Comparte este contenido con tus amigos

Charles PerraultEl caso de Perrault y Madame D’Aulnoy

Me admira que, pese al tiempo transcurrido, Los cuentos de mi madre la Oca, es decir,Los cuentos de Perrault, sigan imbatidos en el ranking de los más solicitados por los lectores... de cualquier edad, y es como para quitarse el sombrero delante de él ya que otros escritores de su tiempo, año más arriba año más abajo, no tuvieron tanta suerte si recordamos que Charles Perrault no fue su autor sino que se trata de una recopilación hecha por mandato regio.

Perrault escribió muchas cosas, un total de 46 obras, ocho de ellas publicadas póstumamente, entre las que se halla Memorias de mi vida. Menos los cuentos infantiles, toda su obra la componen loas al rey de Francia en su mayoría, ya que Perrault jamás luchó contra el sistema, lo cual le facilitó la supervivencia en una Francia muy convulsionada políticamente y en la que los favoritos caían como las cerezas maduras.

Ahora bien, de esas 46 obras, resulta singular que sean Los Cuentos de Perrault o Cuentos de mi madre la Oca —publicados en 1697—, los que hayan vencido al tiempo llegando hasta nosotros con la misma frescura y espontaneidad en que un lejano día fueran escritos, una vez recopilados de la tradición oral o de leyendas de exótico origen. Cuentos morales, indudablemente, pero llenos de un encanto que perdura y que hace que nos preguntemos, recorriendo la vida gris del escritor —una burocrática y aburrida existencia de funcionario privilegiado—, ¿cómo es posible que esas pequeñas y deliciosas historias, narradas con un lenguaje sencillo, pudieran germinar en tan árido entorno haciéndonos olvidar sus odas y sus poemas —oportunistas mal que nos pese—, para continuar siendo, a través de los años, las lecturas favoritas de nuestra infancia, aunque sería mejor decir, de nuestras infancias a través de los siglos?

Y no hablo por hablar, ya que habiendo traducido todos los cuentos de hadas de Perrault —aunque se les englobe como tales, Caperucita, Pulgarcito y Barba Azul no son cuentos de hadas, simplemente porque éstas no salen—, y habiéndolos publicado online, me encontré que, sin importar el paso de los siglos, estaban tan frescos y vigentes como si los hubieran escrito ayer, y el secreto de su éxito se halla en algo tan sencillo como el lenguaje, un lenguaje que prescinde de pomposidades y amaneramientos, por eso continúa atrayendo a los lectores. Ya sé que puede parecer un comentario obvio, pero no lo es por una sola razón: en la época en la que fueron transcritos no se estilaba esa forma de expresión tan clara y sencilla..., y sin embargo gustaron también, porque era el idioma normal del pueblo llano y no precisamente el académico, que, por otra parte, de eso sabía mucho Monsieur Perrault cuando defendía a los “modernos” en oposición a los “antiguos”, si recordamos su polémica de carácter literario-erudito, o sea la célebre controversia que duró nueve años, empezando en 1688, y que le distancia de Boileau, a propósito de una divergencia de opiniones que se traducen en su obra crítica: Paralelo de los Ancianos y de los Modernos en el que se contemplan las Artes y las Ciencias, y en la cual defendió un lenguaje llano y claro en oposición al “clásico” de otras épocas, siendo precursor indudable de un tipo de razonamiento que abogaba por dirigirse al público en términos sencillos y asequibles para todas las mentes, fórmula cuyo éxito ha resultado indudable, y que más de uno actualmente debería tomar en cuenta.

De ese éxito que menciono sólo tenemos que hacer una comparación con su contemporánea Madame D’Aulnoy, autora de muchísimos más cuentos que él, y la mayoría de su propia cosecha cuando no versiones inspiradas en viejos relatos; es decir, que la dama en cuestión nunca se dedicó a recopilar como Perrault, pero sus cuentos carecen de la vigencia internacional de los de éste.

Yo también he traducido algunos cuentos de Madame D’Aulnoy, todos no porque tiene muchísimos y además muy largos, y como traductora he notado la diferencia; en contra de una alada Cenicienta, por ejemplo, me he encontrado con una inacabable, lenta y barroca Afortunada, o La princesa Rosette o El pájaro azul; por ello no causa extrañeza que sean mucho más populares los cuentos de Perrault por sobre los de Madame D’Aulnoy y de otras autoras de su época.

Además existe una cuestión digna de tenerse presente: los cuentos de Perrault construyen arquetipos disfrazados de fábulas morales; la lección es hay que ser buena, el mensaje siempre va dirigido a las mujeres, y entonces serás recompensada, admonición que se extendía a los varones aunque de otra forma; no debemos olvidar que Perrault, funcionario a sueldo, recopiló su obra por orden del rey de Francia, Luis XIV, que amaba la cultura, pero que también deseaba gobernar a sus súbditos empleando la vieja fórmula romana del panem et circensem, pues corrían tiempos de guerras continuadas lo que originaba crisis económica y excesivos impuestos, así se recopilaron por mandato suyo, en los peores años, 1693, 1694, 1709, leyendas, consejas y cuentos, fueran europeos o de países exóticos, “actualizándose” a la moda de la época.

En Madame D’Aulnoy no se dieron esas circunstancias precisamente; al margen de la vertiente literaria, su vida es en verdad apasionante y no me cabe duda de que siglos después sirvió de modelo para el personaje de Milady en Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, naturalmente, teniendo mejor fin que aquella heroína de ficción.

Madame D’AulnoyLa joven Marie-Catherine le Jumel de Berneville, hija de noble familia, casó a la edad de 15 años con el Barón D’Aulnoy, François de la Mothe, mucho mayor que ella, y luego intrigó para que le acusaran de un delito de lesa majestad, penado con la muerte, objetivo que afortunadamente no se cumplió.

El conde, en venganza, una vez quedó exonerado de la acusación, disipó su fortuna y la de ella, muriendo poco después de haber arruinado a su esposa e hijas, cosa que no inquietó grandemente a la viuda pues marchó a España con su prole, cuatro niñas, dos de las cuales nunca fueran reconocidas por el esposo.

(Esta marcha tuvo el pretexto de ir a reunirse con su madre, ya que la verdad, siempre descarnada, es que huía de la justicia del rey, porque no se puede acusar a un marido de traidor impunemente cuando no sólo no lo es, sino que, además, su inocencia queda demostrada y la intriga puesta en evidencia).

Mujer de gran belleza, aun a sus 30 años —no olvidemos que en aquella época se envejecía pronto—, llegando a Madrid se instaló en la corte, en donde fue, por cierto, muy bien recibida.

A partir de esta fecha sus biógrafos no parecen ponerse de acuerdo, pues mientras unos afirman que también viajó por Flandes e Inglaterra, otros aseguran que se movió muy poco de Madrid; en lo que sí da la sensación de que no existen dudas es que trabajó de agente secreto, lo que la acaba de hermanar con la Milady de Alejandro Dumas.

Esta mujer carente de prejuicios, y de temperamento aventurero como un hombre, pero irresistiblemente femenina, tuvo, sin embargo, que esperar a que Luis XIV le concediera su real perdón en 1685 —perdón que, por otra parte, ella se ganó a pulso trabajando como espía al servicio de Francia— para volver a París, en donde llevó una vida discreta dedicada a la literatura en la cual cosechó grandes éxitos siendo esta carrera la que ha hecho llegar su nombre hasta nuestros días.

Entre 1697 y 1699 publicó ocho volúmenes de cuentos, habiendo empezado con la inserción del primero de ellos, titulado La isla de la felicidad, en La historia de Hipólito conde de Douglas, una novela.

Entre sus numerosos cuentos podemos citar algunos como El pájaro azul, La Bella de los cabellos de oro, El enano amarillo, La rana benefactora, La buena ratita, La rama de oro y La princesa Rosette.

También escribió libros de viajes y sus memorias, tuvo un salón literario, muy en boga en ese tiempo, y aunque vivía retirada hizo una vida social intensa. Como era dama de gran cultura fue miembro de la Academia dei Ricoverati de Padua, séptima mujer famosa entre sus miembros, conocida bajo el sobrenombre de La elocuente y Clío, como la musa de la historia.

Murió a los 54 años el 14 de enero de 1705 y fue enterrada en Saint Sulpice, a cuya parroquia pertenecía.

Tal fue, pues, la vida de Marie-Catherine, cuyas hijas heredaron su predisposición literaria, continuando así la tradición familiar.

Ahora, dejando aparte consideraciones biográficas, lo que nos interesa en el presente artículo es destacar la diferencia fundamental entre Charles Perrault y Madame D’Aulnoy: el funcionario-escritor recopila y simplifica, su lectura es amena y fluida, no te cansa, y, hasta cierto punto, hadas al margen con todos mis respetos, incluso es preventiva, recordemos si no su epílogo en verso al final de Caperucita Roja, en el que advierte contra los galanes aprovechados y la clásica credulidad femenina. En Madame D’Aulnoy cambiamos de tercio; la dama va por otros derroteros aunque sus cuentecitos estén impregnados de una moralina que salta a la vista... pero siempre dentro de un orden aristocrático, todos son príncipes, princesas y reyes, o plebeyas que acceden a la realeza después de pasar por sus respectivos vía crucis, también salen hadas aunque parezcan emperatrices, el lujo abunda por doquier, la magia más cómica está servida, y todas, todas sus heroínas siempre acaban en prisión, muy bien descrita por cierto, lo que indica que se trata de experiencias vividas en primera persona. Otro aspecto a destacar es la avidez con la cual describe atavíos y joyas, avidez codiciosa que hace pensar en sus propios gustos y anhelos.

Personalmente opino que Madame D’Aulnoy fue una mujer a quien le gustaba escribir como hobby de elegante evasión que podía reportarle elogios y reconocimiento literario en una sociedad que autorizaba estos divertimentos en las grandes damas, pero sus argumentos están embrollados y saltan de una ingenuidad infantil a la siniestra visión del mundo que le tocó vivir, hallándonos de nuevo ante una doble lectura hábilmente escondida entre líneas.

¡Lástima que nunca escribiera su auténtica biografía!