Una
de las voces más críticas de Estados Unidos, Susan Sontag, “detesta y
teme“ al gobierno de Bush y aboga por una vida con visión crítica. El
tema de su última novela, En América, trata sobre el
“extranjero”, con el que ella dice identificarse, quizás porque ni
siquiera ve cine norteamericano.
Cabellos largos, negros, con algunos mechones encanecidos; vestida con
cazadora de cuero marrón. Aparte de un pañuelo de seda estampada amarrado al
cuello y de un brillante reloj que a veces escapa de la manga, no hay rastros de
coquetería. Ni siquiera maquillaje para ocultar las ojeras. “Tengo dos
días sin dormir”, se excusa. La primera noche la pasó en vela porque
corregía las pruebas de un libro que pronto irá a imprenta y la segunda,
porque no concilia el sueño a bordo de los aviones y acaba de descender de uno
para presentar en Madrid su nueva novela En América, galardonada con el
National Book Award 2001.
Nacida en 1933, Susan Sontag pronto cumplirá 40 años dedicada a la
escritura de narrativa y ensayos periodísticos. Desde que publicó la novela El
benefactor, en 1963, se ha embarcado en varias odiseas literarias, que le
han valido reconocimientos e instigaciones. Incluso ha recibido amenazas de
muerte por correo y alguna por teléfono, sobre todo a partir del 11 de
septiembre, cuando su primera reacción fue criticar la retórica empleada por
la “totalidad“ de los “voceros autorizados“ de Estados
Unidos, en un artículo escrito desde Berlín, donde se encontraba ese día.
“Desprecio y temo a este gobierno (el presidido por George W.
Bush)”, sostiene Sontag. “El problema no es que exista censura
indirecta. El problema es que se tiene solo un partido político, el
Republicano. Los demócratas están debilitados. No existen. Hay un acuerdo
entre ambos partidos, porque aunque los demócratas pretendan una imagen más
sofisticada, no fomentan el debate sobre los temas realmente importantes. No hay
discusión sobre la pena de muerte, los impuestos, el medio ambiente. Así que
la voz de mucha gente no está políticamente representada. Como no hay el
debate político que había en la década de los setenta, la gente no va a
votar. Hay que saber que a este gobierno lo eligió el 20% del electorado,
porque el margen fue muy estrecho y hubo abstención del 60%”.
Pero Sontag no subestima a Bush, el “cowboy”, como le dice en un
artículo. Al referirse a él sonríe pícaramente, mira de reojo, crea
expectativa. “Por supuesto que es muy estúpido. De Bush se decía que no
podía disparar y mascar chicle al mismo tiempo. Pero no creo que debamos
sentirnos superiores, porque está rodeado de gente muy inteligente”.
Ante este panorama que la “pone furiosa”, como reconoce, ¿hace
falta inventar una nueva utopía o toda nueva búsqueda está condenada al
fracaso? “El pensamiento utópico es necesario”, responde Sontag.
“Una vida sin visión crítica no es vida. Y hay que tener una idea de vida
mejor para ser críticos, a pesar de que es un mal tiempo para eso porque, con
la caída del comunismo y porque ahora hay que ser buenos ciudadanos del
capitalismo que Estados Unidos quiere imponer. Por eso mismo es necesaria”.
Sontag tiene fe en que su trabajo, que llama “pensar“ a secas, sirva
para que surjan más voces críticas.
La novela indestructible
Para Sontag son sus dos últimas novelas, El amante del volcán (1995)
y ésta, que recién se edita en castellano, sus obras preferidas. “La
mayor parte de los escritores producen sus mejores trabajos en los primeros
veinte años de carrera, aunque por supuesto hay excepciones como Fedor
Dostoievsky”, comenta. “Pero por lo general luego se tornan perezosos
o tienden a repetirse. Este fenómeno sólo ocurre con la literatura pues en las
otras artes ocurre lo contrario. Yo me parezco más a los escultores, pintores,
músicos, porque he escrito lo que de verdad quería decir en estos últimos
años”.
Desde el día en que comenzó a redactar En América y el que puso el
punto final a la novela transcurrieron ocho años y fue interrumpida tres veces:
la primera vez durante dos años, cuando Sontag viajó a Sarajevo. “Fui a
Bosnia porque me siento una europea en el armario”, bromea. Sin embargo,
aclara que los “terribles“ motivos que la llevaron hasta el centro del
conflicto de los Balcanes no la empujarían hasta Bagdad. “Sadam Hussein es
realmente un dictador y no iría a Irak, porque no apoyo al régimen. Pero sí
iría a protestar la muerte de civiles en caso de bombardeo”.
La segunda vez que interrumpió la novela ocurrió cuando sufrió un
accidente de tráfico y tuvo que someterse a una dolorosa rehabilitación
durante 10 meses. La tercera vez sucedió cuando le diagnosticaron que sufría
cáncer y emprendió el camino de la quimioterapia. “Este libro es
indestructible”, proclama. ¿Acaso la ficción de este libro predilecto
esconde alguna confesión autobiográfica? “No conscientemente, no me
interesa”, mantiene Sontag. “Pero hay algo de mí en mis personajes.
Una actitud, un modo de pensar el mundo. Les presto algo. Supongo que los tres
personajes principales tienen algo de mí”.
Al comienzo, Sontag escribía dos libros a la vez, “como si fueran
caballos y los probara para ver cuál corría mejor”. De cada uno llevaba
redactadas 50 páginas. Una de las historias trataba sobre la vida de una actriz
de teatro y la otra, de un inmigrante ruso de principios de siglo pasado que era
poeta. Entonces, en una librería, encontró un libro sobre la vida de Helena
Modrzejewska, una actriz polaca que en 1876 emigró a Norteamérica cuando
estaba en la cúspide de su carrera, acompañada de su esposo, su hijo, su
amante y una pequeña corte de adulantes. Modrzejewska pretendió encontrar otra
personalidad al cambiar de país. Y sin embargo en Estados Unidos volvió a las
tablas e hizo carrera.
Eterna extranjera
La historia interesó a Sontag. “Mezclé los dos textos en que trabajaba
en ese momento para hacer una sola obra”. Así que en lugar de él sería
ella, en lugar de ruso, polaca y como la nueva protagonista del relato era
actriz de teatro ambos textos incipientes encajaban perfectamente. Pero no se
trata de una biografía. La vida de Helena Modjeska, como se le conoció en
Estados Unidos, sirvió nada más como “inspiración”, tal como dice
Sontag. “Comienzo con lo que leí pero de inmediato fabulo”.
El exilio voluntario de la protagonista marca el tono del libro.
Inevitablemente uno de los temas principales de esta novela es la emigración.
“América representa muchas fantasías distintas. No existe un único
sueño americano, tal vez la libertad y el deseo de enriquecerse. Lo que pasa es
que el personaje principal vive una crisis interna y cree que al irse de su
país abandonará su vida. No emigra por dinero”.
Para Sontag la emigración es “El Tema”, así, con mayúsculas,
junto al medio ambiente. “Se debe aprender a aceptar ese aumento de
inmigrantes en los países de acogida. Aprender a vivir siendo un país de
inmigrantes y no de emigrantes. Hay países antiguos que han colonizado y otros
que han sido colonias. Estados Unidos es uno de estos países, aunque ahora haya
trabas a la inmigración, sobre todo para los musulmanes. La protagonista de la
novela se convierte en una importante actriz norteamericana siendo polaca y a
pesar del acento”.
Sontag recrimina la cantidad de leyes dictadas en los últimos meses en todo
el mundo para restringir el libre desplazamiento de los individuos. Ella misma
se identifica con los extranjeros. “Me gustan”, dice. “Quizás
porque odio el amor que sienten los norteamericanos por las armas de fuego, o
porque no veo las películas que se producen en Estados Unidos ni me gusta la
cultura de masas que exporta mi país. Siempre me ha dado un poco de vergüenza
pertenecer a una nación tan fuerte. Creo que por eso me gusta sentirme
extranjera”. Entonces, ¿cambiaría su pasaporte norteamericano por uno
cualquiera de Latinoamérica? Sontag ríe.