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Harry PotterHarry Potter, ¿ser o no ser?

Tenía programado escribir un artículo sobre aquello de “Nunca segundas partes fueron buenas”, relacionado precisamente con las secuelas literarias, y JK Rowling me lo ha puesto en bandeja con sus inesperadas declaraciones al canal de TV Channel 4, acerca de que “es posible”, que Harry pueda morir en el último libro que cierra la saga... y con él alguien más, un personaje principal desde luego y todo apunta a que pudieran ser o Hermione o...

La noticia, como era de suponer, ha sembrado la alarma y la congoja entre sus infantiles, y juveniles, fans... ¿Harry Potter muerto?, ¡no, no puede ser, es imposible!

Pero JK Rowling no se inmuta y amplía información al agregar que no desea que se escriban secuelas sobre su héroe como ya ha sucedido tantas veces con personajes de la ficción literaria, y declara que admira a aquellos escritores que han “matado” a sus protagonistas, como por ejemplo Agatha Christie cuando, con Telón, eliminó limpiamente a Hércules Poirot; no menciona, sin embargo, a Conan Doyle, tal vez porque éste se vio obligado a “resucitar” a Sherlock Holmes, muy en contra de su voluntad por cierto —pero aun y así hubo secuelas.

Al margen de un anuncio que pudiera ser simple maniobra publicitaria, si bien ella asegure que ya lo tenía pensado cuando estaba escribiendo el primer libro de la serie, hay que tener en cuenta algo que sí merece una profunda reflexión, no exenta de polémica imagino.

Como escritora que soy, para mí, la medida tomada por Rowling, si es sincera, es perfectamente lícita y merece ser objeto de respeto; cada autor/a es el padre/madre de sus criaturas y en este punto no hay discusiones. Si nadie, léase editores, se dedicase a querer seguir explotando el filón, no existirían las secuelas que yo, personalmente, considero un verdadero robo cuando las dicta el afán de lucro y no con fines caritativos precisamente, como sí ha sucedido con Peter Pan de rojo escarlata, “continuación” escrita por Geraldine Mc Coughream, del libro de Barrie; en este caso el motivo ha sido una causa de beneficencia, puesto que al cumplirse los cien años de haber sido publicado los derechos caducaban, y no teniendo herederos el escritor, éste los había cedido al Hospital Infantil Great Ormond Street de Londres.

No obstante, sigo rechazando la idea de una manipulación del personaje, porque creo que Peter Pan es “hijo” de James Barrie, y lo que venga luego, o ya viene, no tiene nada que ver; se me antoja una suplantación y no me convence, pero en este caso lo acepto dado que redundará, vuelvo a repetirlo, en una obra benéfica, y creo que a Barrie le hubiese parecido oportuno, a mí, por lo menos, sí, en este caso puntual.

Ahora bien, lo que no me gusta nada son las secuelas “comerciales”; se hizo con Lo que el viento se llevó y el resultado fue una chapuza que se vendió como rosquillas, cuando la idea de la autora siempre fuera que Scarlett y Rett jamás volvieran a unirse, y tal voluntad debió respetarse no enmendándole la plana a Margaret Mitchell.

Otra secuela: Heatcliff, esta de Cumbres borrascosas, tan absurda que después del boom de su lanzamiento, nunca más se supo.

Otra secuela: La señora de Winter, continuación de Rebeca de Daphne du Maurier.

Como admiradora de la novela, siempre me quedaré con el original, pero reconozco que la secuela ha sido muy bien hecha, y de una forma tan perfecta que parece haber salido de la misma mano de Du Maurier, aunque no lo sea indudablemente.

Deberían implantarse leyes al respecto: prohibir las secuelas por muy rentables que puedan ser, porque un escritor no es una máquina de fabricar tornillos, es un creador, un artista y su creatividad algo sagrado.

Yo no he leído Los años perdidos de Lo, secuela de Lolita, pero opino que no debería habérsele permitido, ¿inducido?, a su autora el escribirla, ¿acaso carecía de imaginación para inventar algo propio?

No, nunca me cansaré de repetir hasta aburrir mis lectores, que el acto creativo de un autor es sagrado y debe respetarse absolutamente; no basta con argüirse aquello de que algunas obras “al ser casi patrimonio de la humanidad”, lo que en muchos casos es exageración, pueden alargarse en extensiones escritas —las secuelas—, por otros autores bajo la tutela de las grandes editoriales; yo a esta maniobra la califico de crimen de lesa literatura, expolio o, vuelvo a decir, suplantación de personalidad, y no hay excusas que valgan ni componendas que lo arreglen.

Cuando un novelista crea personajes y situaciones, esto constituye un proceso completamente íntimo y personal, él sabe por qué lo escribe y cómo lo escribe; el tema es suyo y de nadie más y los cambios que haga pertenecen a una línea argumental que es de su completa autoría y voluntad, una gestación en la que nadie debe inmiscuirse a no ser que él mismo lo permita, cosa que pocas veces sucede.

Si JK Rowling tiene en mente concluir la saga Potter, se halla en su perfecto derecho y no valen súplicas ni quejas. Lo normal sería darla por terminada con un Harry Potter ya no adolescente y triunfador sobre el malvado, pero como esto implicaría que el público pidiera más de lo mismo con otro hechicero siniestro y el texto se sustenta en un niño mago, o este niño se queda como tal para siempre, lo cual obviamente no puede ser, o al trasformarse en adulto... ¿Qué?... Pues que habría acabado la saga infantil-juvenil propiamente dicha; Harry Potter habría crecido y ya nada podría continuar siendo igual, ¿es tan difícil de asimilar?

Lo que sucede es que hoy en día existe poca creatividad y por eso se recurre a las secuelas, cuando no “nacen” muchos libros inspirados, por decirlo de una manera elegante, en obras pioneras que causaron impacto en su primer original.

Por citar un ejemplo, la saga del anillo de Tolkien ha creado escuela, y el mismo Potter no se ha librado de ello; basta con que alguien tenga una idea diferente y no le faltarán imitadores. Pero aquí entran las editoriales también, las exigencias comerciales; es fácil decir que se imite pero muy difícil que ese mismo editor, que piensa haber descubierto la gallina de los huevos de oro en el éxito de otros, acepte publicar por las buenas una obra rompedora de autor las más veces desconocido. No obstante existen editoriales que se arriesgan, se ignora en virtud de qué raro milagro, y ya se sabe que quien da primero da dos veces.

Sin embargo, una cosa son secuelas, otra copias inspiradas en tal o cual best-seller, otra herencias literarias, y otra lo que acaba de hacer Mattew Pearl en su segunda novela La sombra de Poe, caso aparte, y digno de mención que se inspira en Edgar Allan Poe y el presunto misterio de su muerte, al montarse la historia con la ayuda y participación del detective C. Auguste Dupin; en esta obra se mezclan a partes iguales realidad y fantasía: la vida de Poe y su personaje, que lleva a cabo las investigaciones, lo cual no deja de ser original y viene a demostrarnos que sin recurrir a secuelas puede escribirse una obra imaginativa inspirada en casos reales que aderezan héroes ficticios emparentados, por otra parte, con el protagonista real de la obra; juego en verdad ingenioso aunque no sea Pearl el primero que lo haya descubierto.