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Imágenes de impactoImágenes de impacto

Estamos acostumbrados a que la televisión nos ofrezca sin tregua imágenes impactantes, siempre espectaculares, tantas, que ya casi, y sin el casi, no llegan a impresionar por lo muy vistas, sobre todo en las películas, cinematográficas o televisivas, ahora por norma esto último siempre porque todo acaba engullido por la tele, sin olvidar los telediarios que son nuestra crónica de sucesos diaria. Tantos desafueros vemos que al final acaban resbalándonos por la piel como si pertenecieran a otra galaxia o bien formasen parte de cualquier show televisivo, puros efectos especiales y nada más.

Todo esto viene a colación de algo que quiero comentarles sobre unas determinadas imágenes que pude contemplar a través de la pequeña pantalla en épocas muy diferentes y que sin ser espectaculares, más bien eran silenciosas y en apariencia incluso suaves y sobre todo educativas —aumentaban nuestros conocimientos—, no he podido olvidar porque me marcaron profundamente.

Ya no recuerdo el orden en el que las vi pero ahí permanecen fijadas en mi memoria con sus diferentes mensajes de horror, de amor, de ternura y de bondad. Empezaré por una de ellas:

Creo recordar que la acción transcurría en Australia en uno de esos inmensos llanos rojizos que ocupaban raquíticos arbustos y bosquecillos entecos. Esos espacios que en Australia se pueden llenar de conejos reproduciéndose sin pausa porque carecen de depredador natural, de conejos, de camellos y de caballos, rebaños enteros sueltos, que vagan sin amo a la buena de Dios. Los protagonistas de la escena eran una yegua embarazada, casi a punto de dar a luz, y un caballo que, echado en el suelo en plan esfinge, no tirado, pues de hecho tenía la cabeza alzada en ángulo recto con el cuerpo, agonizaba lentamente debido a una herida que se le había infectado; eso lo explicaba la voz en off. Alejado por propia voluntad del rebaño sólo contaba con la presencia a su lado de la yegua observándole tristemente mientras pacía, ¡y qué expresivos suelen ser los animales en su lenguaje corporal!

La imagen fue esa y el final de la historia el que cabe suponer aunque no lo viéramos. Lo impactante del caso es que la yegua estuvo a su lado hasta el final, seguía diciendo la voz en off, y lo maravilloso del hecho es que no lo abandonase a su solitario fin con la indiferencia propia de muchos animales que se desentienden de sus congéneres moribundos con esa frialdad tan típica de la naturaleza que sólo aplaude la supervivencia del más apto.

Me he preguntado muchas veces si se trataba de una historia de amor equina ya que lo parecía. Es de esperar que poco tiempo después la yegua pariese a su potrillo cuando el padre ya no era de este mundo, pero mientras durase, aquello era una familia, y ella y él lo sabían.

La segunda imagen no es tan romántica, es de una espantosa crueldad, pero sin sadismo de ninguna clase, al contrario pues revela a una madre cariñosa y solícita con su prole, a una buena madre cuidadosa en la educación de sus cachorros.

Se trataba de una hembra de leopardo que había cazado a una cría de gacela y, sin hacerle ningún daño, la conducía dulcemente hacia donde la esperaban sus hijos para que aprendieran con ella el arte de la caza. La pequeña gacela no estaba herida y se dejaba guiar por la madre leopardo no demasiado asustada pero sí algo sorprendida. Ignoro de dónde la sacó, y en que circunstancia, pero el caso es que allí estaba paciente la hembra del leopardo, empujándola poco a poco en dirección a su guarida.

La tercera imagen pertenece a un ave carroñera y de grandes dimensiones que en tierras africanas, descendía por un terraplén hasta meterse en un hoyo de fácil salida, si el ave en cuestión hubiese levantado la cabeza en lugar de bajarla para picotear despojos; aquel era un hoyo mortífero ya que estaba lleno de gas venenoso natural que exhalaban unas grietas en el suelo, y que concluyó matándola a ella también, cuando simplemente hubiera sido muy fácil levantar la cabeza y seguir caminando. Observar su estupidez y su angustia, su lucha por escapar de forma equivocada, fue algo cuyo recuerdo aún me estremece. Ya sé que hubiera sido muy fácil cambiar de canal pero hasta el último momento creí que podría salvarse.

La última historia es muy bonita y muy tierna. Se desarrolla en una de las pequeñas islas del Japón y tiene por protagonistas a un abuelo, su nieto y a un monito que encontraron abandonado, rechazado por su tribu seguramente, porque carecía de piernas y sólo podía moverse a ras de suelo empleando las manos, lo que le colocaba en inferioridad de condiciones respecto a la lucha por la vida. Ni que decir tiene, pues de lo contrario la historia no sería hermosa, que lo recogieron y le trataron con mucho cariño —incluso el abuelo le hizo una prótesis con dos ruedas para que pudiera desplazarse sin fatigas—, cariño que el animalillo supo devolver con creces ya que era de carácter alegre y agradecido, convirtiéndose, el tiempo que vivió, en uno más de la familia, tanto fue así que, al morir se le lloró con gran sentimiento y fue enterrado con todos los honores en el lugar más lindo del jardín.

La felicidad del monito consistió en que nunca llegó a saber cómo era en realidad.