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Ilustración: Jim DandyAnalfabetos literarios

En mi país abundan los analfabetos literarios. Se trata de lectores que no entienden nada de literatura y que obedecen al dicho español de “donde va la gente va Vicente”; sólo compran novelas, cuando las compran, si el librero se las recomienda, y eso sucede invariablemente en las ferias de libros, es decir, en el Día Internacional del Libro, o bien en fechas de forzada obligatoriedad como vacaciones, santos, cumpleaños y navidades. Entonces el analfabeto literario se lanza a la caza y captura de ese raro espécimen llamado libro y se lanza, aunque cauteloso y un poco asustado, como si el pacífico volumen encuadernado fuese una bestia de lo más feroz dispuesta a engullirle a las primeras de cambio.

Eso lo he podido comprobar personalmente las veces que he estado firmando libros el 23 de abril, pues tiempo hay para observar el espectáculo humano de estos cazadores amateur, que miran un mucho inseguros para luego preguntar dando títulos disparatados que mal escucharon en alguna parte, “El lobo que parió”, por El lobo estepario, o bien aquel de “El Pomponio del flato”, por El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza. Yo les he visto hojear con cara de despiste para luego, en un rapto de desesperación, elegir a dedo con cara de angustia, algo había cambiado, para decir más tarde con suplicante sonrisa: “Es bueno, ¿verdad?”, y una, que estaba promocionando sus novelas, no entendía el por qué la confundían con una dependienta.

Ahora bien, cuando recurren al librero puede resultar muchísimo peor, porque el librero sólo entiende de best-sellers y al peso, cuanto más gordo mejor y miel sobre hojuelas si es de tapa dura con letras en relieve o con sobrecubierta tersa y brillante.

Tengo una amiga que padece la desdicha de que cuando le regalan un libro casi siempre es el último premio de moda en el mercado, que esa es otra, los premios. Ella tiene sus gustos pero ha de sonreír amablemente a cada nuevo obsequio y luego me llama y me pregunta, “¿Te interesa leerlo?”, y en ocasiones he dicho que sí cuando la curiosidad de la madre Eva me impulsó a ello debido al marketing publicitario que se ha desplegado en torno suyo, con el resultado, luego para mí, de una experiencia siempre decepcionante.

Los premios literarios son un buen negocio para sus editoriales, y en la mayoría de los casos un timo para el lector. En ocasiones son libros escritos por encargo, ¿sorpresa?, que para eso vivimos en el mejor de los mundos, e indudablemente muy bien apadrinados ya que el contenido parece una burla que se le gasta al cándido lector, o sea, al analfabeto literario. La táctica empleada recuerda mucho a aquel cuento de Andersen, copia de otro, “El traje nuevo del emperador”, si todos hablan maravillas de esa novela tiene que ser buena, ¡fíjate quién la ha escrito!, y si a mí no me gusta es porque no entiendo y soy tonto, asunto zanjado.

Sí, lo reconozco, he leído en diversas ocasiones algunos libros prestados por mi amiga, pero como no me costaron nada el disgusto fue menor. Verdaderamente es triste creer que vas a encontrarte con algo bueno y darte de narices con un fraude muy bien editado.

Ejemplos: uno de ellos era un tostón sin ninguna agilidad y que iba de novela policíaca, otro una novela con un buen arranque, un desarrollo a trompicones y un desenlace que producía vergüenza ajena, otra una novela plana cuya acción transcurría en tiempos modernos pero en la que sus personajes, desdibujados y de incoherentes reacciones, no hablaban sino declamaban en una prosa sin matices que no les diferenciaba en absoluto a los unos de los otros, siendo éste un fallo garrafal que acostumbra a darse en literatura y aun cometido por las mejores firmas, mejores en la opinión de un círculo muy elitista de editoriales con gran visión comercial; cada persona es diferente y habla de un modo peculiar; nunca un obrero de la construcción te hablará como un catedrático, ni una chica, cualquier chica, como Julieta. Cuando se escribe una novela hay que dotar a cada personaje de su lenguaje propio ya que de lo contrario la obra pierde verosimilitud, lo malo es que pocos se dan cuenta.

Pero bueno, todo esto es peccata minuta en un comercio dedicado al ingenuo analfabeto literario.