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¿Hay un futuro para el libro?
Umberto Eco
Estoy obsesionado, desde hace algunos años, con una pregunta que aparece
recurrentemente en cada entrevista, en cada encuentro, en cada invitación
para asistir a alguna manifestación cultural: "¿Qué piensa de la muerte del
libro?". La verdad, no puedo más. Sin embargo, ya que comienzo a tener
ideas acerca de mi propia muerte, me doy cuenta de que esta pregunta,
puesto que regresa con tanta insistencia, evidentemente manifiesta algunas
inquietudes. Responderé entonces una vez más, pero para hacer de esto algo
más actual agregaré también el tema de la muerte de las librerías y el de
la muerte del autor, después de esto todos nos iremos a casa e intentaremos
cambiar de oficio.
Las tres cosas no están necesariamente unidas, porque podría morir el libro
pero no la librería. La librería podría reestructurarse, como en parte ya
lo está haciendo al vender CD-ROMs y juegos para niños; le puede suceder a
la librería lo que le sucedió a la droguería que ya de "drogas" vende muy
poco, o a la farmacia, a donde se acude a comprar de todo y sólo se
encuentran las medicinas en un rincón.
Segundo, puede morir la librería, pero no el libro. Si se desarrolla la
tendencia que se está estableciendo, con las actuales posibilidades de
consulta y adquisición por catálogo vía Internet, podríamos llegar a una
civilización completamente virtual, en donde cada uno consulta el catálogo,
escoge el libro, puede también revisar algunas páginas vía Internet y ya no
necesita ir a la librería.
O puede morir el autor, pero no el libro. Gran parte de la facturación que
contabilizan hoy las librerías corresponde a libros que no tienen autor.
Son recuentos de aforismos, de tonterías sin importancia, de anécdotas;
entonces, como ven, se pueden hacer muchísimos libros sin que haya un
autor, los cuales, desafortunadamente, a veces son más divertidos que los
que uno escribe.
El terror a la muerte del libro ha nacido, en primera instancia con la
llegada de la televisión, pero ese tema más bien ya se agotó (la
civilización de la televisión destruirá la civilización alfabética: tema
agotado), pero será el CD-ROM o directamente Internet la que destruirá al
libro. Sobre este argumento ya he hablado y escrito muchas veces, a
continuación resumiré sólo a grosso modo cuál es mi posición.
Los libros se dividen en libros de consulta y libros de lectura, es
probable que la mayor parte de los libros de consulta terminen grabados en
disquete, éste será un gran avance de la cultura porque muchas personas no
pueden permitirse la enciclopedia Treccani, no sólo por su precio en sí,
sino también por el precio del muro que pueda alojarla. Yo copié en mi
computadora dos o tres enciclopedias y diccionarios; sin embargo me doy
cuenta de que si estoy en casa me levanto y saco la Barzantina en lugar de
encender la computadora y buscar la información en el disco.
De ahí que esta completa transformación de los libros en discos podrá ser
válida para ciertos tipos de obras extremadamente voluminosas, pero estoy
seguro de que no terminará triunfando sobre otras que se pueden manejar
fácilmente. De todas formas, no morirá el libro de lectura; porque leer la
Divina Comedia en pantalla de una computadora es extremadamente cansado e
imprimirla haría morir a cualquiera. Sostengo desde hace tiempo, que el
libro pertenece a aquella generación de instrumentos que, una vez
inventados, ya no se pueden mejorar. Pertenecen a estos instrumentos la
tijera, el martillo, la cuchara y la bicicleta; ningún diseñador danés, por
mucho que busque mejorar la forma de la cuchara, logrará hacerla diferente
de como se hacía dos mil años atrás. El libro es, entonces, la forma más
manejable, más cómoda para transportar la información. Se puede leer en la
cama, se puede leer en el baño, incluso en el baño de burbujas...
Es verdad que se está experimentando con una nueva clase de papel,
aparentemente igual al común, sólo que en el interior, en lugar de las
fibras del antiguo papel, tiene transistores. Así, idealmente, no sólo se
podría colocar por la mañana una hoja en una maquinita para obtener impreso
el periódico, sino que también se podría tener un volumen en forma de libro
en el que sería posible insertar un microcasete del grueso de una uña, que
contuviera La guerra y la paz y, de repente, las páginas se
convertirían en La guerra y la paz, se podrían hacer anotaciones,
subrayados y luego salvar todo en un casete, para después quitarlo y poner
Pinocho y así sucesivamente. Bueno, aun cuando llegásemos a esto,
tendríamos siempre algo que ver con los libros. Así como hubo un paso del
pergamino al papel y del papel de fibras prensadas al papel de madera,
existirá el paso del papel de madera a esta forma de soporte electrónico
pero no por ello un libro dejará de ser un libro.
Pasemos al segundo capítulo: muerte de las librerías. Recientemente en la
Plaza de la Sorbona desapareció una librería especializada en literatura
francesa muy importante. En Rue Saint-Sulpice, de dos librerías de viejo,
una, inesperadamente se convirtió en una boutique. También en París, se
habla de la desaparición de la librería Le Divan, en donde se establecerá
otro sastre. Toda persona culta ve con gran tristeza desaparecer aquellos
lugares sacros que eran las librerías.
Con todo esto, fui el otro día al nuevo Ricordi Mediastore en Le Galleria,
en Milán. Tenía que regalar una flauta dulce de prestigio, una Mocck de
ébano, y me acordé, justo cuando estaba dos secciones más adelante, que
solía comprar flautas dulces en Ricordi. Llegué al sector de instrumentos
musicales, pregunté si tenían una Mocck y se rieron. "Ya no tenemos estas
cosas". Dije: "Pero antes las tenían...". "Señor, mire alrededor, mire
quién está allí. Nosotros estamos, pero el tipo de comprador que entra aquí
ha modificado también nuestro mercado. Ya no se puede encontrar una flauta
dulce de prestigio, en Milán".
Estaba muy triste, dejé la sección de instrumentos y me puse a pasear por
los tres pisos del Ricordi Mediastore, en donde no sólo venden los CDs o
música para guitarra. También hay libros, había una gran cantidad de
jóvenes, vestidos como paninari,1 que tal vez habían ido para buscar un disco y
que estaban o comprando u hojeando un libro. Y todos nosotros sabemos, aun
cuando esto puede no agradarle al vendedor de libros, que muchos de
nosotros nos hicimos de una cultura no comprando libros, sino mirándolos,
hojeándolos furtivamente en la librería. Sólo para darnos cuenta de que
existían otros autores y muchos tipos de libros. Hace poco en algunas
grandes librerías americanas encontré varias obras no muy recientes de
filosofía y de que cuanto más grande era la librería, más anaqueles de
libros de alto nivel científico se habían agregado, yo estoy
particularmente aterrorizado por el nacimiento de esos libreros tipo
rascacielos.
Por otro lado, como sabemos, existe el riesgo de que se vendan —salvo
loables excepciones—, sólo las cosas impresas en el último tradicional, que
maneja un catálogo.
Sin embargo, otro fenómeno que está naciendo y que está ganando terreno es
el del nacimiento de la librería especializada. En Milán, en la calle
Broletto, hay una librería que vende sólo libros de navegación y de
yatching, las Feltrinelli International venden sólo libros extranjeros, en
la Trombolini de Roma se puede encontrar toda la filosofía y toda la
historia medieval, en la San Paolo se encuentra toda la teología y hay
también muchas librerías esotéricas, exclusivamente dedicadas a un solo
tema.
Yo creo que se está creando una situación en la que por un lado existirán
las grandes librerías generales, pero por otro deberán sobrevivir y ser
instituidas continuamente librerías especializadas, que además de todo
tuviesen una clientela segura, conocida, controlada. Es más, yo lanzaría la
propuesta de una ley que conceda descuentos fiscales a quien compre en una
librería especializada.
Otra cosa que podría amenazar a la librería es la adquisición de libros por
vía Internet. Sostengo que el fenómeno no interesa a Italia. La adquisición
de libros vía Internet se puede hacer sólo en un país en el cual uno ordena
el libro a las nueve de la mañana del lunes y a las nueve del martes el
correo ya se lo ha hecho llegar, con la situación del correo italiano las
librerías no deben temer el uso de Internet y sí, en cambio, poner entre
paréntesis este fenómeno. Por el contrario, las librerías podrán incurrir
—dadas las dimensiones que están adquiriendo y la cada vez más grande
cantidad de libros publicados— en el mismo fenómeno en el que incurre
Internet, en donde el exceso de información es tal que mata a la propia
información: cuando yo encuentro de un mismo tema diez mil sitios, ya no sé
cuál escoger.
En cambio la librería tiene de bueno que si encuentro diez mil libros,
puedo tocarlos, puedo olerlos, caminar entre ellos. Hemos resuelto,
entonces, por un lado, el problema de la muerte del libro y, por el otro,
el de la muerte de la librería. Más importante es la muerte del autor, en
la cual quiero detenerme porque, indirectamente, le toca también a la
librería. La muerte del autor, en las teorías de las que les hablaré, no
contempla sólo el hecho de que en el futuro habrá libros no escritos por un
autor, sino que su muerte, la pluralización de los autores, destruirá el
concepto mismo del libro. Es decir, los teóricos que defienden esta
tendencia parten del siguiente principio: en tanto que un libro presupone
una lectura lineal, de principio a fin, entonces, de alguna forma —aunque
la idea parece de la década de los 60—, ese libro es, hasta cierto punto,
represivo. La nueva hipótesis del hipertexto afirma que es posible unir
instantáneamente partes diversas de un mismo texto, a nuestra elección;
cosa que es aplicable cuando se trata de obras de consulta, pero que podría
no ser así con los que he llamado libros de lectura.
Para decirlo en palabras sencillas, la lectura de un libro, por ejemplo una
novela, puesta en un disco con estructura hipertextual, puede volverse una
lectura personal, cada una diferente de la anterior.
Ahora bien, nadie ha pretendido nunca que una enciclopedia se lea en un
modo lineal (sólo los locos leen en una noche la enciclopedia de la primera
a la última página) y el hipertexto, como ya hemos visto, nos permite
leerla mejor que en la forma en la que solemos leerla, saltando de la B a
la S o de la S a la G según lo que necesitamos consultar. Por el contrario,
el libro de lectura, por ejemplo la novela, justo cuando pretende que en la
página doscientos nos acordemos de algo que se había dicho en la página
veinte, pretende poner en juego nuestra memoria, nuestra capacidad de
recorrer el espacio imaginario que nos hemos creado poco a poco durante la
lectura. En este sentido, cada gran obra literaria está ya, de Homero en
adelante, estructurada hipertextualmente, dado que todos sus aspectos se
conectan a un aspecto anterior o a uno sucesivo, pero la grandeza del juego
está en saberlo resolver usando la memoria y la imaginación, no dejándolo
continuar automáticamente por medio de una máquina, a través de una
pantalla. Una novela aprovecha continuamente aquellos artificios que en el
cine se llaman flash-back o flash-forward; a veces reclama
todo lo que se ha dicho anteriormente, a veces anuncia tal vez en modo vago
lo que debería suceder en las que siguen, pero lo que una novela pretende
es que yo no regrese materialmente hacia atrás o vaya materialmente hacia
adelante; quiere justamente crear en esta forma un halo de ambigüedad, una
pregunta, una expectativa. Imagínese, si con el anuncio de la desventura de
un personaje, el lector saltase materialmente al final del libro para saber
qué cosa sucederá ahí. Estaríamos ante un típico lector tonto de novelas
policiacas, que va rápidamente al final a leer el nombre del asesino,
quitándose así el placer de la lectura. Se perdería el efecto de suspenso,
la tensión de la espera; es como si cada vez que en la obra de Wagner
aparece un leitmotiv, una máquina eléctrica me hiciera escuchar todas las
piezas en las que ese mismo motivo aparece, mientras que, por el contrario,
lo que Wagner quería era que, individualizando los leitmotiv en un punto
específico, el que escucha se acordase que ya lo había escuchado antes e
idealmente volviese a relacionar aquellos momentos.
Sin embargo, los teóricos de la desaparición del autor dicen que una
historia que se ha metido en un disquete hipertextual o en línea, permite
al lector cambiar también el final o someter al personaje a nuevas
experiencias o permite a diferentes lectores, como en una competencia, su
intervención directa para demostrar quién sabe desarrollar la historia de
forma más interesante. Recientemente John Updike, me parece, estuvo
involucrado en un experimento de este tipo. Como podemos ver, este nuevo
deporte es ya más común de lo que se cree, lo que quiero hacer notar con
esto es que no se sustituye la literatura como la conocemos desde hace
algunos miles de años, sino que se ha inventado simplemente un nuevo género
literario, que equivale a lo que en la música es la sesión jam de jazz.
¿Qué sucede en una sesión jam? A partir de un tema los músicos inventan y
cada noche la solución es diferente; si no se mantiene la grabación, cada
sesión jam será diferente de la anterior y podrían incluso alternar o
sustituir a los músicos y esa experiencia musical continuaría en modo
colectivo.
Pero la existencia de la sesión jam no ha cerrado de hecho las salas de
concierto o inhibido la producción de música de partitura. Simplemente, se
agregó un nuevo género.
¿Por qué interesa esto a quien vende libros? Porque es en este punto y por
esta diferencia que se juega el futuro del libro y de quien los vende,
situación que veo con algo de optimismo. Si ustedes leen con pasión La
guerra y la paz, se preguntan si Natasha cederá de verdad a los
engatusamientos de Anatoli, o si permanecerá fiel al príncipe Andrej, si
este maravilloso hombre morirá de verdad (aunque ustedes no quieran) y si
Pierre Bezuchov disparará o no a Napoleón. Y por supuesto podrían
imaginarse soluciones diferentes, como que Pierre mata a Napoleón, se casa
con Anatoli, cambia de sexo, etcétera. Al final, lo que Tolstoi hace es
decirles que, por el contrario, las cosas han avanzado en esa forma y que
ustedes no pueden hacer nada al respecto. Con La guerra y la paz
hipertextual, en cada desenlace de la historia ustedes podrían modificar el
destino de los personajes escapando así a dos condiciones que muchos juzgan
represivas; no se encontrarían frente a una novela ya hecha y no estarían
condenados a la división social entre los que escriben y los que leen. Pero
así como la sesión jam no volvió obsoletos otros géneros de música aún
regulados por una partitura, esta actividad creativa, nueva, no tendría
nada que hacer con los cuentos ya escritos que además las librerías
continuarán vendiendo, por una razón muy importante. Estoy pensando en la
descripción que Víctor Hugo hace de la batalla de Waterloo, en Los
miserables. A diferencia de Stendhal, que en La Cartuja de Parma
describe la batalla con los ojos de uno que está dentro y no entiende qué
es lo que está por pasar, Hugo la describe con los ojos de Dios, desde lo
alto, y sabe que si Napoleón hubiera estado al tanto de que además de la
cresta del altiplano de Mont Saint-Jean había un peñasco (lo cual el guía
no le había dicho), los coraceros de Millot no habrían perdido a los pies
del ejército inglés; sabe que si el pastor que era el guía de Büllow
hubiera sugerido un recorrido distinto, la armada prusiana no habría
llegado a tiempo para decidir la suerte de la batalla de Waterloo, llevando
a Büllow por un recorrido diferente o dando una información más a Napoleón.
Pero la trágica grandeza de aquellas páginas de Hugo está en el hecho de
que, más allá de nuestros deseos, una vez más y, por el contrario, las
cosas suceden como suceden. La belleza de La guerra y la paz es que
la agonía del príncipe Andrej concluye con su muerte, por más que nos
disguste. La dolorosa maravilla que nos procura cada vez que releemos a los
grandes trágicos es que sus héroes, que habrían podido escapar a un hecho
atroz, por debilidad o ceguera no entienden aquello con lo que se van a
encontrar y caen en el abismo que ellos han cavado con sus propias manos.
Y, por otra parte, el mismo Hugo lo dice, luego de habernos mostrado qué
otras oportunidades habría podido aprovechar Napoleón en Waterloo,
pregunta: "¿Es posible que Napoleón ganara esa batalla?". No, a causa de
Dios. Como dice Gide, Hugo es el más grande escritor francés, ¡ay de mí!
Pero la verdad es que lo que nos dicen todas las grandes historias —incluso
cuando sustituyen con Dios a la casualidad, a las leyes inexorables de la
vida—, es decir, la función de estos textos inmodificables, es justamente
ésta: contra cada deseo nuestro de cambiar el destino, se nos hace palpar
la imposibilidad de cambiarlo, y por ello son educativos y morales. Y así,
al contar cualquier hecho, cuentan también nuestra historia, y es por esto
que continuamos leyéndolos y amándolos y necesitando de esa su severa
lección represiva.
La narrativa hipertextual en la que termina la figura misma del autor puede
educar a la libertad, a la creatividad y, espero, esperamos todos, que se
practique en las escuelas, en lugar de los aburridísimos temas de una
bonita mañana primaveral. Pero eso no es todo. Los cuentos ya hechos, en
los que no podemos intervenir, nos enseñan también a morir, o a vivir, y
ésta es la función que se ha desarrollado con el curso de los siglos y a la
que ninguna revolución hipertextual podrá modificar, y éste es el tipo de
libro que las librerías continuarán vendiendo.
- Paninari: grupo de jóvenes que frecuentan
las paninotecas (lugares como pizzerías en donde se venden paninos). Está
usado con significado bastante negativo, ya que se refiere al nivel
socioeconómico medio bajo y por lo mismo a la jerga juvenil que utilizan
(N. del T.).
Este artículo fue tomado de la conferencia que Umberto Eco impartió
durante su intervención en la Escuela de Libreros y Editores de Umberto y
Elisabetta Mauri, en enero de 1998, en la Fundación Cini de Venecia, y fue
publicado originalmente en el número 8 de la revista italiana Effe (págs.
45-47). Traductora: Laura Cisneros, profesora de italiano en la Universidad
Intercontinental.