El
escritor italiano Antonio Tabucchi presenta Se está haciendo cada vez más
tarde, su última novela “en forma de cartas”, como subtitula la
obra. Rompe así un lustro de silencio literario, en el que se ha dedicado a
hacer frente a un sistema totalitario que “atenta contra la memoria, que es
la literatura”.
Antonio Tabucchi con un cigarrillo recién
prendido, con el bigote rasurado y vestido de negro, aparece para presentar su
libro Se está haciendo cada vez más tarde (Anagrama, 263 páginas), con
el que abandona un lustro de silencio literario. Esta “novela en forma de
cartas”, como la subtitula el autor, utiliza como hilo conductor aquel que
tejen las parcas, que hacen su aparición en el último capítulo del libro,
cuando amarran todas las historias con la soga invisible de la última misiva.
Prevalece así el final feliz, aunque amargo, que caracteriza los libros de
Tabucchi, como su obra más conocida Sostiene Pereira. Esta novela se
centra, según Tabucchi, en la “monomanía con el tiempo”. Pero ¿qué
es el tiempo?
“El tiempo, recuerdo lo que decía mi
abuela cuando yo era niño y mi madre me mandaba a acompañarle. Mi abuela,
tengo un recuerdo muy intenso de ella. Me quería mucho. No fue feliz. Tuvo dos
hijos. Uno murió en la primera guerra mundial. El segundo, en un desastre
automovilístico. Yo la consolaba durante las tardes de domingo. Recuerdo una
frase, que entendí luego: ‘¿Sabes, Antonio? La vida a veces pasa como un
soplo, en un instante, pero, a veces, cómo es difícil pasar una tarde’.
Allí está lo que es el tiempo”. Así responde este italiano, nacido en
Pisa en 1943: como si escribiera sus memorias, con una nostalgia inmensa y una
cadencia más usual para la narración que para la conversación. ¿Y por qué
escribir una novela epistolar?
“La grandeza de la carta es que, cuando se
lee, se escucha la voz de quien la escribió”.
Tabucchi escribió su primer libro de
literatura en 1973, cuando vivía en Florencia. Antes, como filólogo, había
publicado textos académicos. Era verano, hacía muchísimo calor, la ciudad
estaba amodorrada y su esposa esperaba su segundo hijo. “Estaba
aburridísimo”, recuerda Tabucchi quien, para matar el rato, se “puso
a escribir”. Al año siguiente invitó a casa a Enrico Filipini, “un
verdadero intelectual de la postguerra que publicó muy poco”. Cenaron y en
el transcurrir de la conversación Tabucchi enseñó su original. Filipini le
anunció que se lo llevaría para leerlo. Luego le llamó y le dijo que lo
editaría. “Entonces, yo no sabía que publicar era una responsabilidad. En
el fondo, escribir es una forma de incompetencia, porque, claro, la literatura
es la declaración de que la vida no basta. Si bastara, no se escribiera”.
Tabucchi juega con sus lentes hasta colocarlos
sobre su frente, donde permanecen largo tiempo. “El escritor espía la
vida, pero la vida también nos está espiando, lo que provoca una cierta
inquietud”, asegura. Si se le pide una consideración sobre su nuevo libro,
evade una respuesta directa. “Para mí es difícil meditar sobre lo que he
escrito. Antes que todo, se escribe y después se reflexiona, pero siempre
resulta un ejercicio inútil que conduce a falsas conclusiones. Un libro nunca
termina con la última página ni empieza con la primera. No se puede decir
dónde comienza. Es un misterio. Puede ser un encuentro, una canción, personas,
diálogo, cosa robada, memoria, falsos recuerdos, no lo sé, pero tengo la
certeza de que comienza mucho antes de la primera página y que luego tiene
caminos incontrolables”.
Locura de bolsillo
Durante estos cinco años sin publicar,
Tabucchi no ha callado; al contrario, se encuentra enzarzado en una lucha más
intelectual que política en la Italia gobernada por Silvio Berlusconi.
“Existe una extraña forma de monoforma, una monomanía que no me gusta,
porque se trata de un totalitarismo en la expresión y las
telecomunicaciones”. Como ejemplo, el caso de un artículo reciente del
mismo Tabucchi, en el que criticaba esta actitud opresora del gobierno. “El
deber ciudadano consiste en decir su palabra en todo momento, porque, si no,
pareciera que es un ciudadano sólo cuando vota. Y lo es cada minuto de su
vida”, refiere.
Tabucchi intentó publicar su texto en algún
periódico italiano, pero hasta los más prestigiosos diarios privados
rechazaron editarlo. El autor tuvo que enviar el artículo fuera de las
fronteras de su país natal, donde Le Monde (Francia) y El País (España)
lo difundieron. “Mucha gente llega al poder gracias a unas normas
democráticas y, al llegar, cambia las reglas. La democracia lo permite y en eso
reside su debilidad y su grandeza. Me preocupa muchísimo la moderación del uso
de la palabra que ciertos sistemas comienzan a hacer”.
Cuando habla de estos temas, Tabucchi se
endereza y su frente se cubre de arrugas ondulantes y continuas, de largo a
largo, que asemejan, quizás, la letra de los remitentes de las cartas que
componen su última novela. Y el intelectual, ¿qué papel juega en todo esto?
“Intelectual es una palabra muy ambigua. No creo en el intelectual que
pretende ejercer en todo momento, sino en el esporádico. La situación en
Italia no es misma de Portugal en 1938, que yo utilizo para mi novela Sostiene
Pereira. En este momento es el pueblo el que ha llegado al intelectual
italiano. En Italia se es libre para hablar. El problema es dónde”.
Para Tabucchi, uno de los halagos literarios
“más grandes de la historia“ lo realizó Cervantes cuando se refirió
a los portugueses, “aunque ellos todavía no han entendido el elogio”.
Cuenta Tabucchi que Cervantes, como profesor de la Universidad de Salamanca,
tuvo la oportunidad de conocer gente de todos los países europeos, que se
trasladaban hasta allí para estudiar. Cervantes, gracias a esta relación,
emitió un juicio sobre cada nación. “Por ejemplo, de los italianos dijo:
elegantes; de los franceses, arrogantes, y finalizó: ‘Y los portugueses, cada
loco con su tema’. A mí me gusta que cada uno tenga su locura pequeña, de
bolsillo, autorizada, porque todos tenemos derecho a nuestra locura privada.
Así, cada uno con su tema. El problema en este momento es la locura única,
universal”.
Tabucchi se ha dedicado en estos días a
promocionar, junto a su nueva obra, la movilización ciudadana frente a la
amenaza totalitaria. “La literatura es la memoria histórica y en este
momento hay un sistema que atenta contra la memoria, pero estoy seguro de que
los señores que piensan gobernar el mundo se equivocan. Es imposible pensar
como están pensando algunos grandes locos. Ante esto, resulta urgente no
callar. Es nuestro derecho: hablar siempre”, enfatiza Tabucchi, sin perder,
a pesar del discurso, la nostalgia que está presente en cada línea de Se
está haciendo cada vez más tarde, un libro sobre el amor, las casualidades
y la amargura que embarga la soledad de “quienes olvidan que también
existen destinatarios”, como lo señala en sus últimas páginas. Una
metáfora al poder.
Vila-Matas y la sombra
El reciente libro de Antonio Tabucchi trata
sobre la soledad, el amor, los malentendidos y las casualidades. “Las
casualidades son importantes en las vidas y perviven en mi literatura”,
manifiesta. Una anécdota, relatada por Enrique Vila-Matas, ilustra cómo las
coincidencias plenan la vida de este autor. En 1983, Vila-Matas compró uno de
los primeros libros del italiano, La dama de Porto Pim. Le cautivó tanto
que comenzó a escribir su primer cuento: “Recuerdos inventados”.
“Plagio a Tabucchi, creyendo que podía utilizarlo impunemente”,
rememora Vila-Matas. “La dama de Porto Pim se convierte en una
pequeña biblia literaria para mi obra de creación”. El relato constituye,
según asegura en su momento, un homenaje a Tabucchi. La madre de Vila-Matas, al
leer esa “dedicatoria solapada”, le dijo que no le extrañaría que
ese autor fuera el hijo de los vecinos que tuvieron en Cadaqués, cuando el
niño Vila-Matas, de cinco años, subía al muro que separaba las casas para
decirle a su vecino Tabucchi, de diez años: “Antonio, ¿me escuchas
Antonio? Los adultos son estúpidos”.
Pasó el tiempo y Vila-Matas siguió sin
conocer a Tabucchi. Un día, cuando ya Vila-Matas ha publicado algunos libros,
lo invitaron a un bar de Lisboa, donde él había leído, en un relato de
Tabucchi, que un barman preparaba un fantástico cóctel, llamado “llaneras
verdes dreams”. En la barra no estaba el barman, sino dos mujeres de
Mozambique, y, por supuesto, tampoco existía el trago. En ese bar conoce a
Tabucchi. Vila-Matas le preguntó si él era el niño aquél que veraneaba en
Cadaqués en 1953 y Tabucchi le respondió que sí, y al saber que se encontraba
con su antiguo vecino recordó con nitidez la frase que el niño Vila-Matas
repetía parado sobre una silla para verlo por encima de un muro.
Entrevista publicada en Verbigracia,
suplemento cultural del diario venezolano El
Universal, en marzo de 2002