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Memorial de las ventanas

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Memorial de las ventanas

En un lugar de privilegio del alto muro está la ventana que siempre se abrió en la noche y desde allí se atisbaba el paso de los sayones. Los santiguamientos quedaban colgados de las jambas y resplandecían con las cenizas en cada sustracción de un pedazo de mundo. A veces la falleba confundía los rezos y debía atrancarse en un encierro de luminarias.

Piedras, ladrillos y pedruscos se entrecruzan en el muro para que la ventana mantenga su molde intacto y se inscriban sobre él los milagros que hicieron posibles los retornos de los exiliados y los proscritos. La ventana rasguña en su memoria.

Los barrotes de la ventana son falaces y hacen crujir los recuerdos. Todo se aleja hacia el pasado, hacia las esquinas de las muertes propaladas. La ventana convierte su luto en un encomio de estío y desde su mirada sin ausencia prosigue el bruñimiento de la decisión final.

 

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Memorial de las ventanas

Así se quedó la ventana: rústica para los terremotos y los vientos de la argamasa. Apenas su vocación no lucífuga se entromete en la pared que se desconcha para trazar la consigna de su nombre necesario. Un puñado de cantos rodados baraja el enlucido y expía las añoranzas.

Quiso la ventana quedar entornada a perpetuidad para que la mujer bella y ciega se sentara en el poyo con el corazón portentoso. Mas la metamorfosis en la enfermedad del revoque lo impidió.

¿Y quién sabe que el alma de la ventana se privó de presagios, de rituales de aguas que chorreaban desde los céfiros, de chirridos de maderas absortas en sus orígenes? La prolija costumbre de la ventana hizo surgir postigos para las lágrimas y las despedidas. Como un omóplato seco se sacudió su juicio.

Adecentaron a la ventana para que atrajera toda la luz de las hogueras del aire. Encandilada, se extravió en un espejo de crisálidas y contempló de su frente la desaparición de las tardes coronadas por instantes y círculos indóciles.

 

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Memorial de las ventanas

La ventana se abrió y se embriagó con la claridad que era su verbo para el acontecer. A partir del púrpura de las cortinas se condensa un acertijo para señalar los escenarios de las visiones. Se abrotoña un breve jardín y el sol reverbera como el último día del siglo. Desde su cenit proclama la escisión de los espacios.

Quizá los reflejos se deslizan bajo la ventana para que no se admitan más desvíos y la fallanca pruebe su sino irrepetible en la clarinada.

Es un lugar seguro la ventana. Un compartimiento que se torna libérrimo con los remolinos de las miradas. Ventana: escondite para hospedar las siluetas en acecho.

En lo invisible, la ventana logra el anuncio de la lucidez y alcanza y descubre los temblores de personajes perdidos en los agujeros entrejuntados.

Pertenece la ventana a los síntomas de la ambigüedad. Si permanece abierta, de un salto gana el vacío y se concede las pruebas de la vana fórmula. Si se muestra atascada, sus sueños rebotan hacia afuera y horadan la expectación de los acuciantes.

 

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Memorial de las ventanas

Límpidos atavíos cubren a la ventana que soporta impávida la elevada verticalidad. El alféizar parpadea y se desnuda para violar los hitos del porvenir. En el herraje mora una colonia infinita de guardianes de los destellos que, de pronto, se vuelven del revés.

Ya la ventana no se eclipsa más. Sus visiones recorren los tiempos y se aposentan en la interminable costura de los espejismos de la retentiva.

Espían desde los recovecos sus señales verdes y la ventana propicia ráfagas de naranjas que endulzan el alero. Está hecha de ceremonias la ventana, de acechanzas hacia adentro y de lucernarios que se advierten en las fisuras. Trama y sobrevuelo.

Al filo de la incipiente bruma, la ventana tremola en sus alas de cedro y verdial. Mientras tanto se precipitan las verdades de su onomástico en la acera que desaloja lo vacuo y escupe tránsitos de hazañas.

No puede extinguirse la ventana. Ella se ensimisma en su envoltura y proclama el oficio de los canarios en los renvalsos. Luego retrocede y se interroga sobre los utensilios del entorno y concluye que su consistencia viene aparejada en los insomnios.

 

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Memorial de las ventanas

Ventana que se despliega para dar nacimiento a otra ventana franqueada en la distancia. Ventana que se asume como umbral y que perdurablemente alcanza los gritos regados de la sangre. Ventana emisaria de los muebles donde se hilvanaron amores y derrotas.

Desde temprano la ventana se desgaja de la esperanza y entresaca de sus vetas mutiladas la desazón que le da cuerpo al polvo. La ventana resucita con sus luces y las cuelga de las vigas para afirmar su incierta desgarradura.

No se abre la ventana para albergar llantos y agonías de murciélagos. Inapelable, exhibe su interior donde el inextinguible brillo transmuta a las maderas que otrora sacudió el trueno.

Oratorio con defensas es la ventana que husmea en los cañaverales pintados de cercanías. ¿Y para qué? Para disolverse en la remembranza de un muestrario de historias, veloces escapadas de la niebla y la escogencia de los sementales bajo los cielos intraducibles. (El eco de la alfarjía resuena dentro de su oscura ilusión).

 

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Memorial de las ventanas

El viento afanoso incrustó esa ventana en la pared que se encumbró con la omnipresente claraboya y que se fundó con la hiedra unida a la dignidad de las huellas de perros y lechuzas.

Envejeció de repente la ventana y fue sal de innumerables almuerzos y de la sagacidad de los sapos y sus parientes los helechos. En adelante la ventana solicitó arte de fina herrería y a ella los guijarros le hirvieron como mieles.

Ni por el olvido, ni por la lluvia, la ventana ahueca su timidez. Más bien flota en el humo de los asados y en la estirpe de la espuma de las mejores cervezas oficiantes.

Cuando la ventana se queda sola remueve la pesada estación que le acose y llama a los pájaros grises y los urge hacia el tránsito del verdor.

Paso a paso, sobre la grama mojada la ventana deposita las nostalgias de su antifaz y arrastra su perpetuo cierre hacia la caligrafía de un recodo levemente omitido.

La ventana ríe y canta y llora y bendice y no se fatiga. Su ocio es tan inocente que hasta el mismo espíritu del crepúsculo quisiera hacerlo suyo.