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ShyvyShyvy: la poesía de una mujer

“Soy una Mujer, antes que todo soy una Mujer, después soy madre, hija, hermana, amiga, poetisa, profesora, inconclusa, sin definiciones y amo... amo todo... lo mismo que odio ahora, antes lo he amado”.

Así se autodefine Silvia Rojas P., Shyvy, una interesante poeta chilena avecindada en la ciudad de Talca (a unos 300 kilómetros al sur de Santiago).

La poesía de Shyvy se nutre, fundamentalmente, de su propia experiencia vital, de sus recuerdos, de sus vivencias, de sus anhelos, podríamos decir que su impronta es trasuntar esa mochila del alma que todos cargamos y que muy pocos son capaces de verbalizar y compartir.

Silvia tiene sus versos para hacerlo, tiene también la profesión docente, con especialidad en lengua y literatura, para compartir con sus estudiantes el gusto por la literatura y el placer de la buena poesía.

Algunos de mis compatriotas, un selecto y atinado grupo de ellos, no sólo conocen a Shyvy por sus poemas, sino que han podido interactuar con ella a través de su blog. Bitácora virtual henchida de poesía, ahíta de esa sensualidad, luminosidad y transparencia que esta avecilla inquieta, que ha hecho de las palabras convertidas en verso la razón de su propio ser, ha ido tejiendo cual nido en la gran telaraña del siglo XXI.

Otros de mis compatriotas, tal vez una triste e inmensa mayoría, no saben de ella. No han tenido la ocasión siquiera de conocer su rostro sonriente y la Providencia no les ha dado aún el premio de sospechar que sus versos existen.

Algunos, los menos, la habrán buscado ciertamente en los anaqueles de las librerías de su ciudad huasa o en las oscurecidas y contaminadas vitrinas de la gran capital chilena. Vano intento. La poesía de Shyvy no está aún atrapada en las hojas cosidas de un libro. La poesía de Shyvy vuela libre por las conexiones cibernéticas y anida suave en sus cuadernos llenos de manuscritos.

Se diría que de Silvia fluyen los versos por cada gota de sangre que recorre su cuerpo. Se diría que de Silvia fluyen los versos por cada poro de su piel, perfumando la experiencia vital de quienes tienen el privilegio de tenerla a ella como parte de su paisaje.

Le creemos cuando dice que se entrega en cuerpo y alma:

Don Juan

“Te di... me diste...
te di el primer beso,
bajo alamedas iluminadas.
Me diste el segundo beso
en ese oscuro granero,
repleto de rubia paja.
Yo quería un lugar abierto,
tú el más oscuro de mi casa,
con razón dicen que los hombres
¡son la perdición de las damas!

Cómo no sentir el amor palpitante de su pecho en estos versos. Cómo no reconocer la pasión, la dulzura, la entrega, la ingenuidad y la traición en unos sencillos versos sin más pretensiones que las de compartir una experiencia tan propia y tan íntima y, por lo mismo, tan genuina que reconocemos nosotros también como propia, porque nos han tocado similares en algunas esquinas de la vida.

Para hacernos una idea cabal de la sensual invitación de sus versos, otro ejemplo:

Con débil valentía

Imagino tu rostro leve
bajo los párpados bañados.
Y en lo recóndito de la pupila ciega
Donde el vértice toca el genio,
Piensas...
y un suspiro de tu boca escapa...
Me quieres.

Y en la tibia dulzura
del hueco de mis brazos
para tu cabeza frágil
tengo un hondo nido
de caricias y bálsamos
pienso...
y un sollozo de mi boca escapa:
Te quiero...

Para, tus no palabras vertidas
tengo sones de madrugada,
despidos tristes, desgarrados
de lo que no tuvimos, ni tendremos.
De todas esas cosas estará llena la mañana.
Dije adiós...

Como no apresuramos las carnes
no entibiamos el lecho.
Ni fuimos al suspiro de la piel y el beso
No sabremos si el amor...
¿nos hizo trampas?
o sólo nos cazó al vuelo.

Dijiste adiós también.

Para seguir leyendo a Shyvy hay que zambullirse en las páginas de sus poemas blogueros y, si tenemos tiempo y queremos estar a la altura de sus esfuerzos y sus pasiones, dejarle un comentario que retroalimente sus empeños y la haga sentirse deliciosamente deseada por aquello que es su tesoro mejor: su poesía.