Lidia Liu tenía más de media hora aguardando mi llegada. Le dije por
teléfono que estaría allí no pasadas las cinco y media de la tarde. El
tráfico en Peking, por aquellos primeros días de invierno, se había tornado
engorroso y difícil. La cantidad de vehículos particulares se incrementó de
manera vertiginosa en la capital. Aunada a la estupidez de los taxistas, la de
los ciclistas y transeúntes ayuda a convertir las avenidas y calles pekinesas
en lugares de nudos lentamente corredizos.
Encontré a Lidia, aburrida y semienojada, en la filial del Banco Minsheng,
ubicada en el Club Internacional. Bromeé un tanto con ella y le dije que había
perdido el tiempo al no haber tratado de seducir al guardián apostado frente a
su asiento, ataviado con casco y chaleco antibalas. Me empujó del local y
salimos al pasillo. Me tomó del brazo y me pidió permiso para que fuera su
“amigo” por algunas horas.
Como yo invitaba, le sugerí dirigirnos al café del Hotel St. Regis y a
pesar de que dijo que era “very expensive”, aceptó gustosa.
Nos instalamos en unos comodísimos sofás, colocados bajo unas falsas
palmeras magrebíes. Ella pidió un café con chocolate y yo una cerveza local.
Sin previo aviso, me comenzó a acariciar la barba y a comentar que el día
anterior me había visto, desde la ventana de su oficina, con una nueva amiga.
Le riposté, con estúpida jactancia, que yo siempre me “amancebaba con
reiteración”.
Llegó la camarera con el café y la cerveza y una cara de desagrado y las
depositó sobre la mesa. Brindamos por el momento. Mi mano derecha se desplazó
sobre la espalda de Lidia y allí se quedó, complacida del no rechazo.
Hablamos de los pronósticos del tiempo, de los japoneses, sus jefes, y del
café que la cocinera de su oficina no le dejó tomar porque era para su
patrón.
Una de las manos de Lidia decidió alborotar mi espesa melena. La camarera le
lanzó una certera mirada de exterminio que no hizo mella. Pedí otra cerveza y
provoqué a la camarera con un juego de palabras. Se enojó y envió en su lugar
a otra más tonta que ella. Lidia y yo nos reímos estruendosamente y los
maníes y los pistachos rodaron por la alfombra.
Al cabo de una hora, pagué la cuenta y abandonamos el lugar tomados de la
mano y bromeando por no dejar.
Acompañé a Lidia hasta la estación del metro cercana. Le di mi primer beso
en la mejilla y le acaricié el rostro. Tuve la certeza que pronto dormiríamos
juntos y más cómodos y tendríamos reconfortantes sueños que habríamos de
contarnos a la mañana siguiente, mientras el café herviría y su aroma se
complacería en incitarnos hacia la degustación de nuestros propios brebajes.