Joaquín Marta SosaJoaquín Marta Sosa
Para que la muerte no tenga la última palabra
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Joaquín Marta Sosa, antólogo de un libro de poesía venezolana publicado por la editorial española Bartleby, confiesa por qué escribe poesía: para que la realidad no le engañe. Y opta por la ironía: “Chávez es una lamprea”.

Bajo el techo de adornos dorados y pinturas del salón Simón Bolívar de la Casa de América, Joaquín Marta Sosa presentó, junto a otros poetas, venezolanos y españoles, la antología de poesía venezolana editada por Bartleby Editores en España, titulada Poetas y poéticas de Venezuela (Antología 1876-2002). La conversación con Marta Sosa transcurre en la esquina de una enorme cafetería de Madrid, decorada con mobiliario violáceo y mesoneros de mandil rojo, repleta de estudiantes que meriendan a media mañana. Cabello y barba encanecidos, el autor de poemarios como Las manos del viento sonríe al escuchar que realizar una antología que incluya fechas recientes, es decir, con los poetas aludidos vivos, es la mejor forma de hacer enemigos. Reconoce que algunos le han quitado el saludo, pero no tenía más remedio. “Una antología es una opción que se toma con determinado punto de vista”, afirma Marta Sosa. “Podía poner más autores, pero no quitar ninguno de los que están. Quise registrar las voces que son precursoras o que llevan a su más alta expresión la modulación poética y luego tratar de encontrar la red que los vinculara. No quise hacer un inventario de almacén”. Por si acaso, Marta Sosa, cuyo primer poemario cumple en breve 40 años, no se incluye. “Hubiera sido una mala jugada”. En dos momentos de la conversación, Marta Sosa deja escapar la expresión “si de verdad soy poeta”, con un dejo de resquemor. ¿Duda el autor de su propia obra? “De mi poesía creo que no es una poesía mala. Creo que hay una buena cantidad de poemas de verdad buenos”, despeja la duda.

La primera selección, de 211 autores, finalizó en 2002 y era tan vasta que ninguna editorial la publicaría. A principios de 2003, se sentó entre sus libros para tachar nombres de la lista. Quedó en 100, luego en 50 y finalmente en los 40 de la edición española. “De todos modos, hay gente que se vio sorprendida y agradecida de verse en la antología, sobre todo los más jóvenes. La generación del 70 en adelante ha elevado la calidad de la poesía venezolana, que ya era alta”.

El embrión del trabajo fue una invitación de un grupo de escritores que se reúnen con cierta frecuencia en los predios de Conde de Casal, para hablar de literatura y tomar vino. Invitaron a Marta Sosa a dictar una conferencia sobre poesía venezolana en una biblioteca de los alrededores. Tal vez sin querer, o con toda la intención, Marta Sosa comenzó un trabajo de investigación que sus lecturas habituales ya habían adelantado: desde Andrés Bello, al que finalmente no incluye, hasta Luis Enrique Belmonte, nacido en 1971, a quien descubrió por recomendación de un librero español. “Descubrí, al hacerlo, dos cosas: que la calidad de nuestra poesía, comparada con las de otros países, es alta”, señala. “Por ejemplo, no encuentro que la francesa, italiana, la inglesa, la norteamericana, que son mis favoritas, estén por encima de la venezolana, que se renueva de generación en generación. Lo otro que noté es que, a pesar de la visión de los críticos, está muy vinculada con el país: rumores, sensibilidad, asuntos vitales... incluso en Ramos Sucre: sus escritos no tienen explicación si no se vinculan con el gomecismo. Yo parto de que todo es, aunque sea remotamente, autobiográfico”.

 

Cambio de rumbo

En 1980, Joaquín Marta Sosa llegó a España para realizar estudios de doctorado. En su equipaje incluyó un libro que había escrito y que pulía aún. “Rendía servidumbre completa a lo político comprometido”, señala Marta Sosa, que hace veinte años quería hacer una revolución para cambiar al mundo. “Estaba influido por la mitología del Che Guevara, por las expectativas de la revolución cubana”. Cuando creyó haber revisado todo el poemario, se lo entregó a un amigo, Antonio Rengifo, “una de las personas más inteligentes que he conocido”. Rengifo, funcionario público, le dio un franco consejo que más adelante torcería el rumbo de las letras de Marta Sosa: “Me devolvió al manuscrito media semana después. Me dijo que era una mierda, lleno de moralismos, falto de profundidad, con moralejas. Me afectó muchísimo, revisé el libro e hice unos ajustes, pero concluí que él estaba equivocado y lo publiqué”.

El tiempo transcurrió y Marta Sosa, de seguro, quisiera destruir todos los ejemplares de aquellos poemas sobrevivientes: “Ahora creo que, en el fondo, no quería deshacerme de un libro que me había costado tanto, que era mi ofrenda a la posibilidad revolucionaria del mundo. Una vez publicado, cambié el tono, cerré ese ciclo y comencé a andar una de mis subvoces, más hacia el interior, hacia la peculiaridad emocional”.

En lo político también viró el timón: dejó de creer en las promesas mesiánicas, en las historias de facto o de escritorio. “Hay procesos de reformas que si no mantienen un continuo conducen al fracaso, a la nada. Eso hace que inevitablemente todos los movimientos revolucionarios terminen siendo autoritarios. Porque la realidad es más fuerte y no se puede forzar”.

Marta Sosa, quien también ha tenido una trayectoria política relevante en Venezuela, de la que ahora prefiere no hablar por ocuparse, mejor, de literatura, no se abstrae de la situación política venezolana. “Lo civil se enfrenta contra el imaginario arcaico de lo militar como fuerza única transformadora, que no es más que la rendición ante el hombre fuerte”, opina. “La lucha no es fácil. Los enquistamientos son muy fuertes en Venezuela. Como el cuento de Monterroso: despertamos y el dinosaurio todavía estaba allí. El chavismo corresponde a corrientes arcaicas, profundas y vivas de la sociedad. Chávez es como la lamprea, un fósil vivo que se reproduce, crece y todos los años lo pescan, cuya fuerza está en la primariedad de su organismo. Se alimenta de cualquier cosa que encuentre, su aparato digestivo es un tracto continuo y tiene pocos requerimientos para sobrevivir. Vemos que en la vida social, como en la natural, hay bolsones arcaicos que perviven”.

 

Ojo avizor

Marta Sosa ha preferido la silla arrinconada, desde la que puede observar los movimientos del café donde conversamos, el vaivén de la gente. Una costumbre por donde comienza todo su proceso creativo, que parte de lo que le pasa por delante o de lo que lee en la prensa. Luego toma notas muy sencillas, bocetos, de lo que la imagen le ha provocado. Guarda los apuntes en un mismo sitio y cada semana los revisa. En algún momento elige los que le parecen más nutritivos y escribe una primera versión de la poesía. “Muy de borrador”, dice. “Sobre eso vuelvo y construyo algo próximo a un texto poético. Cuando creo que lo he alcanzado, lo pongo a dormir. Y cuando tengo una cantidad con un tono y tema que pueden configurar un libro, lo trabajo en conjunto, en la primera versión de un poemario, agrupado por partes. Este último paso puede requerir un año”. A final de año, Marta Sosa publicará Domicilio del mar, un libro con el que cerrará un nuevo ciclo en su poesía y anuncia que se retirará, por largo tiempo, del género.

¿Y por qué escribe Marta Sosa, cuál es el fin de su poesía? Una vez, en una charla en Nagua-Nagua, cerca de Valencia, Marta Sosa respondió algo que luego se le quedaría en la memoria: “Para que la muerte no tenga la última palabra” y repite la frase para explicar el sentido de su poética. El fin de la poesía, sostiene, es “inmortalizar lo mortal, aquello que puede pasar sin dejar huella en el mundo ordinario. Cuando el poeta lo registra, escapa del tiempo, registra la realidad para que no nos engañe. Brotan las voces escépticas, irónicas, con las que puedes ponerte a la altura de esa realidad inabarcable”. Y tal vez ese sea el hilo conductor que une a los poetas que aparecen en su antología.

Noviembre de 2003