado su propia
cultura. El público ha sido condicionado a cierto ritmo, motivos y
actitudes, así como los wagnerianos con Los nibelungos. Hay filmes
que derivan de filmes anteriores; ambos comparten un referente genérico y
pueden, por esencia, autovalidarse.
El lenguaje literario se prolonga más allá del fenómeno discursivo.
Insemina el pensamiento a través de sustantivos, verbos, objetos.
Reflexiona. De ahí que el término "lenguaje literario" no sea sino un
oxímoron. Las películas desliterizan al pensamiento, se fundamentan
esencialmente en la asociación de estímulos visuales o mentales. La
cinekinesis es un proceso lógico. Miras lo que percibes a través de una
amplia gama de efectos sensoriales que apelan a la intuitiva inteligencia
no verbal. Se abstrae lo visto sin tener que traducirlo en palabras.
¿Qué resulta de todo esto? Hoy, a finales de siglo, la cinematografía está
en todos lados. Hay más filmes que nunca. Se encuentran en los teatros en
cablevisión, en videos, CD y DVD. Son transmitidos al mundo entero vía
satélite, son doblados y traducidos y puestos al alcance de los
consumidores que los adquieren como si se tratara de libros en una
librería. Se popularizan entre todos los niveles sociales. Sus productores
primordiales representan a consorcios del entretenimiento, que invierten
cantidades industriales de dinero con la esperanza de recuperar mucho
más.
Esto no significa que en lo futuro no se vayan a filmar grandes e
importantes películas. Aunque uno puede fantasear con filmes estéticos
además de lucrativos que, independientemente del trabajo de estos o
aquellos serios y eficientes productores, produce una cultura de filmes
bien acondicionados, de esos tácticamente pigmentados, entretenidos y
ocasionalmente dialogados, que estimulan a determinados gustos dentro del
mercado, además de ofrecer mitos colectivos que poco varían entre sí:
filmes compuestos artificiosamente de choques, interiores, exteriores,
rostros, persecuciones y detonaciones.
Con respecto a la cultura del futuro, ésta quizá podrá verse influida por
el abaratamiento de los costos de las películas creadas por computadora o
digitalmente. No sería imposible que jóvenes emprendedores produjeran
películas como si estuvieran escribiendo un cuento.
Que dichos pictogramas —enlaces comunicativos por esencia, surgidos
individual o colectivamente— perdieran su función lingüística dentro de la
comunicación humana, sería, en caso de darse, no menos desastroso para
nuestra cultura que el calentamiento de la Tierra.
Algunas de las críticas cinematográficas más acuciosas e ingeniosas han
sido escritas hoy por críticos de cine que, quiéranlo o no, tan sólo se
interesarán por productos que llamen intensamente su atención. Las
películas más mercenarias e insípidas no merecerán un análisis
inmediato.
¿Por qué? Porque detrás de la crítica habrá un corpus ad hoc que lo
impida. Aunque, podría ser, que, de manera inconsciente, se propusieran
revalidar o defender la cultura escrita otorgándole a la experiencia
fílmica extraliteraria, de calidad o carente de ella, la categoría de
estructura sintáctica.