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Edgar Allan PoeEnfermedad, adicciones, rarezas y literatura

Hace tiempo conocí a un joven que trabajaba en un periódico en las labores de maquetación y escribiendo de tanto en tanto algún artículo; él proclamaba, a quien quisiera escucharle, que era novelista, pero lo cierto es que no había escrito ninguna novela, ni tan siquiera relatos que le hubieran sido publicados inmediatamente en aquel periódico.

El muchacho en cuestión tenía su propia teoría acerca de cómo ha de proceder un escritor para serlo; según su modo de ver las cosas debía beber abundantemente, porque Edgar Allan Poe había sido un alcohólico, y este ejemplo, según él, era perfectamente válido ya que demostraba que el alcohol daba categoría a un escritor, es decir, le convertía en escritor.

El aspirante a la gloria literaria bebía diariamente con ejemplar entrega y los fines de semana estaban dedicados al mismo menester pero ya sin cortapisas. En el tiempo que duró mi colaboración con ese periódico, y fueron varios años, nunca leí nada suyo que pudiera ser o novela o relato, y él estaba cada vez peor, hasta el punto de que acabaron despidiéndole, y su pista se perdió.

En otra ocasión conocí a un caballero que también se autodenominaba novelista y que para demostrarlo iba siempre con ese inconfundible abrigo y gorra que tan populares hiciera Sherlock Holmes —le descubrí en invierno; en verano no sé como iría vestido—, e ignoro por qué esa extraña regla de tres, la indumentaria, le podía transformar en escritor.

Y siguiendo con aquello de que el hábito hace al monje, también llegué a conocer a una dama que llevaba puesta a todas horas una especie de boina un tanto bohemia, y por este simple hecho afirmaba que era escritora, sin haber escrito nunca una sola línea.

Todos los que escribimos somos indudablemente escritores, buenos o malos, famosos o desconocidos, pero escritores, ahora bien, el que se disfraza o adopta una pose snob, y NO escribe, sino que habla de ello constantemente, sin más, desde luego que no lo es aunque se empecine en querer convencernos... o más bien convencerse.

Una golondrina no hace verano, y hablar de que el alcohol, o cualquier otro tipo de sustancia adictiva, puede convertirnos en genios, es el error más grande en el que puede incurrir un aprendiz de novelista y no valen nombres célebres para refrendarlo; Omar Khayyam, Poe, Baudelaire, Fitzgerald, Ellroy, Dorothy Parker, por citar sólo unos pocos.

El escritor es escritor “a pesar” de sus enfermedades adictivas, no porque las padezca; de la misma manera la ceguera de Milton, el hecho de que Cervantes quedara manco después de Lepanto, la cojera de Byron, la polio de Walter Scott, la espalda deforme de Leopardi, la epilepsia de Dostoievsky, la precaria salud de Dashiell Hammet —debida a múltiples causas—, o la locura de Virginia Woolf, no les convirtieron en poetas o novelistas ya que lo hubieran seguido siendo sin ellas, ¿qué influyeron en su obra?, indudablemente, como cualquier circunstancia en la vida de cualquier novelista o poeta.

Mucho más significativo, sin embargo, encuentro que el resentimiento que abrigaba la madre de Byron contra el abandono de su marido, la hiciera tratar de forma dura y despegada al hijo, haciendo que más tarde éste se vengara del género femenino al adoptar una conducta estúpidamente cruel.

En cuanto a Virginia Woolf, de no haber estado mal de la cabeza, sus escritos hubieran seguido siendo igualmente poéticos y originales, pero hubiesen ganado en coherencia, igual que muchos de los de Edgar Allan Poe, cuyo inmortal poema El cuervo es una muestra de ello (por cierto, Poe odiaba visceralmente este poema).

Destruirse con el alcohol o las drogas en aras de las musas no es una licencia poética más, ni el que lo hace un héroe, aunque muchos lo crean así: los que no tienen talento, y los que lo tienen y son lo suficientemente débiles de carácter como para dejarse arrastrar por determinadas y peligrosas atracciones.

Podríamos comparar a un escritor con el albañil que día a día, ladrillo a ladrillo, va construyendo un edificio sin que en él influyan ni el frío ni el calor, la lluvia o el viento, aunque los padezca, porque escribir es sentarse y empezar o continuar, pero sin esperarse a que la inspiración venga, que esa se da ya por añadidura; escribir es también un trabajo en solitario para el que no se necesita el uniforme de Sherlock Holmes ni las boinas de diseño, y al que bien le podemos aplicar estas palabras de Shakespeare:

El trabajo en el que hallamos placer cura la pena que causa.