Magister
Felisberto Hernández
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Explicación falsa de mis cuentos

Felisberto Hernández
Suministrado por Daniel Ortiz

Felisberto Hernández nació en Montevideo, Uruguay, en 1902. Pianista y escritor, nunca fue muy reconocido en vida, aunque publicó desde 1925. Admirador del uruguayo Jules de Supervielle, discípulo del excéntrico pianista Clemente Colling, a quien le dedicó el título de uno de sus libros, recorrió el interior de su país y de la provincia argentina de Buenos Aires como concertista trashumante, o poniéndole música a las películas mudas. Escribió, entre otros libros de relatos y cuentos, Nadie encendía las lámparas, El caballo perdido, Por los tiempos de Clemente Colling, Las Hortensias, La casa inundada, Tierras de la memoria. Falleció en Montevideo, en 1964. “Explicación falsa de mis cuentos” antecede al cuento largo Las Hortensias en el mismo volumen.

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de si misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.


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