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Virginia WoolfCreatividad y locura

En “Creativity and Psychopathology”,1 Rachel Friedman se pregunta qué tienen en común Vincent van Gogh, Tchaikovsky, Picasso y Rachmaninoff, músicos y pintores que se han distinguido no sólo por su obra sino por sus individualidades perturbadas. Se pregunta Friedman si las enfermedades siquiátricas son parte de la creación o sólo una coincidencia.

Las palabras de Truman Capote parecen confirmar la primera hipótesis y constituyen el epígrafe perfecto de estas páginas: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”.2 Capote, uno de los escritores más famosos y escandalosos del siglo XX, el enfant terrible bendecido por éxito desde la publicación de su primer libro, Otras voces, otros ámbitos, a los 21 años, no sólo destaca en la literatura sino en la vida social. Escritor de moda, crítico mordaz, homosexual y errabundo, se convierte en amigo de los famosos: Oona O’Neill, Lee Radziwill, Jackie Kennedy, Gloria Vanderbilt, Yukio Mishima, Jean Cocteau, Carson McCullers, Tennessee Williams, Karen Blixen, Albert Camus, Marilyn Monroe y otros de la misma talla. Su obra se acrecienta y se solidifica con títulos como Desayuno en Tiffany’s, A sangre fría yMúsica para camaleones, y su vida social alcanza el cenit con el famoso e inolvidable “Baile en blanco y negro”, que congregó celebridades de tres continentes en los suntuosos salones del legendario hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Luego viene la caída, narrada de manera minuciosa y exhaustiva por Gerald Clarke, quien en las páginas finales de su libro lo describe borracho, hambriento y desnudo, en el lecho de sus propias miserias, con las piernas llenas de excremento endurecido, y luego añade: “Truman, sin embargo, no quería vivir sin alcohol y sin drogas. Vivir con todo eso era insoportable, pero vivir sin ello era para él impensable”.3 La existencia de Truman Capote confirma una de sus frases más citadas: “Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación”.4 Capote, que se creía destinado a ser el Proust de la alta sociedad norteamericana, planeaba escribir su versión de En busca del tiempo perdido, y en realidad desperdició gran parte de su vida en el intento. El libro, finalmente inconcluso y mediocre, objeto de anticipos millonarios por parte de los editores, se llamaría Plegarias atendidas, haciendo juego con los versos de Santa Teresa que sostienen que hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las que no lo son o con aquella otra sentencia que aconseja temerle a los deseos porque pueden hacerse realidad. La publicación de cuatro capítulos del fallido libro en la revista Esquire significó el ostracismo de Capote: la alta sociedad, su adoración, le cerró las puertas debido a sus escandalosas revelaciones íntimas. Apartado como un perro apestoso, se hundió en una crisis artística y personal, acentuada por las drogas, el alcoholismo y las frustraciones amorosas. Capote, quien comparaba a los verdaderos escritores, los que se arriesgan y se aventuran a todo, con otra raza de solitarios, los que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes, cierra el prefacio de su última y genial obra, Música para camaleones, con estas palabras: “Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura, completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que Dios me dio”.

En La locura,5 Andrew Crowcroft nos recuerda las palabras que Leonard Woolf escribió acerca de su mujer, la genial escritora Virginia Woolf: “...entonces, de repente, el dolor de cabeza, el sueño, los pensamientos galopantes se volvían intensos y pasaban, a veces, varias semanas antes que volviera a empezar a vivir la vida normal. Pero cuatro veces en su vida los síntomas no desaparecían y atravesó la frontera que divide aquello que llamamos locura de la normalidad... Había dos estados bien definidos que se llaman técnicamente maniacodepresivos. En el estadio maníaco estaba profundamente excitada; su mente galopaba; hablaba de forma voluble y, en la cumbre del ataque, incoherentemente... Durante el estadio depresivo todos sus pensamientos y todas sus emociones eran exactamente lo contrario de lo que habían sido en el estadio maníaco. Se encontraba en los abismos de la melancolía y de la desesperación; apenas hablaba; se negaba a comer; se negaba a creer que estaba enferma e insistía que su condición se debía a su propia culpa; en el abismo de ese estadio intentaba suicidarse...”. En 1895 Virginia Woolf saltó por una ventana, en 1915 tomó una sobredosis de Veronal y en 1941, finalmente, se ató una piedra al cuello y se ahogó en el río Ouse. Leonard Woolf remata así sus recuerdos: “Había momentos o períodos durante su enfermedad, especialmente en el estadio de excitación, en los que se convertía en lo que se llama una ‘loca furiosa’, y sus pensamientos y palabras perdían toda coordinación. No tenía contacto con la realidad. Excepto en estos períodos, durante toda la enfermedad, incluso cuando la locura alcanzaba sus máximos grados, permaneció tremendamente lúcida en tres cuartas partes de su mente. Creía, por ejemplo, que no estaba enferma, que sus síntomas se debían a sus ‘errores’...”.

El texto expone las facetas más importantes del desequilibro mental: el temperamento ciclotímico, que oscila entre la euforia y la tristeza, las recuperaciones y las nuevas caídas, la culpa. Como si presagiara las palabras de Capote respecto al látigo del don creativo, Virginia Woolf creía tener lo que se merecía. Es posible que lo mismo hayan pensado Van Gogh al cortarse la oreja, Verlaine cuando le disparaba a Rimbaud, Nerval al colgarse de su propia corbata o Maupassant al adquirir la sífilis que lo conduciría a la muerte.

Rachel Friedman se pregunta si la creatividad y la genialidad constituyen la más alta expresión humana o si, por el contrario, sólo son evidencias de la anormalidad. Estos magníficos creadores, estos casos excepcionales de la humanidad, vivieron la vida de modo particular, polémico y a veces escandaloso, pero nos dejaron una obra que nos regocija y nos eleva espiritualmente.

Dice Jacques Lacan: “La vida va por el río tocando de vez en cuando la ribera, parándose un rato aquí y allí sin comprender nada. El principio del análisis es que nadie comprende nada de lo que ocurre. La idea de la unidad de la vida humana me ha producido siempre el efecto de una mentira escandalosa”. Creo que el artista logra ver una parte de esa vida, un territorio vedado a los demás, y sufre las consecuencias de esa mirada. Se sabe que a los enfermos siquiátricos se les hace explorar sus capacidades artísticas con un afán terapéutico, pero en el caso de los artistas esa exploración es la vida misma, el sentido de su existencia.

En 1971 se publicó Mary Barnes, two accounts of a journey through madness, del psiquiatra Joseph Berke y su paciente esquizofrénica Mary Barnes. El libro, escrito alternativamente por ambos, es un relato apasionante de las visiones personales del largo proceso de la caída hasta los estados más profundos y su laboriosa recuperación. Las producciones plásticas de Mary Barnes con sus propios excrementos son las precursoras de una obra importante que luego sería expuesta en galerías de arte. La experiencia sirvió a Mary Barnes como medio de recuperación y estímulo para realizar una labor de proselitismo con sentido místico, según lo atestiguan sus propias palabras: “Pasar por la locura es una purificación que me acerca a Dios, que me ayuda a una comprensión más consciente de Dios, a una mayor participación de la misión. Deseo facilidades para hundirme y purificar más aun lo que queda en mí de locura hasta llegar a la total integridad, a la santidad”.

Otra cosa decía Nijinski, el genial bailarín ruso que terminó su vida en el manicomio: “Soy el payaso de Dios”.

Confiesa Duras: “Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario. La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez”.6 Por otra parte, según Barthes,7 Bataille decía: “Escribo para no volverme loco”, y Vargas Llosa: “Si yo no escribiera me pegaría un tiro”.8 La literatura como exorcismo es evidente en la frase que Julio Cortázar le confiesa a González Bermejo: “Si yo no hubiera escrito Rayuela probablemente me habría tirado al Sena”.9 Crear es una pasión. Creación y vida se confunden. La creación se convierte en una manera de vivir. La única manera.

Así lo entendía el poeta Raúl Gómez Jattin, loco y genial, homosexual y suicida, quien repartía su existencia entre las calles y el manicomio, y temía que al curarse de la locura agotara el pozo de la creación. Despreciable, por obra y gracia del amor y la poesía, dolorosos cuchillos, cuando se enfermaba acudía al hospital de caridad. Como una maldición, el poeta realiza con su propia vida los designios de la poesía:

Airoso en su galope
levantó la mano armada
hasta la sien
y disparó:
suave derrumbe del caballo al suelo
Doblado sobre un muslo
cayó
y sin un solo gemido
se fue a galopar
a las praderas del cielo.10

Locos, criminales, prostitutas, alcohólicos, ladrones, drogadictos, suicidas, poetas malditos, vagabundos y extravagantes de todo tipo rompen las normas sociales y deben aislarse. Se les designan territorios: calles, bares, prostíbulos. O se les amontona en el barco de los locos para deambulen por los mares más lejanos y nunca toquen a nuestra puerta ni se nos crucen en el camino. El hospicio alberga a los locos y sus demonios y la cárcel nos mantiene a salvo de los criminales, porque locura y criminalidad representan la parte del hombre que debe eliminarse o al menos esconderse, como la basura, debajo de la alfombra. El criminal debe expiar la ofensa y el loco debe pagar por su comportamiento. En cuanto al poeta se diría que debe pagar por atreverse a mirar el territorio prohibido. Lo curioso es que se teme al poeta, se censura su vida escandalosa, pero se venera su obra, la piedra de su locura.

 

Notas

  1. The Harvard Brain, volumen 7, Spring 2000.
  2. “Vueltas nocturnas” en Música para camaleones, Buenos Aires, Emecé Editores, 1981, p. 248.
  3. Gerald Clarke, Truman Capote: La biografía, Barcelona, Ediciones B, 1996, p. 715.
  4. “Prefacio” en Música para camaleones, p. 11.
  5. Madrid, Alianza Editorial, 1971, pp. 31-32.
  6. Marguerite Duras, Escribir, Barcelona, Tusquets Editores, p.55.
  7. Roland Barthes,El placer del texto, México, Siglo XXI Editores, 1978, p. 63.
  8. Ricardo A. Setti, Diálogo con Vargas Llosa, San José, Costa Rica, Cosmos- Editorial, 1989, p. 183.
  9. Ernesto González Bermejo, Conversaciones con Cortázar, Barcelona, Edhasa, 1978, p. 13.
  10. “El suicida” en Raúl Gómez Jattin, Poesía 1980-1989, Bogotá, Grupo Editorial Norma, p. 78.