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Se aprende a tomar posesión de la responsabilidad de escribir
Uno sabe que ha comenzado a escribir de verdad cuando cae en la cuenta de que no se aprende a escribir —polémico, lo sé. Podemos adquirir algo de técnica, desbrozar el lenguaje, pulir un poco aquí y otro poco allá, pero esto es como cualquier receta para cocinar.
Para escribir hay que nacer escribiendo, nada más, el resto se trata de dejar salir lo que ya está escrito desde antes. He recorrido varios talleres literarios, con buenos escritores, buenos para sí mismos. ¿Qué hay para transmitir?, ¿qué se puede enseñar, por ejemplo, para escribir un poema? Nada. A lo sumo los talleres sirven para darse cuenta de que uno no está solo, de que hay otros recorriendo el mismo camino.
No se aprende a escribir, se aprende a tomar posesión de la responsabilidad de escribir. Se aprende que se puede escribir algo por inspiración y que eso no lleva más de cinco minutos, pero que luego demandará quizás dos meses de trabajo arduo. Se aprende a renunciar, a recortar, a dejar para otra vez aquella metáfora que nos enamora... pero que no va, no va de ninguna manera donde queríamos colocarla. Se aprende a huir de los lugares comunes y también a visitarlos con valor, porque son comunes, porque son de todos.
Pero estas cosas no se enseñan, se aprenden, cada uno a su tiempo. Lo mejor que podemos hacer con alguien que escribe y nos consulta es esperarlo, esperar que llegue adonde tiene que llegar en su momento, no antes. Tentados estamos muchas veces de decirle a alguien “no abuses de los adjetivos”. Pero bien sabemos lo difícil que es escribir sin ellos, o encontrar sólo el adecuado y resistir el abuso. Todo lleva su tiempo, todo tiene su lugar y muchas veces la paciencia tiene que ser consigo mismo. Cuántas veces luego de haber escrito un poema de catorce versos nos quedamos con dos o tres que realmente valen la pena.
Por otra parte la escritura se nutre de la vivencia y allí es donde se esconde la trampa. Casi todos pasamos por la etapa en la que creemos que nuestra circunstancia tiene valor literario o que le interesa a alguien. Lo difícil es tomar conciencia que “contar la aldea para contar el mundo” lleva un proceso de universalización que cuanto antes se cumpla, antes nos pondrá a escribir en serio. No hay demasiados temas sobre los que escribir, y son siempre los mismos, pero nuestras vivencias deben alcanzar un nivel universal. A nadie le interesa si nuestra pareja nos abandona, pero seguramente de allí se pueda obtener buen material para crear.
El tiempo también cumple un valor esencial referido a las experiencias de cada uno. Es necesario tomar distancia de los acontecimientos, dejar que se “enfríen”. La ruptura de una relación puede dar de sí material para temas fundamentales, pero antes deberemos desapasionarla, en-ajenizar la experiencia, mirarla como se mira un cuadro, encontrando en él cosas no ya personales, sino comunes a todos los individuos.
Es la única manera para que todavía, después de siglos, se pueda seguir escribiendo sobre el Amor, la Muerte, la Existencia, la Soledad, la Incomunicación.
Y amor, mucho amor por lo que uno hace y respeto, dureza, rigor, paciencia, trabajo, mucho trabajo.
10 de abril de 2005
Javier Etchemendi, 1968. Poeta uruguayo. Publica en Letralia.
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