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El arte del sugerimiento
Vicente Huidobro
El siglo XX ha sido un período polémico, cuyas posturas, proclamas y
manifiestos, constituyen en torno a las vanguardias literarias y artísticas,
una parcela importante del pensamiento. Hasta no hace mucho tiempo todavía se
firmaban manifiestos, algo que por momentos resultaba anacrónico. A nombre de
las vanguardias (¿habrá quien se anime ahora en épocas del revival y de la
nostalgia, cuando en Colombia se festeja con nostalgia la mediocridad de sus
baladistas, a realizar un festival de la vieja vanguardia?) se alardeó mucho.
Baste recordar el manifiesto bobalicón y exultante del futurismo de Marinetti,
o, en Latinoamérica el primer manifiesto Agú, que un par de poetas chilenos
hoy irrecordables lanzó en 1920. Tomaron su agú del "primer verso del recién nacido", lo que los trasladaba a una
suerte de inocencia literaria. Agú. Manifiestos hicieron los estridentistas
mexicanos, los ultraístas, los martinfierristas, los nuevos en Colombia, los
minoristas de Cuba, los creacionistas, la anti-academia nicaragüense,
etcétera. Manifiestos y proclamas llenos de agudezas, de humor, de solemnidad,
de inteligencias y boberías, todo mezclado.
En estas lecturas recobradas, traemos, de uno de los mayores agitadores de
poesía que hayan existido en Hispanoamérica, el chileno Vicente Huidobro, un
manifiesto que en su premisa central no deberíamos olvidar a la hora de la
escritura: el carácter elusivo, la sugerencia antes que el decir exhaustivo.
Fue publicado inicialmente, en 1914.
Gerardo Cardona Velasco
El arte del sugerimiento, como la palabra lo dice, consiste en sugerir. No
plasmar las ideas brutalmente, gordamente, sino esbozarlas y dejar el placer de
la reconstrucción al intelecto del lector.
Esa es la belleza que debemos adorar.
La estética del sugerimiento.
Esto ya lo hacen algunos, pero todavía quedan tantos escritores y poetas
matemáticos y con olor a miasmas y a subterráneo de templo egipcio.
Dejemos una vez por todas lo viejo.
Guerra al cliché (lugar común).
Que ya no haya más mujeres humildes que se ocultan cual la violeta entre la
hierba. Que ya no vuelen más las incautas mariposas en torno de la llama.
¡Por Dios! ¿Hasta cuándo?
Que si hay un alma no sea blanca y pura, sino cualquier otra cosa. Que si hay
una montaña no sea una alta o encumbrada cima. Es preferible que sea una
montaña que dialoga con el sol o con pretensiones de desvirgar a la pobre luna.
Todo menos alta o encumbrada.
Hay poetas en Chile de los cuales me decís un sustantivo y yo inmediatamente
os digo el adjetivo que le antecede, no que le sigue. Eso ya sería un adelanto.
¿Paloma? Cándida Paloma. Ni siquiera paloma cándida. Uno se pregunta: ¿para
qué hacen versos esos señores que nos cantan lo que ya todos sabemos desde el
vientre de nuestras madres? (¿Novedad?). Si no se ha de decir algo nuevo no hay
derecho para hacer perder tiempo al prójimo.
En vez de repetir y siempre repetir la eterna rutina, sería mejor que
dijeran por ejemplo: yo pienso lo mismo que dijo el señor Victor Hugo en tal
parte. Yo siento lo mismo que dijo Bécquer en tal otra. Yo escribiría lo mismo
que dijo Fray Luis de León en tal estrofa, agregándole esto otro que dijo
Garcilazo... etc.
Y como ya todo eso es muy conocido, no se perdería el tiempo leyéndolo otra
vez.
Es esta una manera muy fácil y muy digna de recomendarse a gran número de
poetas.
Por eso es que refresca el espíritu cada gesto de rebelión de algún joven
poeta.
¡Ah! Si en Chile no se temiera tanto al ridículo. Si no se hiciera caso
alguno a las risas clownescas de la impotencia.
¿Qué al principio la lucha es ardua?
Claro.
Pero poco a poco se irá formando el ambiente, poco a poco se irá depurando
el aire, cultivando el buen gusto.
Poco a poco se irán sutilizando los espíritus y se les hará pensar y
entender los refinamientos poéticos, saborear las quintaesencias exquisitas.
Cierto que en este país todavía se trilla a yeguas. Pero no importa. Ya
algunos admiten maquinarias modernas y aprenden a manejar herramientas europeas.
Todos aprenderán después.
El fin principal que debe perseguir todo escritor es el de la originalidad.
Una originalidad inteligente. No calificada inteligente por los críticos
gruesos y secos de espíritu, ramplones o abufonados sino por los otros
artistas, por los verdaderos poetas, por los que son capaces de sentir y hacer
esas sutilezas refinadas propias espíritus ultrafinos.
Por eso debemos atacar la crítica en todas partes y principalmente en Chile.
Sólo debe existir un comentario poético, de artista a artista.
No de ramplón o de ignorante a culto y quintaesenciado.
La desigualdad engendra el error y la incomprensión.
¿Qué resultaría de un crítico sobre cuestiones de gallinas que se pusiera
a disertar sobre Arte?
Lo que leemos todos los días en tantos diarios y revistas. Persigamos la
originalidad sin hacer caso y sin temor al ridículo de los que tienen el
cerebro sólo para ponerle tongo.
¿Cómo se considera la originalidad?
Recogiéndonos en nosotros mismos, analizando con un prisma nuestro yo,
volviéndonos los ojos hacia adentro.
El arte del sugerimiento es uno de tantos como hay en el simbolismo.
Como la poesía metafísica.
¿Que el simbolismo ya murió?
Ni vive, ni ha muerto: es una de tantas maneras como hay en el Arte. El Arte
del sugerimiento ayuda mucho para la concisión y puede dar a la frase cierta
ondulación, cierta gracia y exactitud precisa y ciertos repentes felices y
sorpresivos.
El sugerimiento libra de los lazos de unión entre una idea y otra, lazos
perfectamente innecesarios, pues el lector los hace instintivamente en su
cerebro.
Un ejemplo:
Le dais a un retórico como tema algo sobre el Cementerio y os diría: La
tristeza del cementerio me llena de dolor y de oscuros pensamientos y
maquinalmente evoco todo lo que tiene relación con él. Me acuerdo de Hamlet
cuando tomó la calavera de Yorick y lloró sobre su recuerdo, pienso en Don
Juan cuando dialogó con la estatua del comendador... etc., y si queréis
podéis agregar al señor Gómez García que hace votar a los muertos. Le dais
el mismo tema a otro escritor si queréis más moderno, y os diría: la gran
tristeza evocativa de los cementerios. Hamlet, Yorick, Don Juan, Gómez García.
Ha suprimido todas las ligaduras intermedias y os ha dado la misma idea
exacta, con más soltura, gracia y concisión.
Ahora esto mismo aplicado a la poesía sutil y aunque con un procedimiento
algo distinto, evocaréis inmediatamente una idea simple o una imagen poética
que percibiréis más pronto cuanto más estéis refinados.
Por eso la percepción de esa poesía lejana, vaga, que podríamos llamar de
horizonte, la percepción de esa poesía que se resbala, que se esfuma, que
pasa, está en razón directa con la sensibilidad del lector.
Recordad siempre aquel sabio concepto de Mallarmé:
"Pienso que sólo es necesaria una alusión. La contemplación de los
objetos, la imagen que surge de los ensueños suscitados por ellos, son el
canto. Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del goce del poema,
que consiste en adivinarlo poco a poco. El perfecto uso de ese misterio
constituye el símbolo: evocar poco a poco un objeto para patentizar un estado
de alma, por el contrario, escoger un objeto para deducir de él un estado de
alma por una serie de adivinaciones... Si un ser de una inteligencia mediana y
de una cultura literaria insuficiente abre por casualidad un libro así escrito,
y pretende gozar con su lectura no consigue su objeto".
Y no olvidéis tampoco aquellos versos de Verlaine:
"Rien de plus cher que la chanson grise Où I'Indécis au Précis se
jaint".
Esto no quiere decir que el sugerimiento sea la única forma digna de tomarse
en cuenta. De ningún modo. Esto quiere decir que el arte de sugerir es
recomendable por prestarse a mil combinaciones más o menos originales y
extrañas.
Ahora claro está que hay muchos otros modos, y ¡cuántos que no conocemos!
El Arte no puede localizarse en una sola manera.