Abro la puerta de la habitación del hotel. Las lámparas han sido
encendidas. Me encuentro con una mujer muy alta y delgada sentada sobre una de
las sillas de costosa tapicería. Está desnuda, un poco sesgado su cuerpo y sus
manos se apoyan sobre los laterales de la silla. Me escudriña sin pronunciar
ninguna palabra. Pareciera que estuviese drogada o en trance, no lo podría
precisar. En todo caso, la situación me pone algo tenso, pero nada digo.
Transcurren algunos minutos y la mujer únicamente ha movido las puntas de
los dedos de los pies. Su manera de mirarme no ha variado ni un ápice. He
comido y bebido en abundancia. Me caigo de sueño. Sin embargo, no oso moverme
hacia la cama porque ignoro cómo reaccionará la mujer. Opto por quedarme donde
estoy. Doy un vistazo a mi reloj. 1:35 de la madrugada. En ese momento, la mujer
se pone de pie, con suma lentitud, y avanza hacia el lugar que ocupo. Se detiene
imprevistamente y se lanza de espaldas sobre la mullida alfombra. Luego comienza
a elevar las piernas lo más que puede y, alternativamente, sube y baja cada una
con movimientos bruscos. Mientras hace esto, se ha tapado la cara con los
antebrazos y empieza a gritar: “¡Nunca más me tocará otro hombre!
¡Nunca más..! ¡Nunca más..! ¡Nunca más..!”. Así hasta que, agotada
por el cansancio, se quedó dormida.
Yo salgo de la habitación en un solo temblor, lentamente y con la
convicción de que en las habitaciones vecinas debieron escuchar el griterío.
Cierro la puerta y me dirijo al ascensor. Bajo al lobby. Lo encuentro
desierto. Veo un enorme sofá y me tumbo a dormir en él.
Por la mañana, muy temprano, uno de los botones me despierta. Me pide
disculpas y me informa que una señora ha dejado un sobre para mí. Lo abro.
Adentro encuentro una fotografía de la mujer alta y delgada sentada en la misma
silla, pero vestida con elegancia. En el reverso de la fotografía han escrito,
con letra menuda: “Arrivederci, buon’uomo!”.