En Lhasa, el mes de julio imprime trece giros a las noches y deja colgado al
sol hasta las diez. Las señoritas de los salones de belleza se sientan a las
puertas a esperar a los clientes. Usan faldas cortas y se maquillan con esmero.
La música insinuante suele atraer presencias masculinas. Con sus largas
vestiduras púrpuras los monjes budistas caminan solos, o en grupos, por las
aceras y parece que están libres del deseo carnal. Algunos piden limosna y los
mendigos profesionales manifiestan su sorda repulsa. (Cerca, en un callejón que
conduce a un puente de piedra sucio, un conglomerado de muchachas ofrece risas
por un precio).
Grandes incensarios, ubicados en determinadas avenidas, expulsan humaredas de
mezclados olores que hacen llorar a los dioses. Pero no logran disipar el hedor
a rancio, a orines y excrementos y a basura acumulada.
(En un pequeño establecimiento de venta de aceite al por menor la patrona
nos sonríe y detenemos nuestra marcha. Dentro hay un niño y una niña. Douglas
y Mireya quieren tomarles algunas fotografías. La madre habla con los niños en
tibetano y desaparecen tras una cortina pringosa. Ella nos invita a tomar
asiento. Minutos después, aparecen los niños, vestidos con ropas limpias y una
alegría que no cabe en el recinto. Los capturamos con nuestras cámaras
fotográficas y también al reflejo de la luz sobre el aceite y al cansancio de
la máquina expeledora de fluido para las fritangas).