Juan VilloroJuan Villoro
“La democracia latinoamericana es bastante endeble”

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Una conversación con Juan Villoro supone tocar muchos temas: libros, política y religión, es decir, fútbol. Este conocido escritor mexicano, autor de libros como La casa pierde (Alfaguara, 2000), se muestra preocupado por la hegemonía norteamericana luego del 11-S, por el populismo de Hugo Chávez y por la crisis “lunática” de Argentina. Para el próximo mundial apuesta por Francia, Inglaterra y Argentina.

Juan Villoro todavía no ha escuchado cómo suenan los octosílabos que escribió para Café Tacuba, una de las bandas de rock latinoamericanas de mayor éxito en el mundo. Dos de estas canciones animarán la película Vivir mata, escrita por él mismo. Villoro interrumpe la escritura de su próxima novela para compartir un foro con Álvaro Mutis, durante un homenaje que se le hizo la semana pasada en Madrid a este poeta colombiano. Durante la tertulia, Mutis comentó, al hablar de un autor que fue un gran amigo suyo pero que resultaba sumamente antipático, que no comprendía “cómo alguien no lo había matado”. Villoro le respondió: “A lo mejor porque era amigo de Mutis”. Así maneja la ironía este escritor mexicano de 46 años, que bien puede traducir a escritores alemanes del siglo XVIII como escribir ensayos, crónicas, relatos y novelas.

Villoro reside en Barcelona desde hace cinco meses, pues quería “tomar la distancia necesaria de México”, para redactar una tercera novela, que, en contraposición con los autores del movimiento literario mexicano del “crack” (Ignacio Padilla y Jorge Volpi), se ambienta en México. “El entorno mexicano es el único que me provoca suficiente irritación para escribir. Necesito escribir de una realidad que me consta, sobre una realidad con la que no estoy conforme”.

Varios días después de compartir con Mutis, regresa a Madrid para realizar la lectura de algunos cuentos en el Instituto de Cultura de México. No es el mejor día. La lluvia se desata sobre la ciudad, con bastante violencia. Sin embargo, la gente se da cita puntual. Llegan empapados por la lluvia. Una joven está sentada en primera fila y se sorprende y halaga cuando Villoro la llama por su nombre para saludarla. Tan buena memoria quizás sea el vestigio de una corta temporada como diplomático, quizás resultado de su oficio.

En Barcelona, donde pretendió dedicarse en exclusiva a la redacción de su novela, trabaja como periodista. Una de sus últimas hazañas: robar minutos a la media hora concedida para entrevistar al líder de los Rolling Stones, en circunstancias adversas: Mick Jagger estuvo a punto de suspender las entrevistas ante la pregunta de un alemán que antecedió a Villoro en el orden de la agenda: “¿Por qué edita un disco tan malo?”. Y aunque los periodistas estaban obligados a sólo preguntar por el nuevo trabajo en solitario de Jagger, Villoro habló con él de los atentados del 11 de septiembre. Un tema que planea sobre la cabeza del escritor.

 

El mundo hegemónico

—La democracia, la justicia, el terrorismo son palabras que han adquirido otro ribete, ¿hay otro mundo después del 11 de septiembre?

—Hay cosas que cambiaron muy claramente. Por primera vez Estados Unidos supo que no era invulnerable. Eso supone un cambio muy fuerte. Creo que el atentado fue salvaje, una respuesta demencial a una política exterior que también es equivocada. Por otra parte, Bin Laden y los talibanes dotaron a EUA de algo muy peligroso que es un enemigo.

—Sobre todo porque este nuevo enemigo es invisible y puede ser una buena excusa para cualquier cosa.

—El vuelo del 11 de septiembre para mí fue el vuelo más retrasado de la historia. Que sólo entonces Estados Unidos tuviera en su propio suelo el efecto de una política exterior genocida... Sin embargo, esa respuesta demencial y totalmente reprobable le dio credibilidad al proyecto norteamericano de liderar el mundo. Me parece preocupante que ahora tenga licencia incluso para construir un enemigo. La guerra en Afganistán contó como un escenario donde el Titán debía obtener su venganza. En términos logísticos les salió bastante bien: derribaron un régimen oprobioso sin encontrar demasiada resistencia. Pero a largo plazo el integrismo se manifestará de manera igualmente nociva. El enemigo real no sabemos dónde está.

Ahora EUA tiene una causa que considera justa, se ha convertido en un líder hegemónico y ha unido tras de sí a la causa atlántica. Me preocupa este mundo tan unánimemente dirigido y la adhesión que muestra la mayoría de gobiernos europeos. Todas estas son enseñanzas muy recientes y me gustaría pensar que Estados Unidos entenderá que su destino depende de una conducta política internacional que no sea de depredación.

—El premio Nobel José Saramago no pierde oportunidad para exigir un debate mundial sobre democracia. Los países latinoamericanos, hundidos como están en coyunturas políticas y económicas, ¿han perdido la voz en este debate?

—Desde luego la democracia en América Latina ha demostrado ser bastante endeble: Argentina tiene una crisis lunática en donde los responsables son llamados ahora a resolverla. Lo vemos también en la asonada de guerra en Colombia, en la tentación de golpe de Estado, primero, y en el populismo exacerbado, después, de Hugo Chávez en Venezuela; en la recesión y la inopia total de México. En estas condiciones es muy difícil articular un proyecto para el resto del mundo.

—Por ejemplo, en Venezuela, sólo se habla de Hugo Chávez. Cualquier otra discusión ha sido marginada.

—Las urgencias de la hora, del momento, son otras.

 

La suerte revolucionaria

—En tu libro de crónicas Los once de la tribu escribes esta definición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): “Tiene una estatura promedio de 1,55, edad media de 20 años y obsoletos rifles de cacería”. ¿Era posible que venciera una revolución en circunstancias tan precarias?

—Una revolución por supuesto que no, pero transformar al país por una vía reformista, sí. Esto dependía del apoyo de la sociedad. En otro país, un ejército que se levantara de esa manera pudo haber sido reprimido salvajemente, pero en México hubo una negociación muy influida por la sociedad, porque se trata de un agravio que no hemos podido resolver: la condición de vida de los indígenas, que son 10 millones de personas. El comienzo del levantamiento fue equivocado porque planteaba una lucha militar que no tenía ninguna perspectiva de triunfo. La respuesta sorpresiva incluso para los zapatistas fue que se podía convertir en un movimiento político. De las armas a la teatralidad de la política. Es lo que ha estado ocurriendo aunque todavía no se vislumbra una solución. Pareció que podía cambiarse el pacto social y llegar a una sociedad más integradora, pero desgraciadamente los legisladores no aceptaron las reformas propuestas.

—¿Qué queda después del fenómeno mediático liderado por el subcomandante Marcos, que incluso provocó histerias adolescentes y un gran mercado de baratijas, afiches, calcomanías que lo mezclaban con el Che Guevara?

—Se ha logrado varias cosas: el tema indígena es inseparable del México moderno. Se avanza en la redefinición del pacto social, en una valoración a las autonomías indígenas: que México es multicultural y debe tener una representación más firme y adecuada en lo que tiene que ver con los derechos de los pueblos. Una vez que se logre, los zapatistas deberán deponer las armas, aunque sean simbólicas, e integrarse. Yo veo que el futuro de Marcos está más enfocado hacia la comunicación que hacia el liderazgo político convencional. Pero después viene el gran desafío del desarrollo. No basta con diseñar la sociedad, sino que es necesario que la gente que tenga menos recursos pueda acceder a la cultura. México tiene dos pisos. Arriba, 14 millones de consumidores con el mismo nivel de consumo que Suecia, y abajo una cantidad intolerable de pobres, que roza los 60 millones de habitantes, un Paquistán.

 

El fantasma del poeta

La presencia de Juan Villoro, uno de los escritores jóvenes más importantes de México, hace que sobrevuele el fantasma de un poeta popular mexicano: Ramón López Velarde (Zacateca 1888 - 1921). Su nueva novela lo tiene como protagonista ausente, pues no es sobre él que trata la trama, sino de cómo sus poemas cambian la vida de sus lectores. “No lo que dice, sino lo que la gente cree que dice. A veces se tiende a sobre interpretar a un autor”.

Villoro está convencido de que la literatura puede cambiar a la gente. “Sobre todo la poesía. Hay quien cambia su vida por la potencia iniciática del poema, que como rito mantiene vigencia incluso en la era de Internet y de la mediósfera saturada de información”.

Al igual que todas sus narraciones, su nuevo trabajo transcurre en Ciudad de México. “Necesito escribir de una realidad que me conste, aunque luego invente los barrios, como hice con mis dos novelas anteriores, porque sólo lo desconocido te permite libertad”.

Y todo sucede en estos años de gobierno de Vicente Fox, de “transición a la democracia”, como dice Villoro: “Hay un retrato de mi país en un momento peculiar que es la transición de la democracia. Antes no hubo democracia auténtica, porque eso sólo se da con la alternancia. El PRI entraba con tanto favor a los comicios que hacía imposible que perdiera. La primera vez que yo voté, sólo había un candidato a la presidencia, el del PRI. Para que hubiera democracia real tenía que perder el PRI y eso pasó con el triunfo de Vicente Fox. Lo cual no quiere decir que la transición entusiasme. Estamos asistiendo a una renovación gerencial donde no hay un proyecto claro de país y muchas esperanzas en el cambio tienden a constatar que es más de lo mismo”.

 

Venezuela juega bonito

Cuando Juan Villoro escucha decir que una persona es venezolana dice, sin dudar, que “ustedes han avanzado bastante. Están muy bien”. Por supuesto que este escritor mexicano no se refiere al tema de la política, sino al fútbol, del que es fanático. El mundial pasado escribió unas crónicas llamadas Dios es redondo. “Ganó una selección (la de Francia de Zidane) que de alguna manera representaba al planeta entero, que rompía con todo tipo de prejuicios raciales y culturales. Todo fue muy significativo. Hay que ver qué pasa ahora con la locura de jugar en dos países (Japón y Corea)”.

—En el relato “El extremo fantasma” (La casa pierde, 2000) narras que un entrenador fracasado viaja a un recóndito lugar de México para trabajar con un club de última categoría. El entrenador hace un gran trabajo y sólo le queda ganar un juego para que su equipo salte a primera división, pero el dueño del equipo soborna a sus propios jugadores para que pierdan, porque no quería que su equipo viajara tanto. ¿Es el fútbol una metáfora de la realidad continental?

—Se trata de explorar el momento en que el triunfo y la caída cambian de signo. Cuando se descubre que hay miseria tras el galardón. Y que una caída puede ser el inicio de la redención. En este cuento, el triunfo se logra en el lugar equivocado. Esto pasó con un equipo de la frontera norte de México: se quiso impedir su ascenso porque era incosteable su permanencia en primera división, por el precio de los traslados para jugar los partidos. La gloria se convierte en una derrota y con mucha frecuencia pasa esto en otras escenas de la vida.

—¿Dios es redondo?

—Dios es redondo. Me impresiona mucho la devoción laica que suscita el fútbol y la posibilidad de que las multitudes se congreguen a favor de la pasión todos los domingos alrededor del estadio. El fútbol me interesa por lo que pasa en el público, cómo se organiza la tribu, las leyendas, las emociones. Todo tiene que ver con un sentido religioso pagano, tribal y lo que tiene de infancia: querer tener héroes.

—¿A quién apuestas en este mundial?

—Francia llegará muy lejos. Veo muy bien a Inglaterra y, por supuesto, Argentina, que tiene jugador por jugador a los mejores, porque tiene una generación extraordinaria de futbolistas pero el problema es ponerlos a jugar juntos.

—¿Y Brasil?

—Está como la economía mexicana: en recesión absoluta. No tiene juego. Además ha tenido la malísima suerte de las lesiones en sus individualidades.

—¿Qué te parece el fútbol de Venezuela?

—Me ha gustado mucho por su estilo de juego: articulado, abierto, de buen trato con la pelota, amistad con el balón. Esto no se veía antes en los equipos venezolanos y me ha gustado. Creo que los resultados no los han acompañado tanto como el buen juego. Por ejemplo, en la pasada Copa América merecían algunos resultados superiores a los que tuvieron.

(Publicada en TalCual en febrero de 2002)