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Hans Christian Andersen, por Andy Warhol (1987)Andersen y su cuento El Jardín del Paraíso

Conservo un recuerdo de mi infancia, siendo yo muy pequeña, en el que mi madre me leía El patito feo y las dos llorábamos a lágrima viva ante todas las desdichas que le sucedían al pobre patito, sólo el final nos consolaba y yo, particularmente, no me cansaba de mirar el último dibujo, las ilustraciones eran preciosas, en el que el Patito feo se contemplaba en el agua convertido en el cisne más hermoso del lago. Mi madre me decía entonces, ¿ves?, ahora ya será feliz para siempre, y yo me sentía muy contenta, pero ese cuento fue el primero que hizo que empezase a tomarle manía al señor Andersen. Esto pasó cuando tenía cuatro años, luego fui creciendo y aún tuve que oír las desventuras de Pulgarcita con quien se pretendía casar un topo feísimo y llevársela a vivir a las profundidades de la tierra sin ver el sol nunca más, después vino el tristísimo cuento El abeto, aquel que orgulloso y complacido acepta el que lo talen para servir de ornato en Navidad acabando, pasadas las fiestas, en la leñera, éste lo leí yo por mí misma ya que me habían regalado un libro lleno de cuentos del escritor danés puesto que se mantenía la errónea creencia de que Hans Christian Andersen era, y es, un autor para la infancia.

El caso es que yo quedé en cierto modo traumatizada por aquellas “inofensivas” lecturas hasta el punto que tuvieron que transcurrir muchas décadas antes de que me decidiera volver a leer a Andersen; Los zapatitos rojos, La Sirenita, La pequeña cerillera, son historias que todavía me ponen un nudo en la garganta ¿y qué decir de El soldadito de plomo? No es que sea masoquista, fue más bien un ejercicio casi terapéutico, deseaba vencer mi angustia leyéndolos... y debo confesar que fracasé lamentablemente; me siguen encogiendo el ánimo. Todos sus cuentos son tan lúgubres y deprimentes que sólo un poderoso esfuerzo de voluntad puede empujarme a ellos, de la misma manera que los cuentos de Edgar Allan Poe me provocan pesadillas, aunque reconozca su valía literaria —pero son relatos para adultos y quien avisa no es traidor.

Mi poderoso esfuerzo de voluntad ha sido el tener que traducir algunos, y buscando algo que no hubiera leído nunca me encontré con El Jardín del Paraíso, un “cuento”, entrecomillado, que no es ni siquiera apto para menores dada su temática, retrato enmascarado de lo que una educación represiva puede influir en el ser humano al considerar pecaminoso, convirtiéndolo en motivo de culpa, lo que no sólo es normal sino ley de la naturaleza.

En El Jardín del Paraíso nos encontramos con un jardín que es el bíblico pero después de la expulsión de Adán y Eva, lo cual implica algunas transformaciones, la principal es que lo habiten las hadas, aunque el Árbol de la Sabiduría persista; entre las hadas, una de ellas, la más hermosa de todas y su reina, enamora al clásico príncipe despistado que llega hasta ese lugar maravilloso después de haberse perdido de noche por el bosque, algo muy lógico en cualquier cuento que se estime. Ahora bien, el camino del príncipe hasta llegar al Jardín del Paraíso, más tiene de cuento gótico que otra cosa, es verdaderamente áspero con fragmentos que recuerdan el mundo de los niños huérfanos de Dickens por la de individuos de mala catadura que surgen, la Madre de los Vientos, personaje que evoca la cabecilla de una banda de forajidos, sus “encantadores” retoños Viento del Norte, Viento del Oeste, Viento de Sur y Viento del Este, quienes, cada uno de ellos al irse reuniendo con su madre junto a una hoguera en la que se asa un venado, va contando la historia de lo que ha visto por el mundo. Cuatro relatos en clara oposición uno con otro que van desde las descripciones rudas y violentas hasta lo inverso, poesía y salvajismo unidos, y es el último Viento en llegar a la reunión quien le habla al príncipe del Jardín del Paraíso, despertando su interés, lo que hace que a la mañana siguiente, y a petición del joven, lo conduzca allá viajando por los aires, muy propio en un Viento, y entonces el príncipe irá conociendo tierras y más tierras que nunca soñó que existieran. Esta descripción es curiosa porque en ella se advierte una mezcolanza casi más de conceptos, no del Viento sino de Andersen, que no propiamente de lugares, lo hermoso que choca con una representación siniestra en el último tramo del viaje, y que hace exclamar al príncipe:

“—Vamos por el camino de la muerte hacia el Jardín del Paraíso, ¿no?”.

La culminación del viaje es el susodicho jardín, donde el príncipe encuentra al hada y se enamora de ella, siendo precisamente este amor el que torna el cuento en algo todavía más incoherente, me refiero a los contrastes mencionados que se repiten, como si lo que pretendiera mostrarnos es, en opinión de la mayoría a la que el escritor se subordina obligado, malo y por ello condenable y digno de repulsa, o sea el normal y sano impulso amoroso.

Cuando el joven le dice que quiere quedarse en el jardín junto a ella, el hada le previene con las siguientes palabras:

“—Consulta a tu corazón y si no eres lo bastante fuerte, regresa con el Viento Este; ahora desandará el camino hecho no volviendo hasta pasados cien años. El mismo tiempo aquí puede serte igual a cien horas, mas incluso y así, largo tiempo es para no caer en la tentación del pecado. Cada tarde, cuando yo te deje y te llame con estas palabras: ‘¡Ven conmigo!’, te haré una seña con la mano, pero tú permanece en donde te halles, no me sigas, ya que cada paso que avances aumentará tu deseo. En el salón donde se está el Árbol de la Sabiduría, me encontrarás descansando bajo sus ramas perfumadas, puedes inclinarte sobre mí y yo te sonreiré, pero si me besas en la boca, el Paraíso se hundirá en el interior de la tierra y me alejaré de tu lado. El ardiente Viento del desierto silbará a tu alrededor, la fría luna caerá sobre tu cabeza, y, tristemente, ese será tu destino”.

No podemos negar que el hada sea sincera pero el príncipe la ama y aunque se promete formalmente que no caerá en la tentación no puede resistirse y ya en la primera noche la besa, entonces...

“Entonces resonó el ruido de un trueno tan profundo y espantoso como nunca se había escuchado otro parecido y todo se hundió y la hermosa hada y el Paraíso encantador se abismaron profundamente. El príncipe los vio desvanecerse en la negra noche perdiéndose a lo lejos igual que una pequeña estrella luminosa, el frío de la muerte le agarrotó los miembros y cerrando los ojos se desplomó sin sentido.

”La lluvia helada caía sobre su cabeza y el cortante viento giraba en torno suyo, cuando recuperó el conocimiento.

”—¿Qué ha pasado? —murmuró—. ¡He pecado igual que Adán, he pecado tanto que el Paraíso se ha precipitado en el abismo!

”Abrió los ojos y la estrella brillaba en la distancia titilando como el Paraíso hundido, era la estrella de la mañana en el firmamento.

”Se levantó, hallándose en el gran bosque cerca de la Caverna de los Vientos, y la Madre de los Vientos se encontraba sentada en su lugar acostumbrado. Parecía enfadada y levantó un brazo.

”—¡En la primera noche! —exclamó—. ¡Ya me lo pensaba! ¡Si fueses mi hijo te metería en el saco!

”—Él ha regresado de nuevo —dijo la Muerte. Era un anciano robusto con una guadaña en su mano y con grandes alas negras—. Llegará el día en que yacerá en su ataúd, pero ahora no es el momento. Lo tendré presente dejándole que durante un tiempo vaya por el mundo para expiar su pecado y hacerse mejor. Pero un día vendré, lo meteré en el negro ataúd que colocaré sobre mi cabeza y volaré hacia la estrella. Allí florece el Jardín del Paraíso y si él es bueno y honrado, podrá ir allá, pero si es malo y su corazón está lleno de pecado, lo arrojaré con su ataúd en lo más profundo, en el lugar donde se hundió el Edén y solamente cada mil años le buscaré otra vez, bien para que se abisme más, bien para que vuele hacia la estrella, la radiante estrella de ahí arriba”.

¡Alegre broche final de un cuentecito en el que todos deciden sin tener en cuenta los sentimientos del protagonista!

Leí El Jardín del Paraíso hace pocos años y ese desproporcionado castigo, que le ofrece al príncipe una dudosa redención, me duele cada vez que tengo que leerlo como ahora y pienso en el Patito feo y en el cisne en el que se convirtió, un desenlace feliz que el señor Andersen decidió no conceder a la enamorada víctima de este extraño relato.