Los peregrinos van alcanzando el Palacio Potala a pie y en grupos. No cesan
de hacer girar las ruedas de las plegarias. El mundo no puede detenerse y hay
que ayudarlo en su rotación.
Se arrojan al piso los peregrinos. Se arrodillan y se postran frente al
imponente edificio roji-blanco. Sus rostros tocan el suelo. Algunos se llevan
las manos a la cabeza y permanecen así por interminables minutos. Imprecan,
ruegan, lloran, se lamentan... ¿Los escucharán los dalai lamas desde sus
tronos del pasado?
Mayores y doradas ruedas de las plegarias los esperan a las puertas de
entrada. Impulsan a todas hacia los ansiados giros y el mundo se estabiliza en
sus soportes de hierro.
En Lhasa, el tiempo, de tanto de dar vueltas, a veces marcha al revés.