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Nunca es tarde...Nunca es tarde...

Nunca es tarde si la dicha es buena, como dice el refrán y confirma la realidad a través de una de esas historias no inventadas que, a veces, parecen ficción sin serlo; lo que voy a contar ahora recuerda un cuento con desenlace feliz, pero, aunque tenga ese final, no es un cuento.

Todo empezó hace seis décadas; entonces, Jaume Serra era un hombre de 32 años al que le gustaba pintar y empezó a hacerlo por hobby simplemente. Pero lo más curioso del caso es que, si se dedicó a la pintura en sus ratos libres, no lo hizo con miras ulteriores, es decir, no hubo afán de protagonismo ni de lucro, pintaba por amor al arte, como se suele decir muchas veces cuando una persona hace algo que la realice pero sin cobrar por ello.

El señor Serra, nacido en Catalunya, en la masia —granja—, de Can Calçó, ha pintado durante sesenta años completamente ajeno a las exigencias de la fama y al dinero que podía reportarle su arte; lo que se dice un artista anónimo sin pretensiones de dejar de serlo y, lo que es aun más incomprensible en este mundo actual tan mercantilizado, carente de interés comercial respecto a su obra; tanto es así que en el trascurso de sesenta años, ha llegado a destruir muchos de sus lienzos sin la menor vacilación, sólo porque ya no le gustaban, y ahora, a los 92, se convierte en “artista revelación” aclamado por el público y la crítica.

Todo empezó cuando hace unos meses un historiador del Museu Etnologic del Montseny —Catalunya—, tuvo conocimiento de su obra, amontonada en el cobertizo que le sirve de estudio, y el resto ha comenzado ya a ser historia con una magna exposición en el Museu d’Art de Girona —Gerona—, bajo el título de Un art amagat —un arte escondido.

Hemos de recordar este seudónimo, Calçó, nombre artístico de Jaume Serra, pintor que sin esperarlo ni buscarlo, se ha visto convertido de la noche a la mañana en un firme valor dentro del mundo de la pintura, lo que nos lleva a reflexiones muy profundas que tienen que ver no sólo con el mundo del arte sino, también, con el de la literatura... y que refrendan el título del presente artículo: nunca es tarde.

No, nunca es tarde para triunfar en el mundo del arte, aunque, como en el presente caso, su protagonista no lo haya ido a buscar precisamente.

El tiempo, la cuestión de la edad, es un punto crítico en la vida de cualquier persona que se pueda dedicar tanto a la pintura, la música o la literatura —y no continúo porque hay más—, ya que existe el concepto equivocado de que se debe empezar joven si se quiere conseguir algo apreciable, para unos la fama, para muchos el dinero, para otros el reconocimiento y su disfrute, mas la historia del mundillo que tratamos no tiene que ir necesariamente por esos derroteros ni debemos crear estereotipos que nos condicionen en este sentido.

Hace algún tiempo, un novelista español bastante conocido dijo en una entrevista que “ahora escribiría aunque no le pagasen por ello”, lo que significa que antes lo hacía por dinero; no es que le critique, un novelista debería vivir de su trabajo, es lo lícito y correcto, pero el auténtico escritor no escribe sólo para que le paguen, lo hace porque, en palabras del editor Mario Muchnik, “si no escribe se muere”, y son legión los que escriben por el gusto de hacerlo y con pocas esperanzas de ver algún día sus obras publicadas en papel.

Incluso Edgar Allan Poe, eternamente endeudado y pobre de solemnidad, no paraba de escribir, cuando lo más sensato, dadas sus circunstancias, hubiera sido dejar la pluma y trabajar en algo rentable que permitiese rescatar de la miseria a su familia, o R. L. Stevenson, enfermo crónico y desahuciado, que sólo dejó de escribir cuando falleció.

(Mi abuelo paterno escribía y en la familia llegó a especularse con que tal vez publicara alguna novela a escondidas y bajo seudónimo, parece ser que existían indicios, pero nunca se supo con certeza, y a uno de sus hijos, mi tío Miguel, le gustaba inventar historias —sobre todo cuentos infantiles de los que yo era ávida receptora—, y también escribir, quizá para continuar la tradición, pero, estoy bien cierta de que mi tío nunca publicó nada, ni siquiera con seudónimo; a su muerte, a los 54 años, con él desapareció su obra, y yo era una adolescente para impedirlo).

Indudablemente que triunfar joven tiene muchas ventajas, la principal es no arrastrar una carga de frustración durante toda la existencia, pero ello no equivale a una condena que niegue que lo que no pudo ser en una época no pueda serlo en otra, y de eso hay que ser conscientes.

Una muestra: Gauguin empezó a dedicarse a la pintura a los cuarenta años, y yéndonos a nuestro terreno literario, tenemos, sin ir más lejos, ejemplos que por ellos mismos son lo suficientemente explícitos, he aquí el de Giovanni Tomasi de Lampedusa, autor de El Gatopardo, un príncipe italiano del siglo XX que escribió al final de su vida, tenía sesenta años cumplidos, la famosa novela. En su caso, no obstante, él nunca la vio publicada ya que falleció antes, pero mientras llevaba a cabo su célebre obra, alternó también escribiendo Recuerdos de infancia, varios relatos y el esbozo de otra novela.

Hemos de tener en cuenta una cosa: lo único que importa en un escritor es que escriba, nada más, los laureles pueden llegar o no hacerlo nunca en vida del autor, sin embargo eso no tiene realmente importancia, lo que importa es su criatura, su obra y la satisfacción inigualable que le reporta escribirla; ella, cuando nace, ya lleva consigo su propio destino, recordemos el caso de Moby Dick y Herman Melville o de Billy Budd y Herman Melville; de la primera se vendieron unos 17 ejemplares, si mis fuentes de información son veraces, y la segunda, veinte años después de la muerte de Melville fue hallada por una nieta suya, oculta en el doble fondo de un cajón de escritorio.

Y en cuanto al handicap (?) de la edad, no hay tal. Para probarlo tenemos al premio Nobel José Saramago, un autor que empieza a dedicarse plenamente a la literatura —después de una breve incursión a los 25 años con Tierra de pecado—, en lo que está en llamarse “la tercera edad” ya que a los 60 años publicó la novela que le haría internacionalmente famoso, Memorial del convento, y no podemos decir que le haya ido mal; la edad no tiene por qué ser un obstáculo si el cerebro está lúcido.

Otro ejemplo y éste también de actualidad: Manuel S. Gautier, el escritor dominicano que empezó su exitosa carrera a los 60 años.

(Lo casual de que los citados hayan empezado a triunfar esa edad no quiere decir que haya en la cifra algo de mágico, sino que es el comienzo de lo que se ha dado en llamar “ancianidad”).

Y si vamos a los clásicos de entre el XVII y XVIII, nos encontramos con escritores que empezaron tarde, como un Charles Perrault cincuentón de entonces, cuando las personas envejecían antes, o una Baronesa D’Aulnoy o una Madame Leprince de Beaumont, idem de idem cuarentonas y en plena actividad literaria.

Un escritor que haya empezado su carrera joven puede llegar a viejo escribiendo y nadie se extraña, ¿por qué entonces hacerlo si empieza tarde o mirarle con aire de conmiseración ya que dejó muy atrás la juventud, siendo éste, como es, un oficio en el que sólo basta tener pluma y papel, u ordenador, y el resto lo pone la imaginación, algo que afortunadamente no envejece nunca?

Que no desesperen pues los noveles escritores maduros, que no tiren la toalla. Recordad: nunca es tarde para empezar.