A la espera de la aparición en el horizonte de la luna llena que daría inicio a la Fiesta del Medio Otoño, los niños del Callejón de las Habichuelas Salteadas estaban congregados y listos con sus petardos. Cerca de las ocho de la noche se comenzó a insinuar el halo lunar. Los niños no esperaron más. La excitación les dio rienda suelta a su impaciencia. El júbilo desbordaba sus rostros.
Las ristras de petardos colgadas al extremo de varas de bambú soltaron chispas y, a continuación, retumbaron en el ambiente. El humo y el olor de la pólvora fueron dispersos por la agradable brisa. Muchas ristras de variados petardos continuaron el estruendo a lo largo del callejón. Algunos niños preferían hacerlos explotar, de uno en uno, colocados en el piso.
La luna llena del medio otoño resplandeció, agrandada, encima del callejón y parecía una habichuela blanca un poco tiznada por la ceniza de los petardos.