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Francisco AyalaEn el centenario de don Francisco Ayala

En la vida de un escritor cien años son más que un siglo aunque no lo parezca.

Desde que se inició el presente 2000 han empezado a conmemorarse los centenarios con el de Saint-Exupéry en primer lugar, después el de Margaret Mitchell, noviembre de 1900. Siguiendo este orden cronológico, diremos que Ramón J. Sender, S. Quasimodo y Jardiel Poncela nacieron en 1901, Steinbeck, Cernuda y Alberti en 1902, Max Aub, Marguerite Yourcenar, Raymond Radiguet y Orwell en 1903, María Zambrano, Neruda, G. Greene y A. Carpentier en 1904, Lillian Hellman y Sartre en 1905, y en 1906 Francisco Ayala y S. Beckett.

De todos los ilustres escritores mencionados, sólo uno continúa vivo, y éste es Francisco Ayala, el autor de El jardín de las delicias, entre otras muchas obras, quien los cumple el 16 de marzo, aunque él diga con un envidiable sentido del humor, “si es que llego” o bien “pido perdón por haber vivido tanto”, por eso comentaba al principio que cien años en la vida de un escritor son algo más que un siglo porque parecen una eternidad, sobre todo si empezamos a usar de las comparaciones en el sentido de cuánto puede llenarse una existencia no tan larga. Por ejemplo, Margaret Mitchell que murió a los 48 años dejando tras sí sólo una novela, como un siglo antes lo había hecho Emily Brontë.

Esa eternidad se traduce en la cantidad de vidas que alcanzan a ser vividas, por medio de la lectura, a través de la trayectoria de sus personajes, pues un autor no es a la postre otra cosa que la proyección de su obra.

Por ello, repito, cien años son más que un siglo, porque cuando echamos la vista atrás nos parece que llegar a cumplirlos es algo incluso anormal, que suene mejor decir: hoy hubiera llegado a centenario, y el peso de ese siglo nos aplasta como si fuéramos nosotros los de la celebración cuando quien lo cumple sigue en este mundo y, además, con entera claridad de juicio y bromeando sobre su longevidad.

Raymond Radiguet falleció muy joven quedando en promesa, ¿cuál hubiera sido su obra in extenso de no haber muerto prematuramente, y Hauff, en otro siglo, poco antes de cumplir los veinticinco?

Cuando un escritor llega a los cien años, deviene ancestral a pesar de sí mismo, sus libros le envejecen aun más y se nos antoja como descolocado, fuera de lugar, contemplándose en su propio espejo a imitación del doble de William Wilson.

En el fondo de nosotros una vocecita se alza gritando: ¿qué haces ahí?, este no es tu sitio; preferimos adorar al muerto a quien la distancia convierte, por inalcanzable, en único al entronizarle en el lugar que sin duda le pertenece con toda justicia.

Cien años es mucho tiempo y el protagonista ya se ha transformado en fotografía algo amarillenta por el paso de las décadas, debiendo reposar por derecho propio en el álbum de nuestra memoria. Nos hace el efecto de que viajamos con la máquina de Wells pero yendo hacia el pasado, o, tal vez, hubiera de ser así, y sin embargo no nos hemos movido de sitio, lo que nos conduce a un cúmulo de reflexiones; la principal es que no podemos asimilar que hayan transcurrido cien años y seamos contemporáneos de alguien que nació cuando nuestros padres aún no lo habían hecho; pensarlo produce vértigo. Sin embargo, la existencia del centenario permanece ahí y todo cuanto hizo, como capítulos de una novela, se encarga de pasearlo ante nuestros ojos la prensa, que no cierra sus artículos y reportajes con la palabra Fin, sino, en este caso, con un tímido Continuará..., aunque quien celebre el aniversario llegue a dudarlo.

Francisco Ayala vino al mundo el 16 de marzo de 1906 en la ciudad de Granada, empezó a escribir muy joven y conoció los sinsabores del exilio por causa de la Guerra Civil española, residiendo en Latinoamérica durante muchos años, y viajando. Regresó a su patria en 1980 y aquí está desde entonces admirado y querido por todos, cubierto de títulos universitarios, multipremiado por sobrados merecimientos y candidato al Nobel en varias ocasiones.

Una vida larga y novelesca también, un siglo muy bien aprovechado, ¡feliz cumpleaños, señor Ayala!