Piedra que se sumerge en el agua que es y será su noche. La dureza absorbe las crestas agudas y gana la forma que redondea la eternidad. El agua duplica su volumen; la piedra se aloja en su residencia específica. La maternidad del agua mantiene a la roca en la vida que otorga chubascos o savia con leche, incluso sangre.
La piedra mira siempre hacia el cielo. De arriba le llega el poder y la belleza de la perfección. Posee una puerta ella que es su espíritu y un contorno de testículo, tenaz como un hueso escrito.
Sobre los bordes de la piedra el agua se desliza, fluye, ilimitada, para ser inmortalidad. Una y otra vez la piedra se origina del agua: sapiencia que no se altera porque nunca se estanca. (El desagüe existe en la prevalencia de su cargo).
Se concentra el alma del meteorito en la piedra que se hidrata. Un gorgoteo traspasa el anuncio de la niebla y va a descansar entre el ritmo creador de lo lítico.
La piedra cambia de color ayudada por la chispa que recibe de la ablución. Luego, a la manera de un vaso, se cohesiona con la aspiración de un remolino.
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Unidad y fuerza en los esponsales de la piedra y el agua. Del ombligo de la piedra nacen seres que borbollan, que se remojan y simulan ascender en pos de los vapores.
Lo que engendra la piedra también es una acuosidad que deviene en lápida, pero no relacionada con la muerte, sino con lo nutricio de los intervalos. Una música lábil empuja lo provecto y la conformidad. Aquí, el estiaje; acullá, el rebalse. Mas el estatuto de lo inundable porta el signo del sillar.
Innumerables guijarros conforman a la piedra. A ese paso corresponde lo que no se altera. El ámbito se empiedra y el agua nada en su lozanía.
El agua desaloja la ansiedad; la piedra imanta el afecto. Entre los dos transportan el rocío al lugar de las imágenes reflejantes. Ningún fenómeno relacionado con la agonía se hará sentir.
Sáxea brillará la sabiduría. Desde el acuario comenzará a levantarse la “casa surgida de las vetas”. De un modo u otro, indefectiblemente, surgirá un nonato con un aliento de pedrusco e hidrófilo hasta su consecuente salvación.
Agua que se transforma en piedra: sólido que se aplica a la mutación acuosa. Binomio que compagina el golpe de la fluencia y el hundimiento de la permanencia.
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La piedra se afirma en su quijada redonda y mansamente el agua la dota de un quehacer para la entrada sin temores a la perpetuidad. Se vacía la esclusa de ruidos, no sólo de los intolerables: de todos los fragorosos.
La vacuidad encuentra a la piedra embebida de agua. Una vez más la dureza hace mención de su bondad y por ello gana una arena celeste y un fuego que dormita bajo el estanque.
Se intuyen las arterias subacuáticas que separan y unen los límites simultáneamente. Si no se ven peces se debe al contagio enunciado por las pupilas que tienen fe en la litolatría.
En el contexto y su correspondiente accionar del tiempo ya no funciona el verbo “estancarse”. Ahora se identifica el paradigma de lo que rezuma. Este es un mensaje para el espíritu de lo insondable.
El agua cumple y se entibia. La piedra prosigue tras la doctrina de lo quieto que se mueve. La descendencia no tendrá agonías ni partos sin dinámica.
Nuevas lluvias aportarán saberes. Novísimos dígrafos –llaves, carreras, guedejas- se remojarán al vaivén de las ondas y fortalecerán la fecundidad de la piedra.