Aceptando la invitación de
Letralia les envío estas reflexiones, modestas
por cierto, con la esperanza de que algo de ellas pueda ser útil a alguien.
Se verá que algunas son variaciones de aspectos del arte de escribir que ya
han sido señalados. Lo que sigue no intenta sustituirlos, sino añadirse a
una experiencia acumulada.
La primera es que el aprendizaje de la escritura no debe considerarse nunca
un proceso acabado. Por eso tal vez sería mejor hablar de cómo empezar a
aprender a escribir. Esto es o debería ser así porque apenas consideremos
que ya "sabemos" escribir, nos cerramos a nuevas posibilidades de
desarrollo, nos estancamos y, lo que es peor, retrocedemos, aunque no nos
demos cuenta. Me parece sano y productivo estar en permanente actitud de
estar aprendiendo a escribir, aunque ya hayas publicado muchos libros.
La segunda es que las habilidades adquiridas se devalúan. Esto está
relacionado con lo anterior; quiero decir que lo novedoso se torna usual,
la percepción se automatiza y la escritura de otros autores, el paso del
tiempo y las exigencias de la literatura hacen que sea imprescindible
escribir a diario. Un escritor no debe dejar pasar un solo día sin
escribir, por lo menos, una o dos páginas. Para escribir un cuento hay que
tener una gran papelera —y llenarla—; para publicar un libro conviene
haberlo escrito en muchísimas versiones antes. No te apresures a publicar;
la literatura tiene un tiempo propio, el tiempo casi detenido de las
bibliotecas. Cada año se publican más de cien mil títulos en el mundo
hispánico. Piensa que tu obra tiene que ser leída también cuando ya no
estés entre los vivos. Trata de que solo la excelencia sea digna de tu
literatura.
La tercera es que hay una relación innegable entre la lectura —y la
relectura— y la escritura. Creo que sería fácil demostrar que la mayoría de
los escritores son voraces lectores. Esto significa que debes dar prioridad
a la lectura: dedicarle tiempo y continuidad. ¿Qué leer? Leer en dos
direcciones: 1) clásicos y autores de los que razonablemente puedas decir
que serán clásicos. Me parece que si un autor nos gusta, conviene conseguir
su primer libro, leerlo y estudiarlo (esto es, leerlo críticamente) en
sistema, seguir con el segundo y así hasta conocer toda su obra. 2) Teoría
y crítica literaria (hay una abundante bibliografía). Teoría del cuento y
de la novela, narratología, análisis y comentario de texto, crítica
literaria. Influencia lecturial y teórica tienen que ser bienvenidas. No
creamos; en rigor, combinamos palabras e ideas que existen antes,
independientemente de nosotros. Un texto es también un intertexto, como se
ha dicho hasta el cansancio.
La cuarta es que el trabajo de cajón suele ser descuidado o subestimado.
Esto es peligroso. Trabajo de cajón es escribir, reescribir, pulir y
corregir rabiosamente un texto y cuando creemos que es inmejorable
recordemos que está mejorable, lo metamos en un cajón y no lo
saquemos de allí hasta que hayan pasado varios meses, para entonces sí, con
nuevos ojos, darle, ojalá, la redacción definitiva. Hasta que no se
publique, un texto nunca "es"; siempre "está".
La quinta, relacionado con lo anterior, es que somos ciegos ante nuestra
propia creación. Deberíamos ser autocríticos a priori. Ser críticos a
posteriori es casi decir estar arrependidos de lo que acabamos de publicar.
Ocurre a menudo; por desgracia es más común de lo que sería desable.
Podríamos haber evitado esa autocrítica a posteriori si hubiéramos sido más
críticos con nosotros mismos. Pero, ¿cómo serlo si es cierto que somos
ciegos ante lo que hacemos? Tomemos prestados los ojos de los amigos. Demos
a leer nuestras letras a sus lectores naturales, a nuestros amigos y
familiares. Escuchemos, meditemos y aceptemos (críticamente) sus críticas y
sugerencias. La arrogancia y la autosuficiencia no tienen nada que hacer en
un acto creador.
La sexta es que si no tenemos un sentido de la autodisciplina no llegaremos
muy lejos. La continuidad de un esfuerzo vale muchísimo más que el rapto
deslumbrador, la idea brillante, la formulación novedosa. Ellas vienen,
acaso, una vez sin una disciplina; muchas si nos proponemos el "obstinato
rigore" que sugería Leonardo da Vinci. "Escribo cuando tengo ganas" no
sirve. Entonces escribes mal. Si escribes con disciplina, a poco verás que
siempre tendrás ganas de escribir. "Escribo cuando tengo tiempo" tampoco
sirve. Deberíamos poder decir "Escribo porque me hago tiempo". Como todo
arte, la literatura se ha hecho y se seguirá haciendo a costa de
renunciamientos y sacrificios. "Todo no se puede", como dice mi madre. Si
eliges ser escritor, tómate la literatura en serio, como tal vez hagas con
el humor.
La séptima es que conviene rodearse de y practicar otras actividades. Sor
Juana Inés de la Cruz escribió que si Aristóteles hubiera sido cocinero
habría sido mejor escritor. Estoy convencido de que Sor Juana tuvo razón.
Al lado de la escritura hay que hacer el amor, cocinar, lavar los pisos,
navegar, reírse, bailar, ir al fútbol, cambiar los pañales a los hijos,
tomar unas copas con los amigos de vez en cuando; viajar, en suma, vivir.
La torre de marfil y el ratón de biblioteca ya pasaron a la historia. Ojalá
que no vuelvan nunca más. Literatura acartonada no sirve. Deja que la vida
penetre como una sabia savia en tu obra.
La octava es que el trabajo artesanal puede y debe completarse con la
tecnología moderna. La computadora, por ejemplo, te permite tener varias
versiones de un mismo texto, trabajar simultáneamente con ellas, usar
programas de corrección (yo mismo no lo hago, aunque debería hacerlo),
tener acceso a diccionarios y enciclopedias, a referencias bibliográficos,
a libros de historia y a una cantidad de datos en línea que tal vez
necesites para tu texto. Un recurso técnico que recomiendo: lee en voz alta
(o pídeselo a alguien que tenga buena voz y lea bien) y graba tu texto en
una grabadora. Si es un poema, no habrá dificultades (salvo que hayas
escrito otro Canto General); si es un cuento, tampoco; si es una novela,
hazlo por capítulos o partes. Luego enciérrate en un cuarto a oscuras,
asegúrate de que nadie te moleste, y escúchate. Esto te permitirá detectar
cacofonías, repeticiones, aspectos no claros del texto, partes que tal vez
pasaron inadvertidas al ojo, pero no al oído. Rescatemos y reflotemos la
dimensión fónica, sonora, musical que una vez tuvo la literatura. Placer y
disciplina: lírica viene etimológicamente de "lira"; sintaxis, del griego,
"formación y orden para la batalla".
La novena es que antes de comenzar la escritura te conviene tener claro
dos cuestiones: 1) A qué lector ideal te diriges. Esto es especialmente
relevante para la lírica y la narrativa que están "marcados"
históricamente. Tenerlo presente te dará una clave de registro, de la que
no te deberías apartar. 2) Saber adónde quieres llegar. Te conviene tener
bastante claro los grandes rasgos de la estructura, la disposición, la
estructura temporal de la historia, si es narrativa. También, desde luego,
el final. Claro está que en el transcurso de la escritura esto puede
cambiar, pero conviene saber siempre desde dónde salimos y dónde estamos
para saber cuál es el mejor camino para llegar a la conclusión.
La décima, y relacionado con lo anterior, es que los comienzos y los
finales de un texto son casi tan importantes como el resto. Deberíamos
prestarles especial atención y, por lo tanto, dedicarles mayor cantidad de
tiempo y de trabajo. El comienzo debe tener algún tipo de "gancho" (sin que
esto signifique violencia gratuita o rebuscada originalidad), incluso para
los cuentos "de atmósfera". Esto es así porque, como en el ajedrez, la
apertura define si captaste el interés del lector o no, esboza los motivos
más importantes, en ocasiones la estructura de todo el texto. Un buen
comienzo es prometedor; uno malo es prometedor de una lectura inconclusa.
Los finales son importantes por razones fáciles de comprender. Sin embargo
quisiera subrayar una que me parece fundamental en este contexto, y es que
en el final, más que en el comienzo, suele estar lo que llamaría la clave
de la memorabilidad del texto. El acorde final debería quedar resonando en
el alma del lector, haciéndolo sentirse enriquecido con la lectura de tu
texto. Un final adecuado, revelador, cercano al momento de la epifanía,
vale oro. El lector te lo agradecerá.