Indiferencia

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Meteorito de Rusia

Corrió el bulo hace mucho, y no es cuento porque fue muy comentado y así pudo llegar hasta mí aunque como una noticia perdida en el tiempo, cuyo despropósito podía darle incluso visos de credibilidad.

Se dijo que la luna estaba a punto de romperse en pedazos y que éstos caerían sobre la Tierra con el resultado que era de prever, y la gente se lo creyó y todos miraban con aprensión el cielo de las noches de luna llena preguntándose cuándo y dónde tendría lugar la catástrofe; es decir, la gente tenía miedo y no se avergonzaba en manifestarlo, pero no sucedió nada, la luna no estalló y la gente suspiró aliviada porque habían vivido aterrados una temporada de interminable angustia por incierta que fuese; eran otros tiempos indudablemente, a las personas les afectaban las noticias falsas o verdaderas, no usaban la indiferencia como reacción, esa indiferencia que hoy sienta sus reales por cualquier parte del mundo.

Ha llovido mucho desde entonces y mucho hemos cambiado y no por escépticos, sino por indiferentes, a lo que se ha agregado la frivolidad al hacernos considerar hechos y situaciones de una manera superficial y ajena, como si nada tuviera que ver con nosotros hasta que suceda.

El ejemplo lo tenemos en el asteroide que el día 15 de febrero pasó rozando a la Tierra, la gente miraba al cielo y hacía fotos igual que si asistiera a un espectáculo divertido. Ya sabemos que no había peligro, pero, ¿y si de pronto lo hubiera habido? Horas antes un meteorito sembró el terror en Ucrania, fue una bofetada de realidad que hizo comprender, sin pretenderlo, que las rocas voladoras pueden ser algo más que una presencia surcando el cielo, pero como no tuvo lugar ninguna hecatombe, la tranquilidad se restableció y todo, de nuevo, quedó en nada, y a por un nuevo y tremebundo espectáculo para distraer nuestro aburrimiento ávido de sensaciones violentas que habitualmente se sacia incruentamente con la recreación cinematográfica de estremecedoras catástrofes, las cuales, paradójicamente, nos dan una falsa sensación de seguridad, “a mí esto no me sucederá, a mí no”.

Por eso somos indiferentes, se nos ha acostumbrado al convertir en cotidiano lo que en otros tiempos era motivo de pánico, hoy ya pasamos, y de ello tiene culpa la televisión en gran medida al habituarnos a cualquier cosa convirtiéndonos por ello en fríos espectadores.

La indiferencia suele ser peligrosa, porque cuando uno se la sacude por fin, siempre es demasiado tarde para todo.