Cuaderno de Lhasa (extractos)

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VI

Sentada detrás del pozo que cuida flores labradas en la piedra, la anciana medita ante sus dos posibilidades infantiles de resurrección.

Como bella niña de larga crizneja y collar de perlas blancas, quien habla muy bien en tibetano y en chino y suele usar vestidos rojos de seda y que con voz cantarina ofrece, de un envase térmico, agua caliente a los peregrinos, agachada en el patio del templo, a despecho de la suciedad y los malos olores y que sonríe de manera continua para disipar cualquier desesperanza...

O como chiquilla paliducha, huesuda, con los pómulos sobresalientes y la mirada perdida, quien sin interrupción se mete y saca de la boca un pedazo asqueroso de cuero y que permanece recostada de un pilar, de pie y muda...

La anciana renuncia a esas dos posibilidades y sólo desea que su cuerpo se lo disputen los buitres de la montaña de su aldea natal y que su alma se remonte a las alturas del Himalaya y permanezca allí, calentita, subsumida en los glaciares.