Comparte este contenido con tus amigos

Álvaro MirandaÁlvaro Miranda

Realmente resultó muy grato conocer al poeta colombiano Álvaro Miranda, quien recientemente fue objeto de un sentido homenaje por parte de los organizadores del Festival de Poesía de Bogotá 2009. Me encontré con un hombre de enorme sencillez, pausado, de mirada muy observadora y amable con todo el que se le acerca. Hicimos la entrevista el último día del Encuentro Binacional de Escritores de Colombia y Venezuela realizado en la ciudad de San Cristóbal en noviembre de 2007. Hablamos de todo un poco, pero la poesía y la vida fueron los temas fundamentales; de la primera —en cuanto a si está o no en crisis— dijo: “Depende de los aguardientes que se haya tomado. Pero por el contrario la poesía está soñando siempre cuando uno tenga sentimientos e imágenes”. Y agregó: “Es coto de los que podemos o los que hemos insistido en que los sueños son libertad”. Y de la segunda piensa: “Bueno, vida es una situación alegre para mí. De la cual no cambiaría nada, nada... yo creo que nada. La vida le tocó a uno vivirla así y si la supo vivir y la sacó provecho ahí tiene, ¿no?”.

La sensación que me produce su mirada, sus gestos y las cosas que dice, es que es un hombre plenamente libre, con esa libertad que nada tiene que ver con el cuerpo, con lo físico, sino que es un estado mental, espiritual y completamente inalienable e inasible para terceros. Y esa libertad interior se refleja en su amor por los viajes, cosa que a su vez se patentiza en dos frases, la primera cuando le indagamos que si hubiera podido ser o hacer otra cosa en la vida qué sería, y respondió: “Camionero. Me fascina viajar por las carreteras, en un camión grande”, y cuando le preguntamos qué partes de su cuerpo le gustan más y menos, y por cuál razón, y nos dijo: “Me gustan más los pies porque me han hecho caminar medio mundo, y la que menos me gusta es el estómago porque a veces no aguanta mucho buena comida”.

Para Miranda resulta imposible desvincular su vida de su trabajo y viceversa: “Tengo que integrarlas. Yo soy parte de mis novelas y las novelas son parte de mí, y la escritura me lleva y yo llevo la escritura. Y ahí nos revolvemos los dos, escritura y yo. Y en ese amasijo nos amamos y tenemos hijos”. Opina que frente a sí hay muchos caminos. “Pero los caminos no los pongo yo, los caminos me los ponen, y me los abren y me los cierran... a veces no sé, fantasmas”. De su cotidianidad comenta: “Hago pan, soy panadero. Y además, después de amasar me voy a escribir”. Su filosofía es trabajar en la literatura con el menor esfuerzo posible, aunque imaginamos que no ha de estar eso muy ajustado a la realidad, pues confiesa: “La musa hay que sudarla. Tengo 90% de sudor con ella y 10% de inspiración”. Afirmación que nos llevó a preguntarle sobre sus motivaciones y desmotivaciones a la hora de escribir, y su respuesta no pudo ser más contundente, realista y falta de romanticismo: “Los recibos de la luz me desmotivan, cuando tengo que pagar la luz, el teléfono y el gas. Y me motiva cuando me llega el cheque de la quincena”.

Se describe “como un hombre que todavía no sabe quién es”. Lo que sí sabe es que le gusta todo tipo de música menos la que es ruido... y baila, baila de todo: cumbia, porro, y a veces hasta baila en los sueños... Y hablando de sueños indagamos sobre el lugar de sus sueños y nos dijo: “Alguna vez alguien dijo que el jardín que está detrás de la Mona Lisa, a mí me gustaría también ese lugar”.

Reconoce que Dios lo ha ayudado siempre, que lo tiene en la espalda siempre. “Mi aspecto místico es a través de San Juan de la Cruz, de quien escribí una novela que se llama Un cadáver para armar, y donde me preocupó que nunca pudo encontrar su cuerpo porque siempre lo desarmaron, lo desarticularon los monjes Úveda, una vez hubo muerto para hacer reliquias con todos sus dedos”.

De su familia dice que es generosa, que lo quiere mucho. Amplia, y le soporta su neurosis. Este poeta es samario, o sea nacido en la ciudad de Santa Marta, “en el Hospital San Juan de Dios, a cincuenta metros junto al mar, un día seis de abril aunque el cura dijo que el ocho, a la una de la tarde sonaban todos los pitos de las fábricas porque mi madre estaba dando a luz...”. Con una infancia feliz, en medio de tamarindos, mangos, iguanas y carreras por un campo junto a la finca donde murió Simón Bolívar, en San Pedro Alejandrino.

Como ya dijimos, Álvaro Miranda, un hombre libre y en paz, un poeta sencillo sin poses. Un hombre al que Dios le ha dado una buena vida que ha sabido apreciar, valorar y aprovechar. Que ha recibido el maravilloso don de saber combinar y colocar las palabras adecuadamente, y lo hace con humildad y fervor. Un hombre-poeta que transita por este mundo de locos.