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“Unidad de lugar”, de Carlos VitaleUnidad de lugar

I

Recorro una calle de mi ciudad y pienso en Carlos Vitale, en su estadía en Mérida para celebrar la eternidad del poeta Pepe Barroeta, en su silenciosa presencia en el café de la feria de la comarca andina, y entonces el sol que me agobia, este clima indecente, esta brisa pesada, me instalan en su libro Unidad de lugar (Editorial Candaya; Barcelona, España; 2004), como si el espacio que aprisiona fuese uno solo y sus tentáculos las palabras que me reserva la lectura. Pienso en espejismos, en el charco que augura la eternidad de la imagen, la misma que salpica y provoca una maldición. Pienso y despienso. Y regreso al sitio donde reposa para siempre la silueta de un perro muerto, cubierto de cal, tapizado por las hojas que a diario caen y quedan adheridas a la mucosa del universo. Pienso y recuerdo: “La muerte / es un sueño / que me sueña”.

Para nada me desvío de la ruta. La calle que transito, la misma que cuenta mis pasos, descubre también el instante de un verso: “Miro hacia adentro / para no ver // Ojos de ciego / me miran”. Descorro la mirada, intento fabricar una fórmula, una manera de entrarle al libro, un espasmo para saberme parte de sus sonidos y silencios.

Oigo en medio de los vendedores ambulantes la voz de Epícteto y transijo con la angustia en saberme solo en un solo lugar, en las cuencas vacías de Dios: “Así que me embarco y sólo veo cielo y agua, me espanta esta infinita y líquida llanura que me rodea, como si hubiera de beberla toda íntegra al naufragar, sin tener presente que bastan tres medidas de agua para ahogarme; de igual manera, al menor temblor de tierra imagino que va a caer sobre mí toda la ciudad, cuando sé que es suficiente una teja para romperme el cráneo. ¡Oh, desventurado esclavo de la imaginación”, y deparo en la esquina, en el ciego que estira la mano derecha buscando el eje de la tierra, “como / un viejo dolor / calla / y espera”.

 

II

¿Qué página debo marcar para no olvidarme? Pienso en la manera de instalarme en este asunto que Carlos Vitale hace pregunta: “Con qué código / elegirás tu sol / la buena semilla / el días más sano”. El trópico de mi país cae sobre los edificios. Un encono vivo remienda el mediodía. El libro —sudado por la algarabía de la protesta callejera más próxima— espacia el lugar, lo tantea y se abre: “A través de mi voz habla el silencio // Con su propia voz”. El poema acorta las sílabas, navega su propia respiración, esa corta emergencia para alcanzar el ritmo de la calle. El ahogo de las consignas, la paciencia de la agonía. Vitale anuda las palabras, las amolda al espíritu de un ser que se agita en el aire. Minimalista, fragmentario, en la esquina más visible del destello. Se trata de una poesía que se cierra en sí misma, pero también ocupa el otro espacio donde habrá de establecer su verdadera dominio. Poesía celular, revestida del silencio que la misma palabra inventa. Este primer deslave, Códigos, no niega el origen, lo culmina en su esencia. ¿Cuál su destino posible? ¿cuál su limitación? El yo pluraliza la tentación de los pasos. El sol ciega la calle. Quién a mi lado comprende la raya que marca la frontera: “Hay / una voz / que invita / a la locura // ¿cuándo abriré / mis puertas / a tu canto?”. Hasta ahora, sin dilaciones, Unidad de lugar es este sitio donde me imanto. Aparece el Otro, el ensimismado del rostro ajeno, el que hace síntoma de la realidad: “Preguntabas / qué era lo nuestro / lo que a nadie debíamos // Y yo / decía / el dolor / solamente el dolor”. Una punzada, la arritmia del texto y sus quebrantos. Y de nuevo el silencio, la culpa, precipicio y reflejo de lo que no entendemos. Callar, dejar que el silencio entienda su silencio: “Quién dirá / lo que callen mis palabras / lo que no diga mi voz / lo no nombrado”. Y así, la nada, el único código.

 

III

Piso tierra, Anteo al fin: “Los ojos del delirio / aman su propia realidad”. Autónoma, afina el dolor ya advertido. Recupera la mirada: el poeta recurre a la ambigüedad, a la ambivalencia. Vale bien el epígrafe de Roland Barthes: “Quien habla (en el relato) no es quien escribe (en la vida) y quien escribe no es quien es”. Espejo/reflejo: “¿A quién pertenecerá esa imagen / al ojo que mira lo que ve / o al cuerpo que se cree lo mirado”. Y el de Antonio Machado, más adelante. (Leo de comienzo a fin, de fin a comienzo. Deletreo hasta mirar completo las imágenes, todas las que bucean en las hojas de Unidad de lugar). ¿Para qué sirven los párpados? ¿para cubrir la realidad que no queremos ver durante el parpadeo? ¿qué deja de ocurrir en ese instante?: “Para poblar la luz sueño con párpados”.

Y en medio de tanto esplendor que “anuncia toda muerte”, el Cuerpo presente, donde “una mujer desaparece entre espejos” y “un hombre se detiene a mirar lo que existe”. Realidad, espejismo, otro código. Anteo se precipita contra el horizonte:

Nada ha cambiado

Sólo el sitio
en que mi cuerpo cae

(Unidad de lugar)

Retomo la calle, el mundo: el mismo ruido, la misma protesta, las repetidas consignas, el temblor del ánimo, un solo sitio: nada ha cambiado. Sin embargo, la noche y el día, luz y sombra. Desde la lejanía, el poeta esboza el desarraigo, suerte de destierro auspiciante. ¿Qué ha cambiado en el lugar predestinado? Finalmente, amparado por el recuerdo, un lugar: Piazza dei Miracoli, ¿cuántos milagros mientras la noche se arropa de fantasmas? Ahora la sombra, aunque el resplandor. Ahora la noche, la poética de la soledad, “el deseo de la muerte” en el lugar de la desmemoria.

La alteridad, el reflejo del Otro mismo borroso, y “a veces me divido / para juntarme”, para retornar al olvido, al destierro del sueño: Me has dejado morir. La ceguera, la ansiedad, la soledad, códigos de esta intemperie, para finalmente “Con estos labios / besaré la muerte”.

Si la vida es vértigo, basta un abismo. Por esta vía, por este libro, Confabulaciones, Carlos Vitale acorta la respiración. Son textos cortísimos, apenas audibles, dotados de la fuerza del haikú, de la oblicua mirada de quien canta contra el sol: “Era un cita en la luz. / Pero quemaba”, para fijar otro lugar, otro paisaje, entre nieblas.

A esta altura del ahogo, y ya alejado del mundanal ruido, el viaje se nos entrega en seis postales, como si el citado Epícteto cantara entre los aforismos de sus Máximas: “Cuídate de quien ama”, y así habrá de ser.

Para encontrar la luz, Antonio Machado, arriba anunciado mientras Barthes develaba la carta de relación entre hablante-escritor y la duda de quien realmente escribe. “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve”. Esta constante en toda la obra de Vitale se consagra en este texto: “Con un ojo invento pájaros / que con los dos no puedo hacer volar”.

Al triunfo de la muerte, el mismo ojo, la mirada de la luz y la sombra; lo inalcanzable, lo inasible, la pérdida del lugar de la caída, de la unicidad espacial:

Una noche conjunta vimos
La cara del horror imperfecto.
¿De qué exilio volvía
a disiparse ante un gesto
de la desolación severa?
Con la gravedad de un cadáver hastiado
anfibio mostraba la boca rigurosa.
Venga ahora la luz.
Ya llegará el tiempo de mirar lo oscuro.

En qué lugar se recupera el cuerpo, el rostro. En este último andén de Unidad de lugar, Carlos Vitale nos extravía de nuevo con la luz de estos textos. Mal de altura: Se trata de poemas de dos versos, moléculas que irradian una energía cegadora. El minimalismo en su más clara expresión: “Ciego / celebro la luz de tu dominio”. El mismo poeta tantea entre la luminosidad de las páginas, casi en blanco, domeñadas por la poca presencia de palabras. Pareciera que buscara el silencio, hasta hallarlo: “No te negaré el olvido”.

Me concentro en Ángulo muerto, el escaño más cercano al índice. Me cuelgo de este postrero, próximo al espasmo: “He tenido mi parte / de nada”.

Para terminar de olvidarme de mí en plena calle, sin descanso, el poema se versiona en un personaje, cuyo nombre levita en inglés, italiano, francés, portugués y español. Hollywood, la construcción de una iglesia, el retrato de Rembrand, donde “exploro el arte de ser otro / y el mismo, uno más y uno nuevo”, un navegante frente a Cabo Verde y, en el mismo tono, el amor, la soledad de la noche: “Duermo con un muerto cuando no estoy contigo”.

Esta ciudad que me consume también es un código cerrado. Epícteto, un intruso, y Anteo, la energía de esta lectura. El libro culmina entre Ocio y negocio: aforismos donde el desgarramiento, la ironía y el humor frecuentan el silencio de un poeta que observa desde una mesa andina, aturdido por el ruido de una sala apretada de gente.

La mirada de Carlos Vitale —en Mérida, Barcelona, Roma o Buenos Aires— se asoma sin tapujo: “La ventana es un abismo domesticado”. Se levanta, el vértigo lo invade. ¿En qué lugar lo habremos de esperar?