Comparte este contenido con tus amigos

Fotografía: Phil Sills PhotographyLa crisis y el mundillo editorial

En mi país, España, las gentes no se distinguen por ser ávidos lectores, ya que, al revés de Groucho Marx, prefieren ver la televisión a leer un libro.

Desde que navego por Internet he llegado a descubrir que existen países lectores y países que no lo son, el mío es uno de ellos.

Latinoamérica, en cambio, desborda de afición por la literatura —hay numerosas revistas digitales que tratan el tema, Letralia es una de ellas—, como se comprueba en su interés sincero por la narrativa, ficción, no ficción, y muchos foros, en los que se dialoga con inteligencia sobre autores y novelas.

(Con ello no quiero decir que en España no existan revistas digitales y blogs que hablen de literatura, pero son el 1º% en comparación).

Todo esto viene a señalar un hecho asombroso: desde que hay crisis las ventas de libros han subido en España, bien que el público se decante mayoritariamente por las obras de bolsillo con gran satisfacción de las editoriales que si llegaron a temer un bajón en sus ventas se han visto gratamente sorprendidas con esta salida de emergencia.

La explicación es sencilla; una novela siempre es más barata que una entrada de cine, o un DVD, música o película, y además su lectura dura varios días, lo que significa que, como en todas las cosas, aquello que tiene un lado malo también tiene su lado bueno.

Aunque esto no implica que la “sufrida” industria editorial, me refiero a la importante, no tenga que apretarse el cinturón y hacer sus recortes: menos anticipos millonarios a los autores consagrados, menos presentaciones suntuosas a escritores de sobras ya famosos y casi siempre extranjeros, menos despilfarro en publicidad exhaustiva, y, sobre todo, de ahí el auge de las ediciones de bolsillo, menos ediciones de lujo con tapa dura, menos páginas en las novelas, se acabaron los mamotretos con más de mil, tan incómodos de manejar, y, tal vez, menos otorgar premios a dedo a escritores amiguetes ya que no puede garantizarse la inversión, siempre dudosa, pero que en tiempos de bonanza no importaba arriesgar.

Todo eso durará mientras haya crisis; después volveremos a las andadas si bien quizá se haya conseguido algo, impulsar la industria del e-book, por ejemplo, tan apreciada en los países de habla anglosajona como desfavorecida en otros, aunque parece que aquí tímidamente empiece a disiparse la prevención contra el libro electrónico. Esto por no olvidar también otro factor importante: que las pequeñas editoriales pueden verse beneficiadas al no competir con grandes tirajes que impliquen enormes dispendios.

Pero eso ya es otra historia, como decía Kipling.