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El conde de Montecristo

El conde de Montecristo. Ilustración: Stefano Bianchetti

Muchos escritores se preguntan cuál es el secreto de una novela de éxito, es decir, qué es lo que hace que una novela, un relato, pueda vencer al tiempo y siempre estar en primer plano del interés del lector. Me estoy refiriendo concretamente a autores bicentenarios o más, no a los de ahora a quienes un buen marketing convierte en superventas que muchas veces sólo son flor de un día y que dudo lleguen a centenarios en un éxito continuado.

Indiscutiblemente hay muchos ejemplos a comentar, desde La Cenicienta, joven bella y desdichada que al final alcanza la felicidad, hasta El conde de Montecristo. ¿Cuál es el secreto de ambos? Muy sencillo: el público se identifica con los dos por entero.

El cuento de la Cenicienta, humillada de continuo por una madrastra y unas hermanastras malvadas y envidiosas, es el triunfo de la víctima contra sus agresores, y el lector de todos los tiempos ha sabido apreciar esa revancha, muy justa por cierto aunque sea en la ficción, porque tod@s, alguna vez en nuestras vidas, hemos sido ese personaje, y su triunfo siempre será el nuestro; bien está si bien acaba, ¿no es cierto?

El conde de Montecristo es otro aspecto de la misma cuestión. Nuevamente nos encontramos con una víctima humillada y de una manera tan cruel que en ella le va su inocencia y su vida. Edmundo Dantes no es la Cenicienta, pero también la maldad y la envidia intentan destrozarle la vida, y él sufre en su carne el encierro en lóbrega mazmorra durante años perdiéndose allí parte de su existencia y si la Cenicienta perdona, Edmundo Dantes no, ni tiene por qué hacerlo ya que el perdón no borra la culpa y por esta causa siempre es acomodaticio e inmoral.

Consiguiendo escapar de su prisión en condiciones nada envidiables, y después transformándose en el conde de Montecristo, el cambio de fortuna del pobre desgraciado alegra al lector y le pone incondicionalmente de su parte, ya que el público se identifica con el héroe de la novela, porque si todos hemos sido alguna vez Cenicienta, muchos también han sido Edmundo Dantes, aunque sin castillo de If por en medio.

La venganza del conde de Montecristo es homérica y ejemplar y nos llena de alegría porque él hace justicia, al menos el novelista se lo permite, y castiga a sus enemigos en la medida que a él le perjudicaron, o sea, en lo que más puede dolerles. ¿Cuántos de nosotros muchas veces no habremos experimentado la misma necesidad de castigar a los culpables de nuestras desdichas de un modo que sea aviso y enseñanza?

Por eso gusta El conde de Montecristo y seguirá gustando a las multitudes; que el lenguaje sea ya arcaico, es hoy lo de menos y que la época ahora es otra, también, lo que importa es que finalmente se hace justicia, la famosa diosa tan olvidada siempre.

No seamos hipócritas ni santurrones, no digamos “yo perdono” creyendo que con eso somos muy buenos y magnánimos, porque no es bondad, es debilidad o cobardía, y Edmundo Dantes supo comprenderlo; por ello se ha convertido en un símbolo más o menos encubierto aunque el héroe sea de papel.

El éxito de una novela consiste en que sus lectores se identifiquen con argumento y personajes, que la obra sea buena o mala carece de importancia si el público se ve reflejado en ella, de ahí el éxito de los folletines.

Cuando yo tenía diecinueve años leí Rebeca de Daphne du Maurier, y me impactó extraordinariamente porque me vi reflejada en la protagonista. Entonces yo era una muchacha muy tímida e insegura y adopté a esa heroína sin nombre que para mí era mi otro yo, el espejo en donde me veía reflejada, una amiga secreta con la que compartir muchos sentimientos.

No quiero decir con esto que Rebeca sea una mala novela; está muy bien escrita y es perfecta, su calidad lo corrobora, sólo que yo, lectora, me encontré en ella. Otros tendrán sus motivos de anclaje, pero el mío es éste.

¡Ah!, y también su protagonista es una víctima, en el presente caso de circunstancias ajenas, que también suele darse.