Juan Carlos Méndez GuédezJuan Carlos Méndez Guédez
“Está muriendo un país mesiánico y quizás esté naciendo otro”
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Los cuentos de Juan Carlos Méndez Guédez han sido seleccionados para formar parte de una antología de cuento español, Pequeñas resistencias. El autor venezolano considera que el momento que vive el país es “interesante”, porque “se está repensando, asumiendo responsabilidades y exigiendo nuevos liderazgos”.

En el Café Comercial, antiguo bar del centro de Madrid, Juan Carlos Méndez Guédez bebe una cerveza y lee El mal de Montano, último libro de Enrique Vila-Matas, que acaba de adquirir. El local queda muy cerca de la escuela donde imparte clases de escritura. Desde 1996 vive en España, a donde se marchó para realizar estudios de doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Compartía aula con los escritores mexicanos Ignacio Padilla y Jorge Volpi. En algún momento se les llamó “el grupo de Salamanca”. “Éramos varios latinoamericanos pero aunque vivíamos en el mismo edificio, cada uno iba por su lado”.

Méndez ha sido incluido en una antología del cuento español, a pesar de sentirse “un escritor venezolano”. Pequeñas resistencias (Páginas de Espuma), nombre del libro que reúne a 30 autores, tuvo un criterio de selección riguroso: haber nacido después de 1960, ser español o estar radicado en ese país, haber publicado al menos un libro de cuentos entre 1990 y 2001. Y Méndez ha desarrollado la mayoría de su carrera literaria en España. “Sintiéndome muy venezolano no me importa tener dos patrias y me gustaría seguir incorporando patrias a mi vida”, asegura. “La experiencia de ser extranjero me ha enriquecido muchísimo”.

En Pequeñas resistencias se incluyen cuentos que se remontan a 1994, recogidos en La ciudad de arena, libro publicado en la ciudad de Cádiz (España). “De ahí la caraqueñidad”, explica Méndez. “Pero ahora los temas que desarrollo tienen una dualidad de realidades, la venezolana y la española. El exilio y la inmigración. Empezar a ser otra persona sin dejar de ser quien eras. Cambios en el hablar, las lecturas, las vivencias antagónicas. Agregar mestizaje al mestizaje”. Como ejemplo, la novela en que trabaja en la actualidad: “Una mujer escribe una carta justo en el momento en que sucede una intentona golpista. Voz adolescente de los ochenta, la época de Yordano y Aguasanta”, resume Méndez con un dejo de nostalgia.

 

Al frente de la marcha

La última vez que regresó a Venezuela, a finales del año pasado, para participar en un foro de promoción del libro, nada más dejar la maleta, se unió a una de las marchas que atravesaban Caracas este a oeste. Méndez recuerda que iba a la cabeza, conversando animadamente con Leonardo Padrón, pero se detuvieron para esperar al grueso de los manifestantes. Como no llegaba entraron a un local a almorzar. Cuando terminaron, la gente aún desfilaba, así que se reincorporó a la protesta cívica. Algunos de sus amigos escritores se quejaron, en privado, de no haber podido conversar ni una palabra con Méndez, que prefirió participar activamente del acontecer político. “Me opongo al régimen militarista”, afirma. “Chávez es al final una anécdota. Pudo ser cualquier otro. Este es un momento interesante porque el país se está repensando, asumiendo responsabilidades y exigiendo nuevos liderazgos. Espero que todo desemboque en algo positivo: dejar de ir detrás de un caudillo y buscar las ideas de bienestar y progreso. Está muriendo un país mesiánico y quizás está naciendo otro; quizás”.

¿Es más objetiva la visión del país gracias a la distancia? “Es diferente”, responde Méndez. “No es más nítida, pero tiene cierto sosiego, negado para el que está dentro del fragor político terrible. Estoy menos contaminado de inmediatez. No creo que haya que estar fuera para entender lo que pasa en el país, pero sí se adquiere otra mirada”. ¿Y a cuál conclusión llega a través de esa otra mirada? “Las democracias europeas son un modelo bien interesante”, agrega. “Quizás es el momento de apostar por procesos más pausados y duraderos”.

De paciencia sabe Méndez, para quien los comienzos literarios no fueron fáciles, a pesar de la beca que le ayudó a sostenerse económicamente. “Estuve dos o tres años dándome cabezazos”, recuerda. Sin embargo, el viaje ya rendía frutos: “Obtuve condiciones vitales para conocer la novela. En Caracas no tenía tiempo, me exigía terminar los proyectos con rapidez y sólo escribía cuentos. Resulta poco estimulante dedicar un año de trabajo a un libro que no sabes dónde editarás. Hay gente en Venezuela que tiene 8 manuscritos y no publica. Hay que reivindicar el heroísmo de los escritores en el país”.

Ana Teresa Torres lanzó hace escasas semanas una proclama de resistencia: escribir pese al mercado o a cualquier otra circunstancia. Méndez comparte la tesis. “No tenemos todos los escritores ni el periodismo cultural ni las editoriales que quisiéramos y sin embargo resistimos. Como escritor venezolano en Europa estoy en desventaja con autores de otros países, porque el mercado en Argentina o México es muy superior al nuestro y eso influye a la hora de las decisiones editoriales, pero la escritura es un acto de resistencia, es nuestro oxígeno”.

 

La tercera fase

En Retrato de Abel con isla volcánica al fondo, la novela que escribió en 1997, “no se interesaron” y finalmente la publicó en Venezuela. Méndez dice que tocó puertas, participó en concursos. Llegó un momento en que Salamanca le pareció pequeña. “Necesitaba trabajo, estar en una ciudad más activa”. Se traslada a Madrid con El libro de Esther como parte de su equipaje. Envió el original a la editorial Alfaguara, donde su buen amigo Alfredo Bryce Echenique decidió abogar por su publicación.

Méndez rememora cómo entabló amistad con el escritor peruano. Estaban en la Feria del Libro de Guadalajara. Bryce, como estrella literaria que firmaba autógrafos. Méndez, como empleado del Conac, encargado de no perder de vista a Bryce y conseguir que viajara a Caracas sin retraso. Pero los pasajes de avión no aparecían. Bryce, muy tranquilo, se sentó en una mesa a tomar algo. Cuando vio que Méndez se acercaba, con cara de angustia, le dijo: “Siéntese y tome una cerveza conmigo”. Finalmente, llegaron a Venezuela. “Su visita causó frenesí”, asegura Méndez, que una noche llevó al autor a un agasajo en el consulado español, a bordo de su viejo automóvil. Cuando Bryce descendió, el auto comenzó a incendiarse. Méndez recuerda que él no se atrevía ni siquiera a abrir el capó del carro y que fueron los mesoneros quienes le ayudaron a apagar el fuego que estuvo a punto de causar un siniestro total. Durante el homenaje que sucedía puertas adentro del salón diplomático, cuando a Bryce le tocó el turno de hablar, lo primero que hizo fue pedir disculpas por haber provocado el incendio.

Pasó el tiempo y pese a los buenos oficios del escritor, Alfaguara no se decidía y Méndez, cansado de esperar, mandó el original con una incipiente editora, Lengua de Trapo. Al poco tiempo, recibió una llamada. Era el director de la editorial que, por casualidad, había abierto el libro de Méndez y le decía que “no podía dejar de leerlo”, por lo que quería firmar el contrato cuando antes. El libro de Esther, que trata sobre un venezolano que busca a la novia de la infancia en un carnaval de las islas Canarias, resultó finalista del premio Rómulo Gallegos.

Ahora Méndez asegura haber entrado en una nueva fase de su carrera, la del escritor con agente. Ya pasó por el trabajo inédito o publicado en Venezuela, que representa la primera etapa; también por la publicación en una editorial independiente: tiene tres libros con Lengua de Trapo, una editorial que ha obtenido prestigio pero no mercado. En este tercer estadio, de alguna forma Méndez ha vuelto a reunirse con sus dos compañeros de estudios, Padilla y Volpi: comparten los servicios de Antonia Kerrigan, una de las más reputadas agentes literarias, quien desde hace 7 meses busca editor para la novela más reciente de Méndez.

(Entrevista publicada en TalCual en abril de 2003)