H. Rider HaggardH. Rider Haggard

Me reincorporo a Ciudad Letralia después de haber pasado unas cuantas semanas inhabilitada por una bursitis en la articulación del hombro derecho —mal de ordenador—, pero ya estoy aquí llena de ganas de trabajar y comienzo con uno de los autores que más me han acompañado en muchas etapas de mi vida, empezando por la infancia en que a los 9 años leí por primera vez Las minas del rey Salomón (nada que ver con la famosa película del mismo título, protagonizada por Steward Granger y Deborah Kerr) y luego muchas más novelas suyas, por supuesto.

Fue mi eterno proveedor de libros, mi tío Miguel, quien me adentró en su literatura. Él era fan convencido, y a los dos les debo horas muy felices.

H. Rider Haggard (22 de junio de 1856; 14 de mayo de 1925) escribió muchas novelas de aventuras en las cuales impera una fantasía extraordinaria unida a un exquisito buen hacer literario. A Rider Haggard le gustaba el tema de la reencarnación, que es mención recurrente en muchas de sus obras y a mi tío ese tema le fascinaba, pero nunca dejó que en mis infantiles manos cayeran obras con semejante argumento, hasta que un despiste suyo me llevó a hojear Ella, y me gustó tanto lo leído que le pedí que me dejara la novela, a lo que tío Miguel, muy doctoral él, me dijo que esperase a crecer un poco más. El resultado fue que no le hice caso y tiempo después, poco, descubriendo el escondrijo en donde había ocultado esos libros, los saqué subrepticiamente, me los llevé a casa y cuando los hube leído, los devolví, trasiego del que el buen señor ni se enteró hasta que se lo dije, y como el mal ya estaba hecho no le quedó más remedio que resignarse.

Mi itinerario por las novelas de Rider Haggard es como un viaje, empecé con Las minas del rey Salomón, que me hizo concebir una imagen de África de lo más fantasioso e irreal, y entonces quise ser de mayor exploradora y descubrir ciudades perdidas y montones de cosas más, pero fue al seguir leyéndole que penetré en el universo de las aventuras de sus personajes, en dónde el héroe siempre se salvaba por carambola y la imaginación era desbordante.

Es curioso cómo pueden influenciar las novelas de aventuras a una mente infantil; vives la novela hasta el punto que te sitúas en la narración totalmente. Así en un principio y sin connotaciones sectarias que me hicieran un lavado de cerebro, admití sin cuestionármelo el que existiera la reencarnación, era muy novelesco y me gustaba leer esas historias, porque Rider Haggard no se cortó a la hora de sacarle el jugo al tema, y de esta forma, Allan Quatermain vivió muchas aventuras en otras vidas merced a aspirar determinadas sustancias alucinógenas que hacían de vehículo, y que a mí me maravillaron.

Cuando contemplo sus viejas fotografías, me sucede lo que con todos los autores que admiro, observo sus cabezas con respeto impresionándome el hecho de que allí hayan existido mundos infinitos y entonces la palabra “creador” cobra para mí unas connotaciones fuera de mesura y pienso en sus obras y me fundo en ellas: El pueblo de la niebla, La hija de Amon, Cuando el mundo se estremeció, y tantas y tantas que suelo releer con el entusiasmo de la primera vez; para mí, mis escritores favoritos son amigos, amigos de toda la vida.

A Henry Rider Haggard le debo una incursión en el mundo de lo maravilloso que me ha ayudado a soñar, pero sin perder nunca el contacto con la realidad; de esta manera, con los pies sobre el suelo y la cabeza en las nubes, comencé mi aprendizaje como novelista, aunque no fuera él mi único profesor, pero sí uno de los más significativos en esa etapa infantil preadolescente en la que comienza a formarse el ser humano, una etapa muy importante y que te acompaña como una sombra toda la vida.