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Imagen: Corbis.comEn cuestión de gustos...

En cuestión de gustos no hay nada escrito, o no lo había hasta que surgieron los foros literarios en Internet.

He tenido ocasión de pasearme por ellos más de una vez y he descubierto algo muy interesante y que da mucho a la reflexión, por lo pronto desmonta el pensamiento único, la opinión incuestionable y certera que siempre se nos ha imbuido respecto al dictamen de quienes pueden decidir el futuro de un original, o de un libro publicado, y es lo siguiente: que hay tantas opiniones como jueces, léase críticos o simples comentaristas (foreros), lo que viene a indicar que no existe libro malo ni bueno, que todo se reduce simplemente a que guste a alguien, entendiéndose por alguien a un sector de la población lo suficientemente decisorio como para que ese libro sea un éxito, o, en caso contrario, se hunda sin remisión.

Y ha constituido toda una sorpresa descubrir que novelas que a mí no me gustan en absoluto han subido a lo más alto del ranking y viceversa (estoy hablando ahora de los foros).

No quiero dármelas de infalible, pero al ser novelista, siempre que leo narrativa la miro no por fuera, sino por dentro. Me explico, estudio la estructura de una manera instintiva y veo sus fallos de construcción, si es que los hay, claro; para mí un argumento es como el diseño de un plano arquitectónico y ha de ser perfectamente equilibrado y no pesar más de un lado que de otro a menos que se haga intencionada y matemáticamente... Pero, alto, no debe ser tampoco como un jardín versallesco, recortado y geométrico, bello aunque frío, porque eso cansa y a la larga, en la lectura, acaba siendo mecánico, novelas sin alma, robotizadas; todos los extremos son malos.

Sin embargo un plano argumental bien diseñado, con sus planteamiento, nudo y desenlace perfectamente relacionados en su desarrollo, con un crescendo inteligente y un final que encaje y no sea de emergencia, constituye el armazón de cualquier novela bien escrita, con independencia al tema cualesquiera que éste sea.

Tanto da en ese caso que se trate de una novela policíaca, histórica, romántica, social, psicológica o pretendidamente filosófica, el resultado siempre será excelente, dejando al margen las preferencias del lector, por más que éstas existan y determinen el éxito o el fracaso de un libro, al menos así lo veo yo... como autora en primer lugar, como lectora hay novelas que no me dicen nada en absoluto, aparte de lo estructuralmente bien escritas que estén, y otras que sí, pero lo que me sorprende es que normalmente no coincida a menudo con los gustos generales. O sea, que si yo tuviera que decidir, o haber decidido, sobre muchos libros de gran aceptación popular..., pues, seguramente nunca se hubiesen publicado, y ahora volvemos al principio del artículo: cada novela tiene sus lectores y no hay que ensalzar unas en detrimento de otras porque no es justo, ya que las preferencias pueden ser infinitas y todo el mundo tiene derecho a opinar, a tener sus preferencias y a pagar, en moneda, por ellas; el campo es amplio, abierto y en él podemos caber todos... por más que nuestros gustos difieran totalmente los unos de los otros. Esa es la gran lección aprendida en los foros literarios.

Ahora bien, ello no me impide decir lo que pienso sobre un asunto que todo el mundo personaliza sea crítico profesional o simple lector, y voy a citar tres novelas cuya estructura a mi entender es perfecta, son prácticamente clásicos modernos y por eso mencionarlas no abona terreno a la polémica:

  • La muerte en Venecia.
  • El perfume.
  • Profundidades.

La muerte en Venecia, de Thomas Mann, es una joya de la literatura por lo bien escrita que está, no le sobra ni le falta nada, y siendo de introspección psicológica ni es pedante ni aburre, además está tan bien llevada que al llegar al desenlace no puedes hacer sino descubrirte ante un maestro.

El perfume, de Patrick Süskind, en primer lugar es de una gran originalidad, y su forma de desarrollar el tema, genial. Un argumento tan escabroso y tan vulgar como es el de los asesinos en serie, sean del siglo que sean, ha sido resuelto de una manera soberbia aportando aspectos nuevos donde ya parecía no haberlos. Por ejemplo, la estancia del protagonista en la cueva durante años es un verdadero hallazgo literario y el desenlace de la novela algo modélico por lo bien llevado. No es que a mí me atraigan este tipo de novelas de psicokillers, desde luego que no, y no pensaba leerla porque suelen ser muy desagradables (el destripamiento por el destripamiento) hasta que casualmente leí un fragmento en una revista literaria, eran apenas diez renglones y me fascinaron, entonces decidí arriesgarme y comprarla; no me arrepentí. Yo la recomendaría a cualquier aprendiz de escritor para que, prescindiendo de la morbosidad del argumento, estudie bien su arquitectura interna y el desarrollo argumental.

Profundidades, de Henning Mankell, es otra novela perfecta en cuanto a estructura, tampoco le falta ni le sobra nada. Con una trama dificilísima en la que la acción trepidante brilla por su ausencia, Mankell, muy lejos de su comisario Wallander, da otra lección magistral de buen hacer novelístico. La obra es sumamente deprimente y no la recomiendo a las personas de temperamento melancólico, pero es otra pieza maestra de la que puede aprenderse mucho si uno se fija atentamente en su engranaje y en la manera tan limpia y sencilla como el autor soluciona los pasajes más complicados.

Ya sé que acabo de citar tres novelas famosas y aclamadas por el público en general, pero me mojaré para citar sólo algunas, que no me gustan, con las que no contacto, es decir, que no me arrastran como a cientos de miles, o millones, de lectores:

  • El señor de los anillos —trilogía.
  • Menos Leviatán, los demás libros de Paul Auster.
  • La obra de Jane Austen, tan publicitada actualmente.

Soy consciente que afirmar que no me convence El señor de los anillos es poco menos que excomulgarme a mi misma, o que muchos piensen que qué más quisiera yo que parecerme a su autor en cuestión de éxito, pero lo siento, esta es mi opinión: lo encuentro pesado, reiterativo y aburrido, no obstante, reconozco sin discusión en Tolkien una fabulosa capacidad para inventarse nombres fantásticos y llenos de sugerente belleza (Baya de oro, Galadriel, Gandalf, Aragorn, por ejemplo). Mi opinión es que esta trilogía se sustenta en despertar en el incondicional lector nebulosas reminiscencias infantiles que le hacen feliz, de ahí sus numerosos clubs de fans que llegan incluso a disfrazarse de habitantes de la Tierra Media; he visto fotos.

En cuanto a las últimas novelas leídas por mí de Paul Auster —leí en tiempos Leviatán que fue la única que me gustó—, las encuentro tan surrealistas que, personalmente, no me convencen nada y me pregunto si sus entusiastas lectores no sufren el síndrome de “El traje nuevo del emperador”, algo que entre el público suele darse mucho.

Y por lo que respecta a Jane Austen, no puedo acabar ninguna de sus novelas porque me duermo. Lo siento, pero es mi opinión, tan respetable como la de cualquier otro lector.