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“Un fuego chisporroteante en la cabeza”
Discurso Nobel de Mario Vargas Llosa

Discurso Nobel de Mario Vargas Llosa

El termómetro marcaba nueve grados bajo cero cuando, a las cuatro y media de la tarde, se abrieron las puertas del salón de conferencias de la Academia Sueca para dejar entrar al grupo de entusiastas que, haciéndole frente al frío, habíamos llegado para presenciar el discurso Nobel de Mario Vargas Llosa.

Quienes desfilábamos por los elegantes pasillos del recinto académico no éramos en absoluto, como quizás muchos pensaran, un grupo privilegiado. En línea con la tradición democrática sueca, las entradas para el acto durante el cual el flamante Premio Nobel de Literatura pronunciaría su discurso, se repartieron gratuitamente a todo aquel que así lo deseara. Ricos o pobres, suecos o extranjeros, intelectuales, trabajadores o desocupados, todo aquel que quiso obtener una entrada tuvo que simplemente seguir los pasos que la institución Nobel había dispuesto: hacer cola a la intemperie, con un frío inhumano, el día previsto por los organizadores. Pero el empeño cosecha siempre sus frutos, y luego de un par de horas de amena conversación en la cola, recibíamos triunfantes nuestra entrada. Las 60 entradas a repartir se acabaron en tres minutos.

Unas semanas más tarde llegó la fecha esperada. La atmósfera del salón de conferencias de la Academia Sueca, de aspecto elegante pero no pomposo, brindaba un toque especial a este acontecimiento. Entre los presentes se notaba una cierta expectación nerviosa y, a la vez, un aire de solemnidad. Unos cuantos puestos estaban obviamente reservados, pero eran apenas unas bancas: para los académicos suecos, para la familia y los amigos más cercanos del galardonado y para unos pocos representantes de las embajadas (del Perú y de España). Una ubicación especial recibió la legendaria agente literaria Carmen Balcells, quien, en silla de ruedas, presenció el acto notoriamente emocionada. El resto de la audiencia estaba conformado por una mezcla de suecos, españoles, peruanos y latinoamericanos de distintas procedencias. El salón de conferencias de la Academia es relativamente pequeño, y permite la presencia de alrededor de un centenar de personas.

Mario Vargas Llosa, más pequeño y más anciano de lo que algunas fotos profesionales lo muestran, y al parecer todavía magullado por una caída ocasionada por la falta de costumbre de caminar por las calles de hielo de esta ciudad, hizo su entrada al recinto seguido por su esposa Patricia. Luego de una brevísima presentación por parte de Peter Englund, secretario permanente de la Academia Sueca, el escritor peruano inició su discurso con voz clara y porte decidido. Su conferencia, “Elogio de la lectura y la ficción”, fue leída por este escritor profesional, con experiencia en trajines políticos, en aproximadamente cincuenta minutos.

Por esos efectos relámpago que nos hacen amar a Internet, el discurso ya estaba en el ciberespacio a los pocos segundos de haberse pronunciado. La mejor cara de la globalización hacía posible que los interesados de todas partes del mundo pudieran acceder al texto (en su original en castellano, y las traducciones al inglés y al sueco) inmediatamente. El discurso está ya al alcance de todos y no fue privilegio de los oyentes del día. Ya los expertos analizarán su contenido; los seguidores de Vargas Llosa lo ensalzarán y sus detractores lo descalificarán, todo es cuestión de gustos y perspectivas. Pero que la lengua castellana, en la voz de un representante de América Latina, sonara en los renombrados salones de la Academia Sueca, fue un momento de orgullo y emoción.

Varios pasajes del discurso fueron, a mi juicio, de una calidad indiscutible, sobre todo aquellos que describen a la literatura como valor imprescindible de la existencia humana: “Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola”.

La función de la literatura como puente de unión entre los seres humanos de distintas culturas fue un tema muy apreciado por el público presente, dado que la discusión acerca del pluralismo cultural es tema candente en este país, desde el avance del partido xenófobo sueco en las últimas elecciones. El partido Demócratas de Suecia cuestiona seriamente la apertura al multiculturalismo que ha sido desde siempre un pilar en la sociedad sueca. Ahora decía Vargas Llosa: “La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. (...) La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez”.

Más adelante, Vargas Llosa logró describir la ausencia de conflicto entre ser ciudadano del mundo y a la vez amar a su patria. Tomando distancia de los nacionalismos fanáticos, que separan a los seres humanos por razones geográficas, étnicas o políticas, el Premio Nobel reivindicó el derecho a sentirse, a la vez, peruano y universal. Luego de declarar su amor y su agradecimiento a Francia, por haberle albergado y nutrido intelectualmente, y a España, por haber sido el país que le ofreció una ciudadanía cuando arriesgaba verse privado de la suya propia, Vargas Llosa declaró su amor al Perú: “Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así”.

La patria, sin embargo, no coincide siempre con los límites geopolíticos de un país, sino que es el conjunto de lugares donde se ha vivido y amado, de donde se nutren los recuerdos. Y no menos, las personas queridas. Y el homenaje más emotivo de Mario Vargas Llosa fue dedicado a su esposa Patricia: “El Perú es Patricia. (...) Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir’ ”. Fue el único momento del discurso en que la voz se le quebró.

La conferencia, de doce páginas, contiene mucho material: sobre literatura, libertad de expresión, política, recuerdos personales y agradecimientos. Pero el tema que la recorre es el amor a la literatura y la idea fundamental de que la lectura y el ejercicio de la ficción nos mejora, da sentido y trascendencia a ese período limitado de tiempo que vivimos sobre la tierra. La literatura, esa “manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza” es la pasión que eleva a Mario Vargas Llosa y que lo ha hecho merecedor del Premio Nobel de Literatura 2010.

Una vez terminada la conferencia, los oyentes nos dispersamos lentamente, luego de haber tenido la oportunidad de fotografiar y hasta estrechar la mano del galardonado. Iluminados y abrigados por el calor de ese “fuego chisporroteante”, los diez grados bajo cero que nos recibieron a la salida parecían, misteriosamente, mucho más soportables que a la entrada.