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Voy a tratar de ser escritor
Mario Vargas Llosa
Ni abogado, ni periodista, ni maestro: lo único que me importaba era escribir y tenía la certidumbre de
que si intentaba dedicarme a otra cosa sería siempre un infeliz. Que nadie deduzca de esto que la literatura
garantiza la felicidad: trato de decir que quien renuncia a su vocación por "razones prácticas",
comete la más impráctica idiotez. Además de la ración normal de desdicha que le corresponda en la vida
como ser humano, tendrá la suplementaria de la mala conciencia y la duda. Así, hacia finales de 1958, en una
pensión de la calle del Doctor Castelo, no lejos del Retiro, quedó perpetrado el acto de locura: "Voy a
tratar de ser un escritor". Todo lo que había escrito hasta entonces: una obrita de teatro, un puñado
de poemas, algunos cuentos, copiosos artículos, era muy malo. Decidí que la razón de esa mediocridad eran
mi indecisión y cobardía anteriores, no haber asumido la literatura como lo primordial. Había terminado un
libro de cuentos, que encontró un editor en Barcelona (misteriosamente, esta ciudad sería la cuna de la
publicación de todos mis libros), y el resultado era más bien deprimente. Los había escrito casi todos en
Lima, en los resquicios de tiempo libre que me dejaban múltiples y fastidiosos trabajos alimenticios.
Justifiqué así ese fracaso, sólo se podía ser escritor si uno organizaba su vida en función de la
literatura; si uno pretendía —como había hecho yo hasta entonces— organizar la literatura en función de
una vida consagrada a otros amos. El resultado era la catástrofe. Completé esas justificaciones con una
teoría voluntarista: la inspiración no existía. Era algo que, tal vez, guiaba las manos de los escultores y
pintores, y dictaba imágenes y notas a los oídos de poetas y músicos, pero al novelista no lo visitaba
jamás: era el desairado de las musas y estaba condenado a sustituir esa negada colaboración con terquedad,
trabajo y paciencia.
Publicado en el libro Literatura peruana, de Nora Fataccioli, en 1996.