Penetramos al “Templo de la Gran Claridad” y nos recibió un león
que rugía desde su columna. Proyectó el pecho para que su lengua se tornase
roja. Sus tres hijos trataron de imitarlo, mas quedaron atrás en el intento.
(Sólo fue notable el amarillo de sus iris).
Dos monjes nos enfrentaron y uno de ellos decidió rugir también, pero mi
cámara fotográfica lo aquietó y le ofrecí un lugar en la película. Al
final, rechinó los dientes y así quedó para la posteridad.
(Otro monje se hizo presente sobre una terraza. Desplegó a la felicidad y,
aquiescente, ella se deslizó bajo sus pies. Luego se dedicó a contemplar con
vehemencia al Palacio Potala que emergió, al fondo, y le envió mensajes de un
dalai lama desconocido).