Johann Wolfgang von Goethe
Johann Wolfgang von Goethe.

Algo que sabe muy poca gente

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No es una leyenda ni un bulo ya que se ha podido demostrar con hechos probados: la vida puede salvarse a través de una novela... si eres escritor.

Ya sé que suena un poco, o bastante, improbable, por no decir estúpido, sin embargo es cierto que a los escritores en trance de suicido, puede salvarles la vida escribir sus problemas, o, mejor dicho, desarrollar sus tendencias suicidas a través de una historia inventada. Esto es una especie de catarsis sólo apta para novelistas, o, en otros casos en los que la muerte no interviene, vivir plenamente aquello que nunca tendrás, aunque lo más llamativo, sea, desde luego, el suicidio no llevado a cabo, desviado, podríamos decir mejor.

El ejemplo clásico es el de Goethe, quien planeando suicidarse por su amor no correspondido por Charlotte Buff, utiliza al joven Werther para “morir” por delegación. Werther se suicida y Goethe se salva.

En ocasiones, también, el escritor se castiga a través de un protagonista en el que encarna sus pecados. En esta categoría podríamos situar el Frankenstein de Mary Shelley, quien crea un monstruo apedazado. Su propio alter ego de hija educada por un padre que la deseaba perfecta y a quien falló. Relación extraña de amor-odio con su progenitor que la fuerza a castigar al engendro impulsándole a una turbia expiación.

También existe la opción, para el novelista, de ajusticiar sin remilgos al personaje quedándose después libre de su culpa, o bien eliminarlo en una desviación un tanto inconfesable.

Esto nos podría llevar a conclusiones bastante más peregrinas, como, por ejemplo, si para muchos escritores de ficciones policíacas, no es también catártico novelar ingeniosos crímenes, y me viene entonces a la mente aquel comentario un tanto irónico, que leí en cierta ocasión dedicado a Agatha Christie: si sus novelas no salvaron a la señora Christie de otra carrera mucho menos honrosa.

El suicidio desviado de Goethe indica ni más ni menos que no deseaba morir, John Kennedy Toole no se lo pensó tanto y en cuanto a David Foster Wallace, coqueteando constantemente con la idea de la muerte, no desvió la suya propia, sólo la retrasó. Estas son excepciones dentro del tema que tratamos. Es la decepción agónica del que sabe que no hay remedio posible para su desesperación interna y elige acabar de una vez, como Virginia Woolf, por ejemplo, o como Stefan Zweig que prefirió morir antes que vivir en un mundo que le aterraba, o Hemingway que se mató porque tenía cáncer.

La escapada literaria de la muerte de Goethe, que por cierto desató una ola de suicidios insospechada y alarmante en su época, el suicidio puesto de moda, es un descubrimiento por lo que encierra, como lo son, en otro orden de ideas, los numerosos heterónimos de Fernando Pessoa, la eterna huida o el escaqueo constante de una personalidad que no le gustaba.

Ahora bien, asimismo, hay que saber separar unas muertes retóricas de otras, muertes, podríamos decir, llevadas a cabo por imperativo literario que no por un afán de huida definitiva, la de Madame Bovary, y la de los mosqueteros de Dumas, cuando les llegó el turno.

Las muertes ejemplares moralmente, como la de Sydney Carlton en Historia de dos ciudades, y la premonitoria muerte de Catalina Earnshaw, Linton por matrimonio, cuando se anticipa a la de su propia autora, Emily Brontë, enamorada de su hermano, y que se auto castiga, al fallecer éste, negándose la curación de una pulmonía agravada por su tuberculosis, son decesos dictados por las circunstancias, pero en modo alguno suicidios por delegación.

Podría extenderme mucho más, porque el tema se presta, pero no es un listado muy alegre que digamos y prefiero dejarlo en este punto.