Hace ya una década que conozco y trato a Luis Hernández Contreras y cada día que pasa mi aprecio, respeto y admiración por este hombre aumenta. Lo conocí cuando ejercía el cargo de director de Cultura y Bellas Artes del estado Táchira, Venezuela. Presenté mis credenciales en la institución en la búsqueda de algún empleo y basándose en ellas, sin conocerme personalmente, fui contratada para dar clases de teatro a niños y adolescentes. Más adelante, cuando conoció de mi trabajo como fotógrafa, también me empleó; lo que quiero destacar al contar esta anécdota es que Luis (pese a que algunos dicen lo contrario) no es un hombre al que se le subieran los humos por el cargo que en ese entonces detentaba. En esa época y ahora, es la misma persona amable y gentil. Un hombre honesto, trabajador. Entregado a sus labores con verdadera dedicación y pasión. Multifacético: abogado de profesión, músico por pasión e historiador por convicción. Un ser que demostró que puede pasarse por un cargo importante en el gobierno y seguir siendo la misma persona, tan es así que sigue viviendo en la que ha sido su casa de toda la vida, de hecho nació en ella. Un hombre sencillo, sin ostentaciones, que tal vez ignora que es todo un personaje, que cuando el tiempo pase y los años hayan dado cuenta de todos nosotros, él será un importante punto de referencia en la cultura y el arte en el Táchira. Se asume: “Tal vez como un tachirense comprometido. Una persona que sabe cuál es su responsabilidad en este momento al abordar asuntos del pasado. Yo pues he tenido una vida polifacética, me he podido desempeñar en el mundo de la radio. Tengo un programa el cual tiene veinte años en el aire, eso es un mundo aparte. Trabajar en un restaurante tocando el piano en un mundo de mesoneros y de barman y de todo eso, eso es otro mundo. Investigar históricamente es otro. Trabajar acá en el Ateneo en este asunto del archivo de la hemerografía, pues es otro campo. Dirigir orquestas es otro campo. Exponer temas en conferencias. Ser miembro de la academia de historia es otro campo. Tal vez no me canso por las múltiples facetas que ejerzo, las cuales me producen vitalidad al salir de una y entrar a otra. Tal vez me defino como eso, como una persona multifacética que ha podido hacer algunos detalles en la vida, ignorando por supuesto múltiples temas, mucho más ignorando los mismos temas que uno pretende conocer”.
Lo podríamos definir como un tachirense orgulloso de serlo. Dedicado a escudriñar en la historia del siglo XX de este estado y rescatar sucesos y personajes olvidados. Oír una conferencia de Luis es todo un placer, pues va narrando los sucesos acaecidos tanto tiempo atrás como si él fuese testigo presencial de cada uno, va haciéndolo de manera tan amena que el tiempo pasa sin uno notarlo. En la actualidad es miembro de la directiva del Ateneo del Táchira, también pertenece a la Academia de Historia del Táchira y estas labores las combina con la música pues muchas veces es director invitado a tocar con las orquestas de la región y todos los domingos a partir de las dos de la tarde toca el piano en el restaurante Casa Pueblo; es interesante detenerse en este último punto pues esto demuestra el calibre del carácter de Luis, quien después de ser director de Cultura del estado, primero que no quedó “acomodado” como muchos en tantas partes, segundo, volvió a ser el mismo ciudadano y pues tenía que buscar el sustento de su familia, así que empezó a tocar el piano todos los domingos en Casa Pueblo, una vez él me comentó lo mucho que las personas se sorprendieron de verlo en eso, y él me decía: “Yo estaba sin empleo, Ana Berta, yo tenía que mantener a mi familia. Esa es mi responsabilidad. Salió esa oportunidad y la tomé”, y sigue tocando allí para mantener una especie de cable a tierra que le recuerde la realidad.
Un hombre conservador, tradicional. Para quien su familia es su centro, la plataforma en la que se basa para ejecutar todos sus proyectos. Y el gran pilar de su existencia es Marlene, su esposa y asistente de vida. Ella es el ingeniero forjador del hogar que él como un arquitecto soñó y diseñó: “Yo soy una persona de familia muy pequeña. Mi familia actual pues es mi mujer y mis dos hijos, fundamentalmente ese núcleo familiar estricto. Son dos niños muy talentosos. Me casé con una mujer que tiene tiempo para atenderlos. Siempre planifiqué eso, no casarme con una profesional sino con una mujer que se fuese a dedicar a sus hijos. Eso no tiene nada que ver con machismo ni nada de eso, pero sencillamente lo concebí así. Creo que es la gran obra que ella levanta en su vida, son sus dos hijos, esos hijos para los cuales yo no tengo el tiempo de dedicarles una tarea en completo, enseñarles alguna lección, para eso está ella y ella lo disfruta y los niños ante todo lo disfrutan”. Sencillamente Luis está repitiendo el patrón que vio en su casa paterna, un hogar tradicional donde aquel niño se sintió cómodo y satisfecho y por ende trata de que sus hijos vivan eso mismo; al hablar de su infancia nos dice: “Pues muy feliz. Yo fui un niño que lo tuve casi todo. Yo fui un niño no caprichoso pero que vio satisfechas las necesidades que pidió. Tuve unos padres muy generosos, excesivamente generosos. Fui un niño que tuvo muy buenas cosas, muy buenos juguetes, muy buenos libros. Era de poco pasear, era de poco salir porque mis padres eran personas muy ocupadas en su trabajo de comercio, pero disfruté una infancia muy feliz. Ante todo tengo gratos recuerdos de esa infancia y tal vez fui el niño modelo en la escuela. Yo siempre fui un niño de 19 y 20 en la escuela hasta mediados del bachillerato y sufrí mucho por eso, esas cosas de la envidia las viví desde muy niño, desde muy temprana edad. Y fui un niño precoz... yo sabía leer a los cuatro años de edad, me sabía las capitales del mundo, todos los huesos del cuerpo cuando era un niño de cuatro años. Y mi papá gozaba un mundo mostrando ante sus amigos la memoria prodigiosa de ese niño el cual hoy en día ya no puede aprenderse ni un poema de memoria, ni una canción porque olvidó esa memoria”.
Retomando el tema de la literatura nos confiesa que su mayor motivación al escribir es el compromiso adquirido: “Yo soy un oficiante del trabajo, y cuando digo concluir un libro en cierto término, yo escribo todos los días, trabajo todos los días. Me desmotiva tal vez alguna situación en particular, algo muy emocional que afecte pero de veras que casi nada me desmotiva. Me canso sí cuando ya estoy trabajando un personaje, y no es cansarse sino sencillamente el agotamiento lógico que se da al tener dos o tres años pensando en una misma persona para un trabajo en particular, se produce ese agotamiento. O un tema en particular que esté abordando, pero cansancio no, en lo absoluto sencillamente me produce la inspiración de trabajar el tanto haber recogido fichas, el tanto tener información sobre un tema que hay que volcarlo, hay que plasmarlo en el ejercicio diario de escribir”. Hablamos largo rato sobre la poesía, la literatura y todos esos tópicos que se derivan de las letras. Y llegamos a esas preguntas tan habituales, quizás trilladas pero cuyas respuestas siempre son interesantes sin duda, la primera, si le parece que la poesía es o no coto de una élite, y su respuesta fue más que elocuente: “No, no. No de ninguna élite y nunca lo ha sido, nunca lo ha sido. Manuel Felipe Rugeles era un muchacho de San Cristóbal. Era un muchacho de San Cristóbal que se puso en problemas con el gobierno de Gómez y tuvo que irse a Colombia. Fue una gente que murió prácticamente... su padre murió arruinado, murió en difíciles circunstancias económicas. César Casas Medina era un caballero que siempre vivía del diario, él tuvo que vivir como corrector de periódicos. Y fueron los hombres que hicieron la poesía tachirense de una época. Job Amado fue un bohemio que murió alcoholizado a los cincuenta y seis años de edad. No, eso no es ningún tipo elitesco ni tampoco es elitesca la forma como se plantea eso. Tal vez pudiera ser elitesco el manejo que algunas clases han hecho de ese discurso literario, eso puede considerarse como elitesco. Pero todo depende de cómo cada quien lo conciba, los periódicos del Táchira en una época difundían los poemas de los poetas tachirenses. Hoy más bien es más elitesco, antes Vanguardia o La Nación o El Centinela tenían páginas semanales literarias. Valerio Niño condujo una por muchos años, Pedro Pablo Paredes lo condujo también. Tal vez lo de elitesco pudiera confundirse con académico, entonces hubo un grupo de literatos tachirenses que le dieron viso académico a la literatura y pudieron tal vez concluir en otros, asimilar y concluir que eso era elitesco. No era elitesco, era sencillamente una visión académica de la misma”. De esta pregunta llegamos a la otra: ¿está la poesía en crisis?, y su argumento fue: “No. Lo que pasa es que son nuevas voces. Cada vez nos volvemos viejos, asimilamos las cosas, el oído cambia en sentido de afinación y en sentido de la velocidad de la poesía. El Táchira tuvo muy buenos poetas. Tal vez lo que pueda estar en crisis es la difusión de esos poetas y la forma como se difunde; nosotros no tenemos en los últimos momentos por ejemplo, nosotros le creímos a Manuel Felipe Rugeles porque él fue un consagrado fuera del Táchira. Nosotros le creemos en cierta dosis a esos poetas como Beroes o como Dionisio Aymará, o Ramírez Murzi porque fueron consagrados y alabados por otros que no éramos nosotros, fuera del Táchira. En este momento no tenemos ese poeta de esa dimensión. Tal vez cuando uno de esos poetas reciba un galardón nacional o internacional de peso empecemos a creer en él. Pero en el momento hay ciertas voces que se acercan, pero sinceramente yo lo digo, no estoy hablando de buenos o malos poetas sino de reconocimiento de los mismos que es la visión como nosotros tal vez los estamos juzgando, equivocadamente, pero los juzgamos así”.
Cree en la combinación de la musa inspiradora y el trabajo constante, así lo expresa: “La musa inspiradora existe pero hay que alimentarla. Hay que alimentarla, hay que darle comidita diaria. Eso de que a Newton se le cayó la manzana e hizo de una vez la ley de la gravedad, eso no es cierto, Newton tenía más de veinte años trabajando en eso. La musa inspiradora se da en razón del esfuerzo y del trabajo que uno diariamente hace sobre un tema. Ya cuando uno logra ir más allá de una posible hipótesis y convertirla en tesis significa muchos años de trabajo, al menos diez o quince en un solo tema, que uno pueda permitirse elucubrar o emitir teorías sobre algún aspecto”. Partiendo de este principio es que no es de extrañar que para este historiador el horizonte intelectual sea amplio y sin un final: “Hay muchos, muchos (caminos). Yo quisiera tener, lograr, dos doctorados, al menos uno en historia, en ciencias políticas. Y muchas cosas por hacer, solamente en el planteamiento de la historiografía tachirense del siglo XX , yo tengo planes de escribir varios libros, un libro sobre historia del Táchira para estudiantes, hacerlo fácil, hacerlo digerible y el diccionario de tachirenses es un proyecto a mediano plazo. Hay mucho por hacer en ese espectro solamente de cien años que yo he estudiado historiográficamente. El camino no se acorta, hay mucho por hacer y ante todo es dejar una senda, dejar una obra hecha para uso del futuro”.
Es un hombre al que por lo tan variado de su trabajo, o mejor dicho, por las tantas cosas en las que trabaja, y por no estar sujeto a horarios es realmente muy poco el tiempo libre que puede disfrutar. Así confiesa: “Yo los ratos libres míos... ¡es que ya no tengo tiempo! A ver, yo tal vez los ratos libres, libres así en verdad, conversar con amigos, tomarme un buen whisky con ellos, que son muy pocos. Escuchar música con ellos en particular o tocar temas del mundo cultural, pero son escasos, no pasan de dos o tres las personas con las cuales yo hago eso. Y decir tiempo libre pues yo ya no tengo tiempo libre en mi horario. Trabajo inclusive hasta los domingos, pero normalmente hago eso los lunes en la tarde y los sábados trabajando. Preparo en la mañana mi programa de radio, desde las nueve, le doy los últimos toques. Vamos a misa normalmente, o si no a las diez y media de la mañana, a las cinco de la tarde. Y a las doce estoy en Contacto 93 haciendo mi programa ‘Del jean a la etiqueta’, el cual cumple ya veintiún años en la radio ahorita en junio y luego a las dos de la tarde paso a tocar el piano en Casa Pueblo, ejercicio que he hecho los últimos siete años de mi vida constantemente todos los domingos”. Mas a pesar de lo antes expuesto él reconoce que hace el esfuerzo por desvincular su trabajo de la vida personal, cosa que en una época no hacía pero como la madurez y los años no llegan en balde, ya Luis aprendió a deslindar una faceta de otra y a definir prioridades: “Sí, el trabajo es uno, la vida es otro. En el caso particular mío ya hoy con hijos que están saliendo de la niñez y con mujer en casa, pues trato siempre de colocarle un límite al uno y al otro. En el sentido propio en que primero ellos, primero la familia, después el trabajo. Antes no lo pensaba así. Antes no era que me era indiferente pero ocupé muchos detalles del trabajo y ocupé mucho tiempo tal vez en entregarlo a los demás y descuidé esa parte particular. Hoy día pues me he tomado mis buenas vacaciones y pongo freno al trabajo cuando los aspectos propios de la vida tienen más valía, tienen mayor dimensión y sé dividir cuál es uno y cuál es otro”.
Luis Hernández, un hombre sencillo, temeroso de Dios, ser en el que cree y de quien afirma ha sido muy grande con él. De hecho es un católico practicante que va a misa todas las semanas y acata toda la liturgia. “Estudio ante todo lo que es la vida de algunos sacerdotes tachirenses, me he especializado en eso. Y admiro y le tengo una fe profunda, devocional, a Tomás Antonio Sanmiguel, el primer obispo del Táchira. Fue un hombre que llegó con apenas treinta y seis años de edad, recorrió en esa difícil época cinco veces todo el Táchira. Hizo una gran revolución en el Táchira como nadie la ha hecho, creando parroquias, creando institutos, inclusive el seminario, haciendo el Diario Católico. Muchas obras de Sanmiguel existen todavía en el Táchira. El Colegio María Auxiliadora, la Capilla San Antonio, los Redentoristas, los Salesianos, todo aquello. Así pues que soy un ferviente creyente de Tomás Antonio Sanmiguel”.
Con ese mismo fervor y amor habla de su ciudad, de San Cristóbal. Amor que se puede ver en ese acucioso estudio que de ella está haciendo desde hace años, buscando y averiguando quiénes, cómo y por qué han ido formando esta urbe. Esta pasión también se evidencia cuando habla de lo que haría si tuviera la posibilidad de ser y hacer otra cosa en la vida: “Otra cosa... ¿qué haría?, me hubiese gustado poder tener poder para cambiar el centro urbanístico de San Cristóbal. Siento sana envidia cuando veo, visito otras capitales donde tienen mayor afecto por eso. Hubiese querido tener tal vez un látigo en la mano para quienes botan basura en la calle aplicárselo, para quienes son irresponsables. Lo que te dije: intentar hacer más digno el centro de mi ciudad. Buscar que los espacios públicos no sean violentados. Que las avenidas sean bien utilizadas. Que las gentes estén ubicadas en los exactos lugares para funcionar. Yo creo que eso es un orden que denota, de acuerdo a como esté la casa pues está el sitio donde se vive. Existe un gran desorden, en el caso de la ciudad de San Cristóbal ha sido una ciudad mal querida por los munícipes desde hace muchos años para acá. Con un ejercicio de irresponsabilidad sobre su conducción. Yo creo que pudiera ser eso, hacer un poco más hermoso el centro, más digno, más limpio, más artístico, más estético”.
Como sucede con muchos músicos, por no decir con la mayoría, le gusta casi toda la música. Con excepción del vallenato y el reggaetón. “Pero sí me gusta todo lo latino, me gusta Pérez Prado, me gusta Chico Farril, me gusta el jazz, me gustan los tríos de jazz, fundamentalmente la época de las grandes bandas. Me gusta Rachmaninoff, me gusta Mozart, me gusta la música académica en particular. No me gusta casi lo contemporáneo, es decir de lo del año 40 para acá es muy difícil de percibirlo. Pero me gusta fundamentalmente todo”. Y en otra cosa que también coincide con otros músicos es en que no baila: “Bailo con palos (tragos, en Venezuela) encima, pero bailo muy mal, tengo el complejo. Yo tengo tres complejos: no haber sido médico, no ser buen bailarín y no ser buen cocinero. Yo disfruto cuando veo un chef, cuando veo alguien que baila muy bien y cuando estoy en presencia de un buen médico. Me da sana envidia porque quise ser eso”.
Como ya dije más arriba, Luis es un hombre sencillo y reservado, cuyo círculo de amistades intimas es sumamente reducido pues cree que ampliarlo demasiado, incluir mucha gente en su vida privada, implica dañarla. Su filosofía de vida básicamente es hacer su trabajo, sus cosas sin perjuicio de terceros, contribuir con su ciudad, su estado natal, desde la óptica que él lo concibe. Trabajar con honradez, brindando lo mejor de sí, dar a cada quien lo suyo y permitir que los demás tengan la misma dosis de tolerancia que uno pueda tener en razón de ellos. Un artista enamorado de Nueva York, ciudad en la que ha estado varias veces y deseoso de conocer la ciudad de Brujas en Bélgica. Amante del buen whisky y las buenas carnes pero con una notoria y confesa debilidad por el queso. Un hombre reservado, introvertido, que aún no supera la falta de su padre y que no cree en las anécdotas. Que le gustaría cambiar su contextura y volver a ser esbelto. Para quien la vida es un ejercicio que hay que lograr, un respeto a la creencia en Dios. Piensa que a los seres humanos hay que respetarlos, tolerarlos como son, recuerda mucho una frase que le enseñaron en sus clases de derecho, sobre que tu derecho termina donde comienza el del otro, frase que intenta poner en práctica todos los días de su vida.
Cerramos esta nota con un comentario que, de todos los hechos por él, creo que es el que mejor refleja la esencia de este sensible músico, amante del escudriñar en el pasado para saber quiénes somos y para dónde vamos, de este personaje del quehacer cultural tachirense, un comentario sobre lo que él cree es el amor: “El amor es un ejercicio de responsabilidad, el verdadero amor. La pasión es otra cosa, los quereres son otros síntomas. El amor es un sentido de responsabilidad muy profundo. Cuando amas algo, cuando amas a alguien, cuando amas a tus hijos, cuando amas a tu pareja, es un sentido de responsabilidad que va más allá de unos besuqueos, de unos abrazos, es un sentido de proteger a esa persona, darle cobijo, darle techo. Ser generoso, ser responsable ante todo. Yo concibo ese ejercicio de la palabra amor así, como un ejercicio fundamental de responsabilidad, significa entregarse del todo. Y entregarse del todo significa no ser egoísta en ningún sentido con los tuyos, con las personas de tu afecto, con lo que tú puedas conocer; eso es un ejercicio de amor. Y transmitirlo responsablemente, por ejemplo no pretender ser dueño del conocimiento ni dueño de los elementos que permitan hacer la vida más digna a los demás; si tú das eso, si tú dices: esa persona necesita la asistencia médica, o necesita el vehículo, o necesita el refugio, o necesita la transmisión de conocimiento, tú lo das, y si lo das en ese nivel, en ese nivel de ese amor afectivo de corazón, de familia, lo entregas con una alta dosis de responsabilidad, si no, no es amor, es pasión, es locura, es otra cosa”.