Ningún hombre del siglo XX, y menos si se da el mote de escritor,
puede dejar de tener en cuenta el pensamiento de Nietzsche. Como una
contribución a la selección sobre las recomendaciones de los “grandes”, les
remito los “Diez mandamientos de la Escuela del Estilo”, redactados por
Nietzsche para Low A. Salomé.
Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona
determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría
de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una
imitación.
El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe,
pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito
parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que
aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las
frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las
palabras, y la sucesión de los argumentos.
Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la
respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo
una afectación.
El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que
los piensa, sino que los siente.
Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante
es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en
aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite
que la separa.
No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más
fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de
formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.