Felisberto Hernández nació en Montevideo, Uruguay, en 1902.
Pianista y escritor, nunca fue muy reconocido en vida, aunque publicó desde
1925. Admirador del uruguayo Jules de Supervielle, discípulo del excéntrico
pianista Clemente Colling, a quien le dedicó el título de uno de sus
libros, recorrió el interior de su país y de la provincia argentina de
Buenos Aires como concertista trashumante, o poniéndole música a las
películas mudas. Escribió, entre otros libros de relatos y cuentos,
Nadie encendía las lámparas, El caballo perdido, Por los tiempos de
Clemente Colling, Las Hortensias, La casa inundada, Tierras de la
memoria. Falleció en Montevideo, en 1964. “Explicación falsa de mis
cuentos” antecede al cuento largo Las Hortensias en el mismo
volumen.
Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos,
recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente
naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería
antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería
extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es
misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la
vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es
desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una
planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido
algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta
idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado:
no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su
crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que
se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe
mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta
que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo
tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso
si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta
dueña de si misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma.
Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades
propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado.
Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la
conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la
conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y
enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada
uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven
peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les
recomienda.