Ernesto
Sábato descubrió sus últimos miedos, los que lo asaltan a sus 91 años: el de
un mundo injusto, con 250 millones de niños explotados en el mundo, motivo
suficiente para que al autor de Sobre héroes y tumbas se le quebrara la
voz y se le escapara un breve llanto durante una conferencia celebrada en el
Círculo de Bellas Artes de Madrid.
Una larga y desordenada fila de gente esperaba para entrar al recinto donde
hablaría Ernesto Sábato, autor de tres novelas memorables, El túnel (1948),
Sobre héroes y tumbas (1961) y Abbadón el exterminador (1974), e
innumerables ensayos, desde su primer libro Uno y el Universo (1945). Sus
dos últimos títulos: Antes del fin y La resistencia. Una hora
antes de su presentación, cientos de personas copaban la Sala de las Columnas
del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Fuera, una pantalla gigante y varios
altoparlantes estaban preparados para retransmitir las palabras de este autor.
Como si se tratara de un concierto de música pop, los espectadores, de pie,
aguardaban deseosos de aplaudir.
Entre el público, una argentina de 26 años saludó a un compañero:
“¿Así que te gusta Sábato?”. Una mujer del público volteó y
respondió: “Sábato es más que gustar o no gustar. Es una pasión”.
A las ocho en punto apareció el autor. El público que había encontrado
asiento se levantó de inmediato. Una ovación de diez minutos acompañó los
lentos pasos de Sábato hasta su lugar en el podio. El escritor intenta acallar
a los asistentes con ligeros movimientos de manos. No oculta una sonrisa plena.
Intercambia unos gigantescos lentes oscuros por unos transparentes de lectura.
Se despoja de toda soberbia y agradece conmovido. “Mi primera palabra de
gratitud para la ayuda que los ciudadanos de España han hecho llegar a
Argentina”.
El auditorio enmudece. “Comparten el profundo dolor que siento por mi
patria, que amo, porque allí tuve ilusiones, soñé con cambiar el mundo, amé
y sufrí. Conocí en mi país gente generosa. Les pertenezco en medio de esta
tragedia que vivimos. Cuando era chico, conocí a la Argentina como la séptima
potencia del mundo. Ahora es una nación acosada por instituciones
internacionales. Pareciera que no tenemos salida porque debemos cifras
impagables que contrajeron quienes nos gobernaron con impunidad”.
Sus palabras, envueltas en la cámara oscura y claustrofóbica que es tan
propia de Sábato, arrojan, como siempre, una luz. Un aliento ante la
desilusión que, reconoce, lo embarga. “Sentimos una sensación de
impotencia. Pero estamos ante un supremo peligro, que, a la vez, nos crece y
puede salvar. En medio del caos, pobreza y desempleo, todos nos sentimos
hermanados como nunca antes”.
Sobre héroes y criminales
A sus 91 años, el genio de Ernesto Sábato, su intelecto, permanece intacto,
como lo demostró con las palabras que pronunció este 10 de abril, durante la
conferencia que tituló Un horizonte ante el abismo. Pero su materia se
quebranta por momentos y le traiciona, cuando deja que la emoción le acalle:
“De la creación sólo surge la libertad, ligada al sentido de
responsabilidad. Este es el poder que vence al miedo”.
Cuando su tristeza se hace inconmensurable: “Todo lo que fue motivo de
comunión nos abandona. El sentimiento de orfandad comienza al abandonar los
valores sagrados”.
Cuando reprocha la moral cotidiana, como si escribiera sobre aquellos ciegos
de su célebre informe: “La sociedad está corroída por la impunidad del
poder. Cómo vamos a transmitir los grandes valores a nuestros hijos, cuando ya
no se diferencia si alguien obtiene reconocimiento por ser un héroe o un
criminal”.
Cuando acusa exaltado: “Debemos desandar un largo y tortuoso camino que
ocasionaron las dictaduras militares y las políticas económicas y sociales
dictaminadas por el nepotismo de las grandes empresas y llevadas a cabo por
políticos y empresarios corruptos, que han saqueado al país en aras del
beneficio personal”. Un espejo que, según Sábato, sirve para que se miren
todos los países.
Cuando retoma el verbo de la costosa esperanza: “Como contrapartida: Ya
no hay posibilidad del ‘Sálvese quien pueda’. Ya no es sólo inmoral, sino
que no alcanza. Hay que evitar que el mundo entero se deshaga”.
Para inmediatamente caer en el desasosiego: “Vivimos entre dioses
muertos e ideologías exterminadas, donde poderes mediocres creen poder
destruirlo todo. Hasta la inteligencia se arrodilla al poder. Aunque el
espíritu dice que hay que luchar, el desaliento obliga a preguntar si seremos
capaces de salvarnos”.
Inagotable camino de vida
Ernesto Sábato viste una camisa roja, muy viva, y un traje negro, que deja
entrever su ánimo: un luto permanente que hace un paréntesis para celebrar un
par de condecoraciones recibidas en España: la medalla de oro de la Universidad
Carlos III y la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes. Sábato recuerda
que cuando publicó su segundo ensayo, Hombres y engranajes, en 1951,
recibió gran cantidad de críticas de lo que ahora denomina “fetichistas
por la ciencia que el dinero ayudó a promover”.
“Hemos recorrido hasta el abismo la senda del individualismo. Se
atravesó con euforia la época del esplendor. Hoy se presencia el fin, sabiendo
que millones de hombres lo construyeron sacrificando su sangre y trabajo
inútilmente durante siglos. Demasiadas esperanzas se han quebrado. El hombre se
siente extrañado de su propia existencia extraviada en un universo kafkiano y
ya no puede recluirse dentro de sí mismo”.
Sábato advierte sobre el peligro del totalitarismo mundial: “No se
puede permitir una única forma de vida, un único modelo que se imponga. Sólo
queda no resignarse. Veinte empresas tienen el dominio del planeta; invisibles
controladores del hombre, que demuestran su inmoralidad con la existencia de 250
millones de niños explotados en todo el mundo. Viven y mueren en la peor
miseria, excluidos, sin poder cubrir sus necesidades mínimas de alimentación,
salud y educación. Debo confesar que creí que éste era el tiempo final. Pero
la vida consiste en abrir brechas hasta comprender cuál es el camino apropiado.
Vuelve a sorprenderme la capacidad de la vida para hallar resquicios, valores
para enfrentar estos tiempos. Para encontrar el manantial oculto en el que
conseguir el coraje para seguir luchando. Toda desgracia tiene sus frutos si el
hombre se sobrepone al infortunio”.
Sábato concluye con nueva emoción que le quiebra la voz y que trata de
contener bebiendo agua. “Cuando nos hagamos responsables por el dolor del
otro nos colocaremos por encima. De lo contrario, seremos arrastrados por los
profetas de la televisión que buscan la solución en el hiperdesarrollo. El
consumo no puede ser sustituto del paraíso”. La ovación perduró incluso
cuando el escritor ya hacía mucho que había abandonado la sala. Todos los
asistentes eran víctima del arrebato, de la pasión, como definió a Ernesto
Sábato aquella señora anónima del público.
Entrevista publicada en Verbigracia,
suplemento cultural del diario venezolano El
Universal, en abril de 2002.