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SOSEl amargo oficio de escritor

La literatura tiene dos caras como una moneda. La cara amable del reconocimiento público, el éxito, la fama, el dinero, y la cara oscura del anonimato y por ende del fracaso, la desesperación e incluso la miseria.

Muchas veces me han escrito, y me escriben, jóvenes escritores confiándome sus penas y su frustración al no verse ni tan siquiera atendidos por las editoriales a las que envían sus originales, eso por no hablar ya de los premios literarios a los que concurren en los que se puede constatar, la mayoría de los casos, que los originales no han sido leídos ya que regresan en perfecto estado con unas páginas que se aprecia no han sido siquiera hojeadas.

Estos jóvenes alevines de novelista suelen manifestar sus preocupaciones en tonos melodramáticos y muy literarios; creen que son unos incomprendidos, que no sirven para escribir y que nunca, nunca, nunca, nadie les hará caso y por ello sus obras jamás serán publicadas.

Incluso ha habido quien ha mencionado de forma harto significativa a John Kennedy Toole, en su La conjura de los necios; a estos desesperanzados les digo que en literatura sólo es válida una fórmula casi mágica: paciencia, porque el que espera puede conseguirlo, y si no espera y no destruye su obra en un arrebato, su obra le sobrevivirá y puede ocurrir el milagro aunque él no esté ya para disfrutarlo.

Peter Kennedy Toole, ejemplo que no debe seguirse, se suicidó en un rapto de desaliento, tal vez el alcohol que ingería fuese en parte el causante, pero su madre continuó en la brecha y gracias a la perseverancia de esta señora hoy todos admiramos el talento de su hijo. ¿Costaba tanto esperar? El caso de Kennedy Toole encierra una advertencia y una enseñanza que ha de servirnos, pero no es un hecho aislado porque la historia de la literatura está sembrada de ellos y los hay de todas las maneras en su antes y en su después.

Autor consagrado nadie nace y muchos se fueron al otro mundo sin saber que un día conseguirían aquello que tanto desearan y por lo que habían luchado toda su vida en vano (?).

El cementerio de los decepcionados ilustres es muy amplio pues carece de fronteras, sus lápidas forman avenidas de nombres conocidos por todos que nos hacen contemplarlas con simpatía y admiración, pero cada losa también tiene grabada una historia, una historia que debería otorgarnos esa experiencia “en cabeza ajena” de la que tan necesitados están los escritores bisoños quienes con llorar acusando al injusto mundo ya tienen bastante. Ellos no son las víctimas predilectas del destino, nadie lo ha sido en realidad, es lo que conlleva el amargo oficio de escritor y si se quiere serlo hay que aceptar este tributo... o dedicarse a otra cosa menos grata pero más práctica.

¿Que hoy no te hacen caso, que te devuelven los originales con cuatro frías palabras, y por esta causa te suicidas, o al menos lo intentas hundiéndote en un morboso éxtasis de autocompasión, que tienes que renunciar a tus sueños y convertirte en un oscuro oficinista, que te mueres sin pena ni gloria y al cabo de cincuenta, sesenta o cien años reconocen tu talento y te rinden multitudinarios homenajes de los que no te enteras?, bueno, ¿y qué?, eso es lo que hay porque ser escritor es una profesión de riesgo, si es que aún lo ignorabas, pero también tiene su contrapartida, estás entre los elegidos, y si no te lo crees, sigue leyendo.

Poe, siempre recurriremos a él, es uno de los más significativos, toda una corta existencia de lucha, la muerte y luego la fama y la gloria que en vida no tuvo.

Jules Verne, cuarentón ya, que envió, y se necesita moral, sus Cinco semanas en globo a 15 editores, novela que estuvo a punto de acabar en el fuego ya que, según dice la leyenda, salvó su esposa Honorine para bien pues el número 16 la publicó, convirtiéndose en el editor vitalicio del escritor francés, a quien un Verne agradecido le fue fiel siempre hasta el extremo de trabajar a destajo para él, el único que le había hecho caso. Razón por la cual Jules Verne ha sido criticado injustamente por sus biógrafos, que no han sabido comprender cómo el editor Hetzel le salvó del suicidio moral y le hizo recobrar la autoestima.

Otra muestra la tenemos en Henry James, autor de las memorables Washington Square, Los papeles de Aspern, Otra vuelta de tuerca y Las bostonianas, entre muchas más obras, novelista que vendió poco en su tiempo, que no fue apreciado por el público y que sólo 50 años después de su muerte empezó a ser reconocido.

Herman Melville, a quien, pasado el boom de un éxito juvenil inicial, años más tarde el fracaso de Moby Dick con sólo 17 ejemplares vendidos, le obligó a replantearse su carrera de escritor lo que le condujo a acabar como funcionario.

¿Y qué decir de Emily Dickinson que en vida sólo vio publicados siete poemas habiendo escrito más de dos mil, y que falleció sin llegar a saber la celebridad que adquiriría en el siglo XX?

Otro tanto podríamos decir de Emily Brontë, la autora de Cumbres borrascosas, historia ya muy conocida.

En cuanto a Charles Dickens, un triunfador sí, pero que tuvo que lidiar contra la copia fraudulenta de sus obras y al que debemos los derechos de autor.

¿Y Gustavo Adolfo Bécquer, en cuyo lecho de muerte, enfermo y en la miseria, auguró proféticamente que sus Leyendas y sus Rimas le sobrevivirían?

Zorrilla es otro ejemplo malvendiendo su Tenorio apremiado por la necesidad.

Marcel Proust pasándose toda la vida escribiendo en torno al tiempo perdido y retrobado, una obra que los editores rechazaban de continuo.

Edgar Rice Burroughs, autor de Tarzán y también de la saga marciana de John Carter, quien dejó esta significativa y patética frase a la posteridad: Escribo para escaparme... Para escaparme de la pobreza (se supone que la escribió en sus comienzos de novelista porque luego el éxito alcanzado fue considerable).

Vladimir Nabokov anatemizado por una Lolita que casi acabó también en la hoguera, y a la que, curiosa coincidencia, rescató la esposa del escritor.

Y, finalmente —para concluir con la lista y no porque ésta se haya terminado—, J.K.Rowling, madre divorciada y sin trabajo, escribiendo en bares porque no podía costearse la calefacción de su casa, cuyo afortunado Harry Potter recorrió muchas editoriales antes de ser aceptado en Bloomsbury... gracias a que una niñita, hija del editor, empezó a leer por su propia iniciativa el original y al concluir le exigió a su padre: ¡quiero más!

Bien, ¿qué os parece, muchachos, vosotros que os quejáis enviando vuestros mensajes en simbólicas botellas arrojadas al mar de la red, no es un motivo de orgullo... y de esperanza, contar con semejantes predecesores?