Eduardo Galeano
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La función social, el arte de un escritor... y las palabras mejores que el silencio
Entrevista publicada en el diario El Mundo, de Perú, el 19 de noviembre de 1994
El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde
las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa
abigarrada, llena de palabras que hoy me da vergüenza, hasta llegar a un
lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo
tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de
creación que no se nota ni tiene que notarse.
Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo
simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer
simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de
embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual,
ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión
de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz
de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de
existencia.
Para mí siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan Carlos
Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco, que me guió los
primeros pasos. Siempre me decía: "Vos acordate aquello que decían los
chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había
inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que
merecen existir son las palabras mejores que el silencio". Entonces cuando
escribo me voy preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?,
¿merecen existir realmente?
Hago una versión, dos o tres, quince, veinte versiones, cada vez más
cortas, más apretadas: edición corregida y disminuida.
Inflación palabraria
El problema de la inflación monetaria en América Latina es muy grave, pero
la inflación palabraria es tan grave como la monetaria o peor; hay un
exceso de circulante atroz. Algunos países han tenido éxito en la lucha
contra la inflación monetaria pero la inflación palabraria sigue ahí, tan
campante. Lo que me gustaría, modestamente, es ayudar un poquito a esa
lucha contra la inflación palabraria. O sea, poder ir desnudando el
lenguaje. Es el resultado de un gran esfuerzo, y no concluido, porque nace
cada vez: a mí me cuesta escribir ahora tanto como cuando tenía 15 o 16
años y lloraba ante la hoja de papel en blanco porque no podía.
¿Función social?
La literatura tiene siempre una función, aunque no sepa que la tiene, y
aunque no quiera tenerla. A mí me hacen gracia los escritores que dicen que
la literatura no tiene ninguna función social. A partir del momento que
alguien escribe y publica está realizando una función social, porque se
publica para otros. Si no, es bastante simple: yo escribo en un sobre y lo
mando a mi propia casa, pongo "Cartas de amor a mí mismo" y me emociono al
recibirlas. Pero es un círculo masturbatorio (no quiero hablar mal de la
masturbación, tiene sus ventajas, pero el amor es mejor porque se conoce
gente, como decía el viejo chiste).
Es imposible imaginar una literatura que no cumpla una función social. A
veces la cumple, y es jodido, en un sentido adormecedor, a veces es una
literatura del fatalismo, de la resignación, que te invita a aceptar la
realidad en lugar de cambiarla, pero a veces es una literatura reveladora,
reveladora de las mil y una caras escondidas de una realidad que es siempre
más deslumbrante de lo que uno suponía. Por otro lado me parece que lo de
la literatura social es una redundancia porque toda literatura es social.
Muchas veces una buena novela de amor es más reveladora y ayuda más a la
gente a saber quién es, de dónde viene y a dónde puede llegar, que una mala
novela de huelgas. No comparto el criterio de una literatura política que
además, en general, es aburridísima.